Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Un lado oculto

‘Cartas de la Guinea’ renueva la narración sobre la colonización española del África ecuatorial amparando el expolio en que se sostiene el progreso europeo

Retrato de Agustín Miranda Junco. | | ELD

Cartas de la Guinea de Agustín Miranda Junco, publicada en 1940, es una llamada a renovar la narración del Estado sobre la colonización española de África ecuatorial y amparar ideológicamente el expolio sobre el que se sostiene el progreso europeo. La ambición teórica, política y estética de esta mezcla de poético diario de viaje y programa de Estado colonizador sitúa a Miranda Junco entre los escritores más relevantes de las llamadas «vanguardias históricas» de Canarias. A finales de los años veinte un jovencísimo y talentoso Miranda Junco publicaba en la revista tinerfeña de vanguardia La Rosa de los Vientos, animada por Agustín Espinosa y Juan Manuel Trujillo, y poco después llegaba a convertirse en colaborador reconocido de Revista de Occidente, el proyecto de Ortega y Gasset.

El autor, nombrado secretario general de Guinea en 1937, exhorta en Cartas a aniquilar la masa boscosa guineana «para poner a su servicio las maravillosas fuerzas productivas del suelo, el bosque ha sido el primer enemigo contra el que el hombre blanco ha tenido que luchar». La misión del europeo es instaurar orden y generar productividad allí donde campa a sus anchas el caos de la materia, la madera primigenia y la pretendida indolencia del nativo. La realidad deberá amoldarse a las medidas impuestas por el sujeto. Pero no se amputa la naturaleza dejando indemne el propio cuerpo. De ahí el rechazo insistente de la sensualidad. Según Miranda, el funcionario español, a diferencia del francés, sabe que el «amor está proscrito» en la colonia. El patriota ibérico debe rebanar cualquier deseo que emponzoñe sus fuerzas. La condena de la sensualidad traduce el repudio secular del conquistador europeo a la propia sensibilidad y, como ha mostrado Klaus Theweleit, provoca la construcción del cuerpo como una armadura.

«El negro centroafricano vive inmerso en un mundo de terror», escribe Miranda. Hay que leer bien esto, pues se trata de una proyección: el miedo a la reaparición de la sensibilidad doblegada. El terror que Miranda atribuye al africano es el pánico del europeo a recorrer dentro de sí el rastro de cicatrices del progreso. Ahí reside a mi juicio el principal interés de Cartas de la Guinea, se trata de una sismografía involuntaria del inconsciente europeo:

«La muerte preside todos los minutos del colonial. Aun antes de serlo, cuando se dispone tan solo a ir a la Colonia, el colonial conoce la muerte de las colonias. […] ¿No veis esas ronchas que salpican nuestra piel? ¿No veis ese color terroso, ladrillo, de nuestra cara? Sí, está dentro de nosotros, larvada, incipiente, acechando nuestro primer descuido para dominarnos y dejarnos más terrosos y color ladrillo que nunca».

El africano no es asociado solo al animal, como ha hecho casi siempre el discurso colonial, sino al estadio de lo inorgánico: «En su mirada, no ya animal, sino casi mineral, se ha cuajado sin remedio su terror pánico».

La reflexión sobre la muerte no es circunstancial en Miranda, sino el tema principal de los ensayos que publicó en Revista de Occidente. En «Malaise o una sensibilidad de movilizado», afirma que «la idea de la muerte llena de intensidad los minutos de nuestra vida […] La posibilidad de la muerte nos consuela (el cisne, ante la inminencia de su destrucción canta)». No escribe en abstracto, sino sobre la I Guerra Mundial: «Este valor vital de la muerte púsose de relieve, como nunca, en las horas de la gran guerra». Tal festejo tanático, que describe la muerte como ingrediente de la vida plena, es una estetización que vuelve insignificante la desaparición del singular. Para ello se requiere un previo proceso de inserción del individuo en colectivos donde supuestamente adquiera sentido su sacrificio.

