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William Burroughs, un ángel en el infierno

La vida reprobable de un escritor yonqui, homosexual y homicida que convierte su cuerpo en un laboratorio no descalifica la calidad de su obra

El escritor William Burroughs. El Día

Nacido en la franja derecha del río Mississippi que separa el estado de Missouri con el de Illinois, la infancia de William Seward Burroughs (1914-1997) es la de un niño especial. Billy tiene aversión a la oscuridad, sufre pesadillas e imagina animales en las paredes que corren tras él por los pasillos. En ocasiones, se comporta como un chico de imaginación desbordante. Su único refugio es la literatura; también los solitarios paseos que acostumbra a dar por las calles de Mound City, antigua capital de la cultura calcolítica norteamericana, donde su abuelo, William Seward Burroughs I, había fundado la compañía Burroughs Adding Machines, en la actualidad, Unisys, con sede en la Manconmunidad de Pensylvania tras la fusión, en 1986, de Sperry Gyroscope Company y The Burroughs Corporation.

La venta de máquinas sumadoras y contables para sociedades comerciales e instituciones gubernamentales no era lo suyo. El autor, con tan solo ocho años, de Autobiografía de un lobo, vive en una ciudad enclavada en lo más profundo del sueño americano. Rechaza convertirse en uno de tantos ejecutivos bancarios que andan entre la gente fomentando las relaciones externas e invirtiendo las ganancias de la Revolución Industrial en Wall Street. Preguntado por ello, el joven Burroughs dice que no necesita vivir de los dividendos. La versión portátil de los artefactos diseñados por su abuelo que acaba de salir al mercado funciona muy bien entre los compradores y su madre, en fechas anteriores al Jueves Negro, se desprende de todas las acciones de la Compañía. La publicación de sus primeros ensayos, Magnetismo personal y Últimos resplandores del crepúsculo, marcan el inicio de una vida como escritor a los 15 años.

Desde finales de los años 30, el novelista de Pershing Place emprende una vida reaccionaria, antisistema, de liberación espiritual y sexual, de emancipación de los homosexuales, consumo compulsivo de drogas y otros procesos de evasión mental como la magia y el ocultismo que, en relación con la construcción literaria y la estética de la adicción, marcan de manera fundamental su obra.

Enganchado a la heroína, homosexual y defensor de las armas de fuego, Burroughs es el gurú de la Generación Beat

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Enganchado a la heroína, de inclinación homosexual y defensor de las armas de fuego, William Burroughs II parece a todas luces el gran gurú de la Generación Beat, un grupo de escritores estadounidenses de la década de los años 50 que, unidos por una sensibilidad artística común, buscan estar por encima del choque generacional de los años de posguerra en los Estados Unidos. Tan fuerte, decisivo y rotundo es el perfil rebelde de los beats que los medios de comunicación popular interesados en explorar las bajas pasiones y el provecho menos noble de sus componentes, los define como una evolución a peor de los hipsters: un movimiento antiamericano y degradado de la sociedad, cuyos integrantes plantean una filosofía del arte que debía ser al mismo tiempo destructora y creadora.

En periódicos de formato tabloide con titulares que cubren la mayor parte de la primera página, los beatniks, eatniks o deadbeats, como también se les conoce, son los protagonistas de la noticia; también de los nuevos relatos, conductas y sucesos que, en la nueva novela y, en muchos casos, en la vida real, suponen transgresiones de la ley, de la moral y de la vida cotidiana de los Estados en un época marcada por la presidencia de Truman y Eisenhouer como representantes del conjunto de la nación.

La publicación de En el camino, Aullido y El almuerzo desnudo, de Jack Kerouac, Allen Ginsberg y Willliam Burroughs respectivamente, inicia la legendaria historia del grupo al que se van añadiendo otros escritores y artistas de la talla de John Clellon Holmes, Neal Cassady y Carl Solomon en distintos momentos de los años 50. La venta de automóviles, el encintado, cada vez mayor, de supercarreteras, la aparición de zonas residenciales suburbanas, la televisión, el cine, las tarjetas de crédito..., que, en su conjunto, marcan claramente el ascenso de la sociedad norteamericana hacia las cimas del mundo, contrasta con la rebeldía juvenil de los beats estadounidenses que, de costa a costa y contrarios a otra clase de jóvenes dispuestos a reproducir el modelo de sociedad heredado por sus padres, están dispuestos a hacerse escuchar.

Desde finales de los años 30, el novelista de Pershing Place emprende una vida de liberación espiritual y sexual

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En el Almuerzo desnudo, William Burroughs desciende a los infiernos de la droga: un lugar de extensión indefinida donde el estrés ambiental que inunda la clínica del Dr. Benway en la novela, así como la burocracia excesiva, el sufrimiento emocional, la ansiedad y la depresión de quienes sufren la drogadicción no está en ningún plan de recuperación del gobierno.

