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La gran novela sobre la plaza Tahrir

Alaa al Aswani, el más importante de los escritorres egipcios y un intelectual capaz de tumbar a primeros ministros, habla desde su exilio en Nueva York de su nuevo libro sobre los días de la revuelta de 2011

Participantes en una de las revueltas de la plaza Tahrir de El Cairo en febrero de 2011. E. D.

En marzo de 2011, poco después de la renuncia del dictador Hosni Mubarak, el primer ministro Ahmed Shafik elogiaba el talante dialogante del nuevo gobierno en un plató televisivo. Alaa al Aswani, uno de los tertulianos del programa, le interrumpió. «¿Y los mártires?», preguntó, en referencia a los muchos manifestantes fallecidos a manos del ejército. Shafik se puso nervioso. Al Aswani lanzó golpes como nunca nadie había visto en la televisión egipcia. Directo, duro, sin piedad: «¿Qué piensas de la gente que fue asesinada?», «¿qué hay de las mil doscientas personas que perdieron sus ojos?». El primer ministro perdió la compostura. Y el debate. Al Aswani le sentenció en riguroso directo frente a millones de telespectadores: «Eres inaceptable». A la mañana siguiente, el primer ministro dimitió.

Desde aquel día, Alaa al Aswani, que ya era el escritor egipcio más popular y uno de los grandes best sellers en lengua árabe, se erigió como el gran defensor de la revolución que ocupó la plaza Tahrir a finales de enero de 2011 durante 18 días. «Fueron los mejores y más gloriosos de mi vida», afirma, emocionado, en videoconferencia desde su casa de Nueva York. Defender las demandas democráticas que resonaron en la plaza Tahrir y ser una de las caras visibles del movimiento civil Kefaya le transformaron en el principal disidente de los diferentes gobiernos autoritarios de Egipto de la última década. Sus críticas al presidente Abdelfattah al-sisi le granjearon la prohibición de escribir en medios egipcios. Después, le vetaron en debates televisivos y eventos culturales. Su novela La república era esto, recién publicada en castellano por Anagrama, está prohibida en Egipto. Y lo condujo a un juicio militar. «Me acusaron de insultar al estado egipcio. ¿Por qué? Porque se sienten inseguros. Porque no entendieron lo que pasó en Tahrir», asegura Alaa al Aswani.

Novela polifónica

La república era esto es una novela coral y polifónica. Sus personajes habitan un microcosmos que remite a la diversidad de la sociedad egipcia ocultada por sus gobiernos. Generales, presentadoras de televisión, una profesora que se niega a usar velo, sindicalistas, estudiantes universitarios, campesinos, empresarios... Las historias y subtramas se enredan con una eficiencia narrativa magistral y desembocan en una sincronía de espacio-tiempo: en una plaza Tahrir de El Cairo ocupada. Tahrir, ojo del huracán de la revolución, trasmuta de mero escenario a personaje. Al igual que hizo en El edificio Yacoubian (2004) —su libro más celebrado, que devino película y serie—, en su última novela los personajes dan vida a la trama: «Trabajo mucho los personajes. Cuando ellos existen para mí, la novela está al alcance de la mano. Sin personajes no hay ficción». Citando al mítico editor italiano Giangiacomo Fertrinelli, al Aswani argumenta que los personajes están al servicio de «una novela viva, que es un pedazo de vida».

A mitad de la novela, Ashraf, un actor secundario de cine de origen aristocrático, se queda fascinado al ver tanta diversidad en la plaza Tahrir. No lo había visto en los medios. Y se emociona. Luego se involucra con todas sus energías en aquel estallido, cediendo incluso un local de su propiedad al movimiento de la plaza. «En Tahrir todas las clases sociales e intelectuales estuvieron presentes. Gente del campo, de las ciudades, ricos, pobres, cristianos, musulmanes, mujeres con velo, sin velo... Fue una especie de milagro», afirma el escritor.

Al Aswani se muestra crítico con los medios occidentales que simplificaron las revueltas árabes como una revolución de Facebook. En la novela, Mazen, un sindicalista que se llena de optimismo tras el alzamiento, explica que el éxito de la revolución no se debe «a los blogueros o a Facebook, sino a la gente». «Facebook fue una eficiente herramienta de comunicación y una ventana a través de la cual los jóvenes eran capaces de ver lo que estaba pasando en el mundo. Eso no significa que sea la revolución de Facebook», matiza.

