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Rafael Reig Escritor

«No te puedes reír del dolor de los demás sin compasión»

«Yo me doy cuenta de qué soy o quién quiero ser cuando estoy escribiendo», asegura el escritor

El escritor Rafael Reig, en una foto de hace unos años. E. D.

El escritor Rafael Reig (Cangas de Onís, Asturias, 1963) regresa a las estanterías con ‘El río de cenizas’ (Tusquets, 2022), una novela sobre la pandemia que se desarrolla en una residencia, pero en la que el fondo del drama terrible convive con el humor, la crítica política y una lúcida recapitulación del pasado. 

Estamos sentados en los asientos fronterizos a los que ocupaban en el Café Gijón Francisco Umbral y Fernando Fernán Gómez. Él viene deportivo de la Sierra, donde tuvo una librería en la que ahora duermen tristes los libros que ya no están a la venta. Ese hecho de la vida, para un autor como él, para un lector como él, es una devastación, que acaso se ha metido en su tono de voz, en su mirada, porque, como sus libros, como este libro último, El río de cenizas (Tusquets, como casi todos sus libros), la vitalidad, el desenfado, el desenfreno o la risa, no pueden ocultar también la tristeza del tiempo perdido, de las cosas perdidas, de la vida inutilizada. Su conversación, pues, transcurre en voz baja, como si estuviera escuchando por dentro una música que viene de la pandemia, o de la peste, como llama en su libro al tiempo en que transcurre gran parte de esta novela. Es Rafael Reig, lleno de admiradores y, en el libro, en la vida, es consciente también de la soledad de los escritores cuando se ponen a subrayar las sombras del pasado. Es que… cuando te pones a escribir en pandemia… ¿Qué haces? ¿No hablas de la pandemia?

De la peste.

Pero yo estaba harto de leer lloriqueos y traumas y no sé qué. Pero soy novelista y dije: me voy a inventar una cosa que nos permita reírnos de esto, aunque sea un poquito. Sin faltar a nadie, claro. ¿Cómo no voy a saber que esto es trágico? Pero… ¿y qué? ¿No podemos tomárnoslo un poco a chufa? Sin dejar de tener un fondo serio. Pero no por la pandemia, sino porque la vida es así. Aunque… eso de morir boca abajo, enchufado a un tubo, después de tres meses, pues… Eso le pasó a Lucho, a Luis Sepúlveda, que fue uno de los primeros en morir en España. ¡Qué putada! Por eso el protagonista de la novela dice: yo quiero morir con dignidad, con mi propia dignidad. Y se va al río y… ya está.

¿Cuál sería el límite de la risa?

En mi opinión hay poco límite. Todo, en sí, puede ser objeto de risa. Pero cuando la risa desplaza o suprime la compasión… ahí ya no. No te puedes reír del dolor de los demás sin compasión. Bueno, del dolor de los demás no te puedes reír y punto. El humor ha de tener compasión hacia el otro, si no…

De este periodo que se ha incrustado en la novela, ¿qué es lo que más miedo le dio?

Yo no tuve ningún miedo. Porque no me valía de nada tener miedo. Tomé las precauciones normales, pero ya está. Hacía mis paseos en el suelo de la librería. Y cuando se pudo abrir, yo abrí. Con mascarilla y eso, pero abrí.

Los políticos sí salen dañados de su pluma.

Sí. Pero se lo merecen. Ahí sí que no hay que tener compasión. Los políticos tienen que hacerse responsables. Algunas cosas que cuento parecen broma, pero tú sabes que ocurrieron así. Ya ves ahora todo lo que está pasando con lo de las mascarillas, los contratos de compra y eso. Y apenas estamos empezando a enterarnos. A ver qué más cosas salen a la luz.

En el libro incide mucho en que la actualidad banaliza las cosas, incluso la enfermedad.

Claro, la actualidad es la que la ha convertido en banal. Porque la realidad de la enfermedad tenía muy poco que ver con lo que decían los políticos. Y la gestión de la enfermedad, no tenía nada que ver con lo que nos decían. Bueno, lo que han hecho en Madrid, probablemente sea el último hachazo al sistema sanitario. Es un desastre. Yo siempre he procurado desinteresarme de la actualidad, porque la verdad no está en la actualidad porque está demasiado cerca y siempre es mejor leer un libro. Luego ya verás la actualidad con mejor perspectiva.