Desde esa profundidad sin fondo en la que discurre la acción, los enfermos no reciben, en primera línea de tratamiento, ningún tipo de medicación efectiva, alguna forma de terapia conductual o apoyo psicológico profesional. La desintoxicación por sí sola, denuncia Burroughs después de 11 años de ingreso y más de ocho horas cada día «mirándose los zapatos», lleva a los pacientes a reanudar el consumo. «El placer de la morfina está en las vísceras», escribe horrorizado, aun con un sombrío sentido del humor, «después de un pinchazo se escucha el propio cuerpo. El cerebro cargado de coca es un billar eléctrico enloquecido, lanzando destellos azules y rosa en un orgasmo generador. Un cerebro electrónico puede sentir el placer de la coca, los primeros latidos de la repugnante vida invertebrada».

Tildados de holgazanes, violentos y delincuentes, la reacción, entre ellos, de Allen Ginsberg, no se hace esperar. El beat de Nueva Jersey pasa al ataque, por un lado, censurando el sistema de vida estadounidense y, por otro, culpando a los medios de comunicación de masa del «lavado del cerebro del hombre medio norteamericano». La publicación de Aullido en 1956 revoluciona por completo las letras y el arte de los yanquis. Considerada una de las obras más importantes de la Generación Beat, el citado poema es una bandera de rebelión contra las formas de reproducción de las buenas maneras que otros se dedican a reproducir.

«Todo es santo!», escribe con la idea de dar sentido a la libertad en su máxima expresión, «¡Todos son santos! ¡Todos los lugares son santos! ¡Todo día está en la eternidad! ¡Todo hombre es un ángel! ¡El vago es tan santo como el serafín! ¡El demente es tan santo como tú mi alma eres santa! ¡La máquina de escribir es santa, el poema es santo, la voz es santa, los oyentes son santos, el éxtasis es santo! ¡Santo Peter, santo Allen, santo Solomon, santo Lucien, santo Kerouac, santo Huncke, santo Burroughs, santo Cassady, santos los desconocidos locos y sufrientes mendigos, santos los horribles ángeles humanos!»

A pesar de las demandas judiciales, las expresiones de mal gusto, obscenidades, y apertura de juicios motivados por las descripciones ofensivas y escandalosas que conforman la obra que realizan, la llamada a la autenticidad de los beats radica en la exteriorización de un «yo» consciente que, mucho más en el caso de William Burroughs que en el resto de los componentes de la Generación Beat, actúa al margen de cualquier ideología política o estética particular. Este es un aspecto necesario de autenticidad, según Sartre, porque dicho concepto se refiere a la relación que, de forma natural, existe entre el hombre y el mundo que le rodea.

En el caso de nuestro autor y en términos artísticos, el ámbito a su alrededor es el que corresponde a la sociedad norteamericana de la posguerra; también el del rechazo constante a la idea de ser incluido en alguno de estos movimientos contraculturales -garage rock, beat, beatnik, hippie, punk, hardcore, rock…- que quieren escogerlo como guía atendiendo a su nivel artístico y notoria creatividad. En el autor de Queer, se trata de descubrir la legitimidad de una literatura activa que, en opinión del existencialismo decimonónico de Soren Kierkegaard, es definitivamente posible si el escritor, como es el caso, se entrega a algo que va más allá de la comprensión.

Su prosa es la de un hombre, como él mismo escribe, en lucha toda su vida, teniendo como única salida la escritura

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En términos de lenguaje, con arreglo al pensamiento de Heidegger en sus ensayos sobre la fenomenología del medio, este hecho es posible si el estilo inmediato y directo de Burroughs se entiende, desde el inicio de su obra hasta la publicación en los años 80 de El lugar de los caminos muertos y Gato encerrado, como un elemento esencial en la lógica del hombre y en la relación ad infinitum de éste con su propia existencia. «Me di cuenta de que todos los pacientes homosexuales manifestaban fuertes tendencias heterosexuales inconscientes», observa en El almuerzo desnudo, «y los heteros tendencias homosexuales inconscientes», percibe. «-¿Y qué conclusiones saca usted? -¿Conclusiones? Absolutamente ninguna. Era una observación de pasada», repara.

Leer a William Burroughs atendiendo a la estética del canon de la literatura norteamericana o al paradigma de su armonía, supone claramente un fracaso. No cualquier alcohólico escribe como William Burroughs; tampoco cualquier drogadicto. La vida reprobable de un escritor yonqui, homosexual y homicida que se amputa un dedo para impresionar, mata de un tiro a su esposa y convierte su cuerpo en un laboratorio, no descalifica la calidad de su obra. La prosa de William Burroughs cuyo haz de luz ilumina la carrera literaria de tantos escritores en la actualidad es, precisamente, la de un hombre, como él mismo escribe, en lucha toda su vida teniendo como única salida la escritura. La influencia del escritor politoxicómano en los Beatles, David Bowie, Frank Zappa o Lou Reed, su voracidad creativa en la pintura, la fotografía y en la técnica de los recortes así como la inspiración que aún pervive en las nuevas generaciones forman parte, ciento ocho años después de su nacimiento el 5 de febrero de 1914, del legado de un escritor, en palabras del actor y periodista Norman Mailer, «poseído por el genio».

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