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Carta de batalla por Pérez Galdós

Mario Vargas Llosa se adentra en la vida y obra del célebre escritor grancanario en el ensayo ‘La mirada quieta’, que combina reproches y alegrías

El escritor y premio Nobel Mario Vargas Llosa. E. D.

El Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa publica el ensayo ‘La mirada quieta (de Pérez Galdós)’, un título en el que analiza en detalle la obra del escritor grancanario, que siempre ha sido causa de sangrientas oposiciones, donde el autor le tira de las orejas, a veces por exagerado y a veces por descuidado. 

Mario Vargas Llosa ha escrito una suma inteligente de literatura que es como una «carta de batalla» por don Benito Pérez Galdós (1843-1921). En ella no solo sobresale el modo de felicitar al novelista grancanario que hizo su vida en Madrid (o en la Península) sino que es notable cómo le tira de las orejas, a veces por exagerado y a veces por descuidado. El conjunto, que combina reproches y alegrías, es un modo de leer insólito en un país literario en el que hablar bien o mal de Galdós siempre ha sido causa de sangrientas oposiciones.

En este caso, Vargas Llosa se impone y alcanza una rara ecuanimidad, de modo que a veces sale triunfante el escritor que ha elegido y en otras este sale escaldado, siempre de acuerdo con una lectura minuciosa en la que nada escapa a una atención educada en la tarea de leer siempre con un lápiz en la mano.

El conjunto (¡las reseñas de 52 libros enteros, miles de páginas para ojos de 85 años!) se lee con avidez y alegría, pues aquí, como en aquella Carta de batalla por Tirant lo Blanc, en los textos que escribió sobre su amado Flaubert o en torno al desconcertante Onetti, sobresale el lector, el apasionado lector, que es Mario Vargas Llosa.   

Este lector, premio Nobel de Literatura, autor de algunas de las novelas más importantes de los siglos XX y XXI, siempre ha dicho que su mayor pasión es adentrarse en los libros. Lo hace como si se estrenara en una tarea en la que lleva desde los cinco años, cuando le robaba lecturas a sus parientes y se enfrascaba, por ejemplo, en los versos menos tristes de Pablo Neruda.

Desde aquella edad, prácticamente, tuvo la costumbre de ponerle nota a los libros. En la página final, cuando ya había certificado el último instante de la lectura, escribía con su letra ladeada y clara su resumen de la lectura, adjuntaba suspensos, sobresalientes y aprobados. Y, por supuesto, como ocurre en esta summa galdosiana, suspensos con muchos ceros. Los que lean ahora La mirada quieta (de Pérez Galdós) pueden hacer lo mismo. Es un libro potente y generoso, claro y hasta descarado, y se lee como si estuvieras en clase y el autor fuera un maestro que confronta su modo de leer con el del autor y con el tuyo. Ese maestro, Mario Vargas Llosa, ha transitado por miles de páginas, pero no baja de ese enorme edificio de letras con un dictamen ceñudo, sino con una conclusión sobre la que pregunta a los lectores. «¿Fue un gran escritor? Lo fue». Y añade a esa respuesta que se da a sí mismo: «Desde luego que es exagerado compararlo a Cervantes, algo que él nunca pretendió, pero en el siglo XIX y comienzos del XX, no hay ninguno de sus compatriotas que tenga semejante dedicación, inventiva, empeño y la soltura literaria de Pérez Galdós».

Galdós fue, dictamina Vargas Llosa, «el primer escritor profesional que hubo en España» en los principios del siglo XX, junto con Valle-Inclán o Azorín, y «fue un escritor muy desigual, como la mayor parte de los escritores, sobre todo porque no rehacía sus textos, se limitaba a corregirlos por encima y añadirle palabras o letras a vuelapluma».

Aún así, continúa el académico, y lo muestra con profundidad y convencimiento en los capítulos en que cada una de estas obras es glosada por él, Galdós «escribió grandes y admirables novelas, como Fortunata y Jacinta, Misericordia, Doña Perfecta, Torquemada en la hoguera, El amigo manso y otras que se pueden leer y admirar ahora mismo, en nuestra época, sobre todo porque en ellas hay una modernidad renaciente, que nunca se ha perdido».

Las que no cita en esta lista de alegrías, que son muchas, son obras que a él no le han complacido, o no del todo, pero todas han sido leídas y subrayadas con un bisturí que se corresponde con la personalidad de lector que lo distingue. Galdós confirma con sus libros su talento, y será «por mucho tiempo» un gran escritor. Desde ese respeto vienen, en los momentos adecuados, los reproches de lector que merece por parte del autor de La fiesta del chivo.   

Se ha escrito tanto de Galdós… Pero Vargas Llosa desafía esa abundancia para hacer, como un escolar ávido, un recorrido minucioso, exhaustivo, por todas sus novelas (todas, todas, todas sus novelas), y a todas las trata con igual profundidad y exigencia, para hacer, a partir de ese viaje, crónica de su propia capacidad de contar los libros, resumiendo, reseñando y criticando a aquel canario que tanta escritura dio de sí, para bien y para mal, a favor y en contra, hasta construir un monumento en el que se confunden el bien y el mal de una sociedad que no pasaba (ni pasa, por cierto) por sus mejores momentos.

Más allá de tópicos acuerdos y de desdenes infructuosos, aquí Vargas Llosa no se erige en juez sino en lector, y el resultado daría para un curso de novela para los que nunca se han preguntado aquello que el peruano se pregunta ahora, cuando va acabando su propio examen galdosiano: «¿Fue un gran escritor?».   

No se arrodilla ante Galdós, lo interroga, dialoga con él, están juntos en un ring cuyas consecuencias son deleite para lectores. El resultado incluye la generosidad con la que Vargas Llosa ha afrontado siempre los libros ajenos, como si no tuviera ombligo, al contrario que la suma abundante de sus colegas. Leer este libro es entrar en una manera superior de leer, pues no en vano el entusiasmo del autor de La verdad de las mentiras tiene más que ver con lo que él mismo ha leído que con lo que él mismo lleva escrito.   

El mundo quieto y dolido

Dice el autor: «Tenía muchas ganas de leer a Pérez Galdós de principio a fin –cuando era estudiante había leído de él Fortunata y Jacinta, por supuesto, pero desconocía el conjunto de su obra-, y pensé que la pandemia del coronavirus me facilitaría la tarea. Dieciocho meses después estaba terminando las obras de teatro y había leído ya sus novelas y los Episodios nacionales, y estaba impresionado con el mundo quieto y dolido que inventó. Pero me faltaban los artículos, que constituyen una inmensa tarea –voy avanzando en ella, poco a poco-, que, creo, solo algunos críticos han culminado. Por una razón muy simple: Pérez Galdós no era un gran pensador, como Ortega y Gasset o Unamuno, y aunque escribió algunos ensayos interesantes, la mayoría de su obra periodística pasó sin pena ni gloria, como algo transitorio y superficial. No tenía mucho sentido dedicar tanto tiempo a esa literatura de escaso vuelto, con algunas excepciones, por supuesto».

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