Hay muchas alusiones a los jóvenes. ¿Cómo ve ahora ese panorama que le hace decir que el culto a la juventud es lastimoso?

Antes se tenía muy en cuenta a los mayores. Pero ahora un chaval de 30 es un maestro. Pues… mira: no creo. Como librero te lo digo: hojeaba novelas escritas por jóvenes y estaba un poco harto, todo más o menos lo mismo. Con muy pocos recursos literarios. Y luego está la moda de las chicas latinoamericanas, que cuentan historias todavía más tremebundas.

¿A qué obedece esa exageración literaria? ¿Tienen culpa los editores, los medios, los libros de otros?

Los editores tienen una culpa porque son los primeros críticos. Tienen una responsabilidad mayor que el resto de la cadena. Pero también entiendo que no saben qué hacer para encontrar alguien que venda.

Ha enseñado literatura. ¿Cuáles son los defectos en los que quisiera que los jóvenes escritores no cayeran?

El adanismo. Porque la mayoría no se acerca a los clásicos. Y, además, parece que todos leen lo mismo. La gente de mi edad tenemos mucho más de dónde copiar simplemente porque tenemos una formación literaria bastante amplia. Mira: olvidar a los clásicos es convertir todo en una carrera de sacos, con los pies atados. Hay mucha novelita que se queda en el desahogo.

¿Hay algo excepcional que haya visto en la actualidad?

En español no caigo, pero… hay una chica norteamericana… ¿cómo se llama? Está publicada en Anagrama. ¡Emma Cline! Las chicas se llama la novela. Bueno, se está vendiendo a lo bestia. Es una de las chicas de Manson y ella lo cuenta ya como mujer mayor. Lo importante es cómo cuenta y analiza la vulnerabilidad de las mujeres jóvenes. Está muy bien montada y tiene algo que decir.

¿Su generación qué ha tenido que decir al respecto?

No lo sé. Mi generación, si es que existe, ha trabajado bastante la estructura y la forma literaria. No hacer confesiones y ya. Tú mira las novelas de Almudena. Son de una estructura complejísima y de una ambición que… La primera novela de Orejudo está muy bien armada también y es ambiciosa. Hay una revisión de la tradición. Hoy todavía seguimos con la lectura del Quijote que hizo la Generación del 98. Nadie ha vuelto a leer el Quijote de otra forma y ya va siendo hora. Tenemos que leer la tradición y ver qué nos dice en relación con el ahora. Bueno, nuestro tema ha sido la identidad: quiénes somos, qué les contamos a los demás que somos. Eso está en el centro de las preocupaciones de la gente de mi edad.

Su libro está, a su vez, lleno de libros y de lecturas.

Y de citas.

¿Qué significa ese homenaje permanente a los libros?

Pues lo que hablábamos antes: que los libros se escriben a partir de libros. Que sin leer no se puede escribir. Bueno, sin leer no se puede vivir. Por lo menos eso es lo que yo creo. Por eso casi todos mis personajes leen libros y hablan de ellos entre ellos. Como nosotros. Yo con Almudena hablaba de cotilleos, de quién se folla a quien y tal, pero también nos contábamos qué estábamos leyendo, qué descubríamos o qué volvíamos a leer.

¿Esa conversación se da en la generación actual?

Sí, hay jóvenes que hablan de libros. Pero hablan de los de sus amigos jóvenes y de modas, de los libros de actualidad. Pero no me ha tocado escucharlos hablar de los clásicos. Y si no los lees… es como si la literatura fuera un cultivo hidropónico, de esos que crecen en el agua, sin raíces. Y la literatura lo que tiene que tener son raíces hondas.

Usted ahora tiene la edad de sus maestros. ¿Es consciente de ello?

Sé que tengo la edad de mis maestros. No sé, creo que esta es mi novela número 14. Pues, oye: no me tocado los huevos. Es una producción considerable. No sé si ahora alguien me considera un maestro, tampoco es que…

¿Le gustaría ser una referencia por algo en concreto?

