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La sobrecogedora realidad

Las imágenes de la erupción de La Palma superan las ficciones cinematográficas más crudas sobre el género de catástrofes

Una escena de ‘Al este de Java’.

Las erupciones volcánicas que llevan asolando la isla de La Palma desde el pasado domingo no sólo no son fruto de la desbocada imaginación de ningún escritor de ficción ni una pesadilla colectiva alentada por la mente calenturienta de algún guionista del viejo Hollywood. Se trata, por el contrario, de una catástrofe real, transmitida en directo por las televisiones de todo el mundo, que ha logrado sacudir nuestras conciencias ante el hecho incontrovertible de que tales desgracias también podemos sufrirlas en nuestro entorno, como hemos podido contrastar estos días con toda suerte de detalles mientras observamos las magnéticas aunque atroces imágenes que escupen incesantemente los telediarios. Y aunque las causas en este caso no radican especialmente en el comportamiento depredador del hombre sí que nos afecta en la medida que es un componente más que se suma al generalizado estado de deterioro medioambiental que azota actualmente al planeta.

Este baño de realidad, al que hemos de acostumbrarnos todos a tenor de los crecientes desafíos a los que nos está sometiendo la madre naturaleza como consecuencia del cambio climático, nos sitúa en un nuevo contexto que anula muchas de nuestras más arraigadas certezas acerca de nuestro inmediato futuro como convivientes en un mundo natural cada vez más precarizado e incierto sobre el que pocas dudas nos quedan para señalar a sus auténticos responsables. En cualquier caso, sorprende constatar que semejante escenario, que tradicionalmente asociábamos al ámbito de la fabulación literaria o cinematográfica, o sea, que lo contemplábamos como algo ajeno a nuestra propia realidad, se haya convertido, en un breve periodo de tiempo, en un hecho absolutamente normal y cotidiano en nuestras vidas; algo que tristemente nos seguirá acompañando mientras no cese ese lento proceso de destrucción que sigue amenazándonos y que, de alguna manera, el volcán de Cumbre Vieja está contribuyendo a subrayárnoslo, día tras día, con sus vómitos incesantes de lava, gases tóxicos y cenizas.

Sirva pues esta sucinta disgresión como preámbulo a un breve repaso al copioso catálogo de producciones cinematográficas que, desde perspectivas muy diversas, han utilizado la figura telúrica del volcán como fuente de inspiración para plasmar historias más o menos verosímiles inspiradas en lo que, a fin de cuentas, constituye uno de los fenómenos naturales más enigmáticos, poderosos y devastadores que conocemos desde que el hombre tuvo conocimiento de su temible existencia en la noche de los tiempos.

De alguna manera se trata de un tema en el que sobrevuela constantemente la interposición de la propia naturaleza como elemento primordial en el tejido narrativo del cine pues, en la medida que ésta influye directamente en nuestra compleja estructura emocional, las películas se transforman en espejos transmisores de esa interconexión, ya sea como factor potenciador de algunos de los grandes dramas que iluminan la historia del séptimo arte o como presencia totémica en un marco geológico perturbador, hostil e indomable.

Pues bien, si hay un solo filme sobre el tema que pueda proclamarse deudor de ambos enfoques ese es, sin duda alguna, Stromboli, tierra de Dios (Stromboli, terra de Dio, 1950), del maestro italiano Roberto Rossellini. Cumplido ya su setenta aniversario, y con muchos de sus valores morales y estéticos en perfecto estado de revista, hasta para los críticos más puntillosos y revisionistas, contemplar una película de su perfil dramático sigue constituyendo una experiencia inigualable, especialmente entre quienes por edad o por simple desconocimiento, no han podido disfrutar aún de la grandeza de esta formidable pieza del neorrealismo italiano a la que, por motivos en muchos casos espurios, como la larga e intensa relación sentimental de Rossellini con Ingrid Bergman, recibió en su día sonoros varapalos de la crítica estadounidense, mediatizada en gran medida por el episodio de carácter estrictamente íntimo y personal que enturbió el rodaje de la película.

El director había abandonado repentinamente a Anna Magnani, quien en principio había sido la actriz elegida para interpretar a Karin, cuyo papel acabaría interpretando la Bergman con la que, meses más tarde, acabaría contrayendo matrimonio. La noticia, de gran relieve en la prensa del corazón de la época, se corrió por los mentideros sociales de medio mundo, especialmente porque tanto la estrella sueca como Rossellini permanecían casados con sus respectivos cónyuges, circunstancia que provocó un auténtico aluvión de reproches que se hicieron extensivos al propio filme. Naturalmente, la inadmisible animosidad con la que fue recibido en Estados Unidos contrastó con los calurosos elogios de la crítica europea y el amplio reconocimiento que le dispensaron muchas de las grandes figuras del cine internacional del momento.

Escrita por Sergio Amidei, Gian Carlo Callegari, Art Cohn y el propio Rossellini, Stromboli narra la estremecedora historia de una mujer que en su huida de una Europa en guerra encuentra refugio en la isla italiana de Stromboli. Sus problemas existenciales no solo no encuentran la solución esperada sino que, para evitar males mayores, se ve forzada a casarse con un apuesto oficial del que se desencanta inmediatamente. Karin, en medio de una naturaleza abrupta y sombría, presidida por la presencia amenazante de un oscuro volcán, escapa de una prisión segura para entrar de lleno en otra aún más inquietante: la de una sociedad endogámica ante cuyo infranqueable muro moral no está dispuesta a rendirse.

En la producción holandesa Ascenso (Ascent, 2016), de Fiona Tan, la figura del volcán sirve, como en muchas otras películas memorables, de elemento coadyuvante en el aumento de la propia temperatura dramática del filme. Se trata de un bellísimo documental construido a partir de más de cuatro mil fotografías procedentes de las colecciones más diversas, que muestran el poder de sugestión que ha ejercido y ejerce sobre el imaginario del pueblo nipón el legendario monte Fuji, un majestuoso volcán que ha marcado la vida espiritual de millones de japoneses y que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se ha transformado en uno de los atractivos turísticos más visitados del planeta.

En el año 2013 la joven realizadora belga Khristine Gillard, galardonada en distintos certámenes europeos de referencia, dirige, mediante un estilo elegante y enormemente evocador, Cochihiza (Cochihiza), donde retrata a los pobladores de una pequeña aldea situada en la falda del imponente volcán Omeyatecigua, junto a una pequeña isla dentro del lago nicaragüense de Cocibolca. La belleza formal que destila este excelente documental y su abierta fusión con el espíritu de un pueblo sometido a las más dolorosas pruebas de supervivencia ofrecen un espectáculo de una verdad y una originalidad inusitadas. La presencia continua y desasosegante del Omeyatecigua a lo largo del filme, testigo milenario de un espacio geográfico inhóspito, se convierte así en otro de los protagonistas de este sobrio retrato social que no esconde en ningún momento una hondura poética de innegable impacto.

Vulcano (Vulcano, 1950), uno de los títulos más desconocidos del formidable cineasta germano americano William Dieterle, autor de obras maestras del calado de Jennie (The Portrait of Jennie), El hombre que vendió su alma (All that Money Can Buy. 1941), La senda de los elefantes (Elephant Walk, 1952) o El sueño de una noche de verano (A Midsummer Night’s Dream, 1934) dirige, el mismo año en que Rossellini filmó Stromboli, este interesante melodrama cuyo argumento se asemeja como dos gotas de agua al que utilizó el director italiano en su famosa película. Protagonizada por Anna Magnani y Rossano Brazzi, Vulcano fue la consecuencia más inmediata que derivó de la ruptura matrimonial entre la mítica diva italiana y el autor de Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945) cuando éste inicia su relación sentimental con Ingrid Bergman y termina eligiéndola para interpretar a la heroína de Stromboli, que en principio iba a encarnar la propia Magnani.

En cualquier caso, ambos filmes, al margen de las evidentes analogías argumentales e ideológicas que comparten -Dieterle fue uno de los izquierdistas más activos y señalados de Hollywood- añade un interesante debate sobre las distintas perspectivas desde las que pueden contemplarse una misma historia sin menoscabo artístico de ninguna.

La Soufière (La Soufière, 1977), uno de los trabajos más ambiciosos y personales en el campo del documental del gran cineasta germano Werner Herzog, parte de la idea difundida por algunos de los vulcanólogos más prestigiosos del mundo a propósito de los devastadores efectos que tendría sobre la isla de Guadalupe la erupción del volcán La Soufière si, como así se demostró, su fuerza seguiría multiplicándose. La población, aterrada por la seria advertencia de los científicos, abandonó masivamente la isla, aunque unos pocos nativos optasen definitivamente por quedarse y afrontar el curso de los acontecimientos. Herzog, acompañado por Jörg Schmidt-Reiwein, su director de fotografía, no dudó en desplazarse a aquel desolado escenario para recabar los asombrosos testimonios del escaso grupo de guadalupeños que eligieron desafiar al destino permaneciendo en el ojo del huracán.

La película rodada en 16 mm. durante poco más de quince días, constituye un valiosísimo documento sobre una de las catástrofes naturales más aparatosas y demoledoras que se han registrado durante los últimos ochenta años y los testimonios que allí se escuchan de algunos de los nativos que decidieron desafiar el destino permaneciendo en la isla demuestran, una vez más, la relatividad de un sentimiento tan volátil y subjetivo como el miedo, sobre todo entre quienes observan el curso de la naturaleza desde la certeza de su absoluta imprevisibilidad.

Heredera directa del cine de catástrofes de los años setenta, Un pueblo llamado Dante’s Peak (Dante’s Peak, 1997), de Roger Donaldson, narra las temerarias peripecias de Harry Dalton (Pierce Brosnan), un reputado vulcanólogo, en su intento por esquivar la inmediata erupción de un enorme volcán situado en la cima de un idílico y próspero pueblo llamado Dante’s Peak. Naturalmente, y como mandan los cánones del género, el científico se habrá de enfrentar a la tozudez de sus superiores y a la incredulidad de las autoridades municipales, mientras las pruebas de la erupción se hacen cada vez más contundentes.

La alcaldesa, no obstante deposita su confianza en Dalton apoyándole en su titánica lucha contra la furia irrefrenable de la naturaleza. A partir de esta unión, todo lo que sucede en la película resulta absolutamente previsible: riadas espectaculares de lava devorando todo lo que se les cruza en su camino; esfuerzos malabares del protagonista para sortear la catástrofe; constantes exhibiciones pirotécnicas y la inevitable nota sentimental, que navega entre mil peligros, y que lleva el signo inequívoco del tópico más estereotipado.

Desde planteamientos narrativos muy similares a los empleados por Donaldson en Un pueblo llamado Dante’s Pick, Mick Jackson plantea su propia batalla contra la lava en Volcano (Volcano, 1997). Y lo hace como si se tratara de una operación bélica contra el enemigo que hay que vencer y doblegar y en la que todos aplauden cuando «ganan al malo», como en el final de un espectáculo, por si había alguna duda de la infantilización del planteamiento que mueve esta escalofriante aunque previsible producción. Ni la presencia de un actor de la categoría de Tommy Lee Jones encabezando el reparto ni sus extraordinarios efectos especiales libran a esta bienintencionada película del más rotundo y justo de los olvidos.

Pompeya (Pompeii, 2014), dirigida por Paul W. S. Anderson, maestro supremo del blockbuster desde su debut en 1995 con Mortal Kombat (Mortal Kombat), es una típica megaproducción made in Hollywood en la que se utiliza el devastador estallido del Vesubio en el año 79 d.c. como mero telón de fondo para colar una historia sembrada de lugares comunes que en algunos momentos rozan la ramplonería argumental. Como era de esperar, tratándose de una película de Anderson, sus imágenes reflejan continuamente un único objetivo: garantizar el entretenimiento de un público fundamentalmente palomitero, cuyos escasos niveles de exigencia crítica no ha supuesto el menor hándicap para que Pompeya se convirtiera en uno de los grandes éxitos taquilleros de los años noventa.

Considerada como un clásico del género catastrófico algunos años antes que éste fuera canonizado con títulos como El coloso en llamas (The Towering Inferno, 1974), Aeropuerto (Airport, 1970), La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972) o Terremoto (Earthquake, 1974), Al este de Java (Krakatoa, East of Java, 1969), de Bernard L. Kowalski recrea la demoledora erupción del volcán Krakatoa al oeste —no al este como indica el título del filme— de Indonesia que, a mediados del siglo XIX, causó más de 40 mil víctimas mortales. Como en tantos productos hollywoodienses de la época, su centro de atención no es tanto la tragedia social que desató el Krakatoa tras su estallido como el relato convencional de aventuras marinas que vehicula la película a través del conflicto que genera la búsqueda de un viejo tesoro perdido bajo las aguas del Índico. La película, una de las primeras producciones rodadas con el sistema cinerama, tiene como protagonista a Maximilian Schell, el actor secundario alemán más popular en el cine de Hollywood de los setenta y uno de sus escasos méritos reside en su nominación al Oscar a los mejores efectos especiales. Aun así, la cinta merecería una nueva y atenta revisión.

Otro título que merecería, y por muchas más razones que el de Kowalski, otra revisión es El diablo a las cuatro (The Devil at 4 o’clock, 1961), de Mervyn Le Roy autor, entre otros filmes sobresalientes, de Soy un fugitivo (I Am a Fugitive from Khain Gang, 1932), Hampa dorada (Little Caesar, 1930) o Momento a momento (Moment to Moment, 1966), que aborda el drama de un grupo de niños de un hospital infantil que huyen bajo la amenaza de grandes ríos de lava que amenazan su salvación. Spencer Tracy, en uno de sus últimos trabajos, Frank Sinatra y el actor francés Jean-Pierre Aumont encabezan el reparto de este interesante drama humanista donde el volcán se erige de nuevo en involuntario antagonista de una intensa batalla por la supervivencia.

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