Un militar se une a la revuelta popular. | | ELD

El escritor comenzó a dar forma a la novela en 2015. Desde que estalló la revolución egipcia sabía que iba a escribir sobre ello. Prefirió esperar. «Como novelista, necesitas espacio, distancia. Con el paso del tiempo, todos los detalles irrelevantes desaparecen, y te quedas con la experiencia significante», afirma el escritor. A pesar de que La república era esto versa sobre acontecimientos recientes, la narración tiene perspectiva: funciona incluso como novela histórica. Al Aswani confiesa que no tuvo intención de escribir una novela para cambiar la situación política: «La novela nos cambia a nosotros. Nos enseña que somos diferentes, pero básicamente humanos. Los lectores afectados por la novela sí serán capaces de cambiar la situación».

La república era esto narra los entresijos de una contrarrevolución no demasiado conocida. Si los medios de comunicación occidentales explicaron el triunfo de los Hermanos Musulmanes en las elecciones de 2012 como una consecuencia de las revueltas de Tahrir, la novela contiene todo tipo de detalles sobre cómo el consejo militar que sucedió a Mubarak trabajó para disipar las demandas de la revolución: masacres a manifestantes, encarcelamientos, creación de nuevos canales de televisión, desinformación, propaganda cocinada con el dinero de la élite... En la novela, el general Alwany llega a afirmar que «la gente tiene que entender que lo que pasó en Tahrir es una anomalía para la mentalidad de los egipcios».

Los manifestantes, acusados una y otra vez de recibir dinero de potencias extranjeras con pruebas falsas, acabaron estigmatizados. Alaa al Aswani considera injusto que se culpe a quienes se rebelaron en Tahrir de los acontecimientos posteriores: «Fue básicamente una revolución de izquierdas, secular, contra las ideas del estado islámico, para deshacerse de los generales. Las narrativas creadas en los medios occidentales sobre la revolución no eran rigurosas. Me parece terrible, porque mucha gente murió. Como describo en la novela, la gente fue masacrada por el ejército muchas veces, y los islamistas aplaudieron. Desde el principio hubo una alianza entre los islamistas y el ejército. Existió una tendencia en los gobiernos de occidente a colocar a los Hermanos Musulmanes en el poder. La idea de que los islamistas gobernasen en los países árabes tras las protestas era muy atractiva para Occidente».

A pesar de los reveses, el escritor afirma con vehemencia que la revolución egipcia no fracasó: «Ni una sola revolución fracasó en la historia. La revolución es un cambio cultural, no un cambio político.

La gente piensa diferente después de la revolución, y este cambio cultural es irreversible. La revolución egipcia conseguirá cambios políticos. Necesitamos tiempo».

«Islamismo y extrema derecha»

Alaa al Aswani, que apoyó al candidato izquierdista Hamdeen Sabahi en las elecciones 2012, tiene una especial aversión contra el islamismo, al que no duda en definir como de «extrema derecha». A su vez, arremete con virulencia contra la ola de extrema derecha global: «Tenemos que ponernos en el lugar de la gente que vota a la extrema derecha. Básicamente, tienen miedo. Pero la extrema derecha no trabaja para explicar sino para confundir. Sus políticos no tienen la capacidad para encontrar soluciones reales para los problemas. No tienen visión, no entienden la vida más allá de los números de la economía. Y la vida es mucho más complicada y más rica que los números». Tampoco le faltan críticas contra los negacionistas («si no crees en la ciencia, no me sorprende que votes a la extrema derecha») y contra el primer mundo que monopoliza las vacunas en medio de la pandemia («es una combinación de capitalismo y racismo, es un paquete»).

En La república era esto, Asmá, la profesora que se niega a usar velo, acaba exiliándose. Desde Londres, le confiesa a su novio que prefiere «ser una persona en un país extranjero a ser tratada como nadie en el mío». Como Asmá, Alaa al Aswani no puede volver a Egipto: «Echo de menos a mis amigos, pero no a los dictadores. La idea de vivir bajo una dictadura es muy insultante».

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