En sus contribuciones de Revista de Occidente, Miranda concibe el deporte y el viaje como sustitutos de la intensidad bélica: «… el estadio era el último reducto donde pervivían, atrincherados, algunos valores de la guerra. Ganar, perder, atacar, ¡Oh, palabras queridas!». Pero el deporte no basta. A la gran poesía no se llega en los estadios, sino en el campo de batalla: «¿Nos espera una literatura sedentaria, de tierra firme tras esta tempestad de huidas? […] Es la hora del regreso». Los tambores anuncian guerra: «Dime qué opinas de la muerte y te diré quién y cómo sientes la vida […] la feliz angustia de un mundo que se sabe perecedero y acepta, alegre, su destino […] La paz, eso no es vivir».

Lo comprobamos de nuevo. Un sinnúmero de intelectuales y artistas orgullosamente modernos se situaron en las antípodas de lo que hoy llamamos «cultura de la paz». Ya no es posible seguir pensando el arte, la literatura y la filosofía de entreguerras al margen de la luz retrospectiva que arroja la catástrofe. Fueron muy pocos, entre ellos Walter Benjamin, Franz Rosenzweig o Arthur Koestler, quienes comprendieron que la I Guerra Mundial significaba la demolición del proyecto ilustrado y, por tanto, la exigencia de repensar la modernidad de cabo a rabo. Debería haberse vuelto prioritario para nosotros descubrir por qué una pincelada de rojo sangre se acepta en el lienzo de la historia como ingrediente necesario de la «intensidad vital». Para llegar a ese punto, escribe el propio Benjamin, la humanidad «tiene que haber alcanzado tal grado de alienación que descubre como placer estético su propia destrucción».

Volvamos a Cartas de la Guinea. La Guerra Civil parecía un paso adelante en la realización de aquel sueño de gloria bélica que había anhelado Miranda en Revista de Occidente. También la renovación colonial a manos del «nuevo Estado», que aspira a recuperar la imperial hispanidad perdida. Y, sin embargo, hay que atender bien a lo que llaman «guerra» autores como Miranda y poner en cuestión su idealización de la primera conflagración mundial. En esta, como analizó el propio Benjamin, ya casi no hubo oportunidad para el supuesto heroísmo, el sacrificio cultural o el ingreso en la «eternidad» del Estado. La Guerra del 14 fue una «guerra de material», es decir, tecnológica. Su destructividad total, por ejemplo, a través del gas mostaza, volvió obsoleta la idea de una «gran experiencia». La guerra que reclamaba Miranda era en realidad una ideología fuera de época.

¿Pero qué tiene que ver la muerte festiva con la muerte temida que, según Miranda, afronta el colonizador español en África? Lo celebrado en los artículos juveniles se teme en las instrucciones para la colonización. En verdad un hilo irrompible une estas paradójicas consignas. En ambos discursos se reprime lo vivo. Si en el primero resulta lúdicamente sacrificable, en el segundo aparece como lo salvaje que debe ser dominado. La estetización de la muerte, que supuestamente ponía la vida a tono, es recuperada en la colonia africana, pero con una ambigüedad característica. El bosque, que crece como emblema de la sensualidad y el deseo, no es celebrado con alegría festiva, sino percibido con terror y, para hacerlo más soportable, proyectado sobre el nativo. El gesto tiene algo de sorda desesperación, pues la vegetación que amenaza el orden también trata de proliferar en el alma.

La actualidad de Cartas de la Guinea salta a la vista. Hoy el auge nacionalista y los populismos autoritarios reciben oxígeno de corrientes historiográficas que logran enfundarse los trajes de la civilización y el progreso. Un ejemplo fue el superventas Imperiofobia de María Elvira Roca Barea. Pero hay otra razón de peso para ocuparnos intensamente de la obra de Miranda Junco: la memoria que traen los descendientes del expolio africano. Si podemos denunciar la complicidad entre alta cultura y justificación de la violencia no es por agudeza teórica, sino gracias a la presencia de un lado oculto de la realidad que exige ser escuchado. Ese lado permite leer en Cartas de la Guinea lo no escrito, lo silenciado bajo una prosa fría y deslumbrante.

Compartir el artículo

stats