Hombre, como todos los autores, yo adoro mi último libro. En algún sitio he leído que yo nunca escribo una novela peor que la anterior. Y de eso sí me siento muy orgulloso. Me gustaría que este último libro fuera bien leído y bien considerado.

Dice que su libro va de nuestros mayores. Sin embargo, es un mayor el que cuenta.

Bueno, todavía no estoy para irme a una residencia, pero casi. A ver: yo estoy disfrutando de esta edad, casi tanto de como de la juventud. De verdad. Ahora arrastro un poco las piernas, también es verdad. Pero, bueno.

¿Qué es la alegría de escribir? ¿Por qué siento yo ante este libro, que va de dramas, la alegría de escribir?

Porque la hay. Yo siempre he dicho que soy escritor sólo cuando estoy en casa, ante el folio, sufriendo y, de pronto, coges carrerilla, un párrafo, otro y otro… Bueno, eso es maravilloso. Cuando las cosas empiezan a ir bien, es estupendo. Y espero que el lector note que me ha gustado escribir esto. Que me ha costado, pero que también me ha gustado.

El libro trata de la ilusión y la decrepitud de una época. ¿Por qué ha entrado en estas páginas de manera tan potente?

Yo tengo mucha nostalgia de los 70 tardíos. Porque yo era joven, puede ser. Pero no he conocido otro periodo de libertad y de creatividad como el de esos años. La breve administración de Suárez fue, en ese sentido, estupenda: ensamblaje de la democracia, libertad, creatividad, sin censuras de ningún tipo.

¿Y luego qué pasó?

Pues que la democracia se hizo conservadora. Suárez era otra cosa. Y Felipe sí pactó con los poderes fácticos para garantizar que la democracia iba a marchar a paso firme y sin tonterías.

Cuenta el sonido de una época.

Sí, sí. Bueno, el sonido y el silencio. En esa época de juventud había días llenos, luego llegas a una edad y… hay más huecos, más vacío, más días repetidos.

Está la época y sus características. ¿Qué es lo que más echa de menos de esa época?

A mí me molesta mucho cómo ahora se está dando de lado a la lectura. También el culto a la actualidad. Los tertulianos que dicen lo mismo todos los días. Además, tú ves el periódico y… ya no hay noticias: hay titulares que son opiniones y titulares especulativos y tal.

Aquí hay humor pero también ramalazos tristes.

Eliot hablaba de que el río de la literatura corre en las dos direcciones: puedes recibir con una influencia de Quevedo y con otra de César Vallejo. Así avanzo: con una de cal y otra de arena. El río de cenizas es además, claramente, una alusión a Muerte en Venecia. Hay una cólera y una degeneración del protagonista y…

Encuentro también ambientes de películas españolas y norteamericanas… ¿Cómo se lleva con las otras artes que convergen en este libro?

Me llevo muy bien. Con la música muy bien. Violeta y yo pasamos una horita al día oyendo música. Me llevo muy bien con la pintura. Ahora casi no voy a museos, pero de joven sí. Lo que no soporto es el ballet, la ópera, los mimos… El teatro sí me gusta. Me gusta el teatro televisado que hacían en Estudio Uno. Me pongo mucho El Tenorio.

Para usted escribir ya no es lo mismo que cuando empezó. ¿Ahora qué supone?

Supone una forma de identidad. Yo me doy cuenta de qué soy o quién quiero ser cuando estoy escribiendo, cuando busco temas… Escribo en cualquier lado. Como Benet. Benet decía: «No sé si me pongo un güisqui para escribir o escribo para ponerme un güisqui.» Pues yo igual, jajajaja.

¡Que buen nombre para acabar esta entrevista!

Yo he leído casi todo lo de Benet. También tengo mis cosas ideológicas y a veces digo: ¡Hasta aquí! Pero me han interesado mucho sus libros. En Una meditación dice una frase que para mí es un mantra: «Si no fuera por los demás, ¿qué sabríamos de nosotros mismos?» Es todo una filosofía, eh. 

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