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¿’Finnegans wake’ autoficción?

Se ha dicho de la autoficción que es un tipo de novela donde el autor se constituye en protagonista descarado de su relato y convierte su vida en fábula literaturizada. Se trata de un paso más allá de la consabida novela autobiográfica en la que la libertad creadora conjuga experiencias personales sin límite alguno.

Definida así la autoficción, ¿podríamos enmarcar la inextricable novela de James Joyce, Finnegans Wake (London, Faber and Faber Limited, 1939), dentro de esa modalidad?

Para dar ese paso es necesario conocer la minuciosa biografía de nuestro autor escrita por Richard Ellmann y las muchas páginas de ese ambicioso libro dedicadas a los desvelos de Joyce por los progresivos problemas mentales de su hija Lucia, nombre escrito a la italiana, sin tilde.

En multitud de ocasiones menciona y detalla Ellmann en su obra circunstancias donde se detecta la preocupación de James Joyce por la salud de Lucia. Desde su nacimiento en un hospital de desamparados de Trieste en 1907, entre lágrimas de su madre, desde los primeros síntomas de su inestabilidad emocional y sus irregularidades escolares y laborales, la danza como obsesión, hasta el noviazgo frustrado con Herman Hesse, que agrava su enfermedad definitivamente, hasta su fallecimiento en la soledad del St Andrew’s Hospital, Inglaterra, el 12 de diciembre de 1982, cuarenta y un años después de la desaparición de su padre.

Son incontables las gestiones que realiza Joyce para procurarle a su hija un futuro menos traumático y evitar así las extravagancias y los desafueros de un ser por el que James Joyce siente una especial debilidad. Un ser que convierte la última parte de la vida del escritor en un infierno. Y todas esas gestiones y preocupaciones por salvaguardar a Lucia de sus crisis maniacas siempre van vinculadas a la elaboración de su otra gran obsesión simultánea: dar fin a su Finnegans… A esa novela sobre el despertar de Finnegan, el despertar de ese albañil borracho inmortalizado por una vieja balada irlandesa. Por esa Irlanda, esa patria obsesiva de la que nunca se ve libre Joyce al hacer literatura.

¿Pueden la vida familiar y el oficio literario mancomunarse de esa manera? Creemos que en el caso de Joyce, de la grave y perturbadora enfermedad de Lucia y del proceso de escritura de Finnegans Wake, todo está muy claro. El imparable deterioro síquico de Lucia, las frustradas intervenciones de su padre para reparar ese mal, la escritura voluntariosa, casi feroz, de una obra total como el Finnegans, van de la mano en el último tramo de la vida del escritor, torturado por su drama familiar y su drama literario de ir más allá de lo concebible en ese arte de las palabras del que parece ser más víctima que beneficiado.

Las palabras que saltan por los aires en los episodios maniacos de Lucia y las palabras que no quieren cumplir los papeles consabidos en las páginas de una obra en construcción, un work in progress, como intituló su última novela el autor antes de darla a la imprenta. Tormentosas relaciones, indescifrables mensajes entre hija y padre. La ingrata vida que está detrás de la caligrafía de Finnegans.

¿La incomprensión como estética? Finnegans Wake buscó la ilegibilidad, como la comunicación entre hija y padre había instituido una extrema incapacidad de entenderse sin desearlo, impuesta por la enfermedad de la hija y la dificultad de aceptar ese mal por parte del padre, quien siempre defendió el talento excepcional de Lucia.

No pretendemos descubrir nada en este siglo XXI con nuestras elementales palabras, son abundantes las contribuciones críticas que establecen esa relación entre la enfermedad de Lucia Joyce y la actividad creativa de su padre antes de fallecer en 1941, en Zurich, víctima de una úlcera duodenal perforada de la que no sería ajena su impotencia por no haber encontrado remedio para facilitarle a Lucia una vida menos aciaga, ni, por supuesto, su historial de bebedor implacable.

No se puede leer Finnegans Wake, ese incesante parloteo babélico, sin desentenderlo de lo que su autor estaba sufriendo por los desvaríos de su irrecuperable hija en medio de las tradicionales estrecheces económicas familiares. Quizá la contribución más directa para conocer el doble drama de Joyce a lo largo de muchos años de su existencia se encuentre en la imprescindible biografía de Carol Loeb Shloss: Lucia Joyce. To Dance in the Wake, aparecida en Nueva York en 2003.

Muy lejos de las peripecias lingüísticas del Finnegans de Joyce, pero cercanas en el retrato de padecimientos como los de Lucia Joyce y la influencia ejercida en el quehacer literario de sus padres pudieran ser obras como la del novelista leonés, Luis Mateo Díez, La piedra en el corazón, publicada en 2006, o la del periodista neoyorquino Michael Greenberg, Hacia el amanecer, aparecida en 2008. Greenberg precisamente alude en las páginas de su libro a Lucia Joyce y nos descubre que un rasgo de su psicosis «era la inclinación a hablar con neologismos y retruécanos que complicaban aún más una incomprensible, casi infantil, verborrea. Nadie podía comprender lo que ella decía. Excepto Joyce». De James Joyce se apoderó la obsesión de que su Finnegans Wake, se había infiltrado en el cerebro de su hija y la había trastornado.

Jamás sabremos cuánto hay de padecimiento personal y de hallazgo lingüístico y literario en la escritura tormentosa de Finnegans. Joyce nos adelantó que descifrar su obra exigiría a los críticos emplear como mínimo unos trescientos años. Quizá hizo esa predicción en tono humorístico, lo cierto es que hasta ahora los esfuerzos por llegar a dilucidar las seiscientas veintiocho páginas de la primera edición de Finnegans Wake han sido inútiles, tanto en el inglés desnaturalizado del original como en cualquiera de las lenguas civilizadas que han pretendido esa hazaña.

¿Se reirán desde el más allá, padre e hija, James y Lucia Joyce, de todos sus devotos e ilusos lectores en su afán por saber qué quisieron decirnos ambos en una colaboración menos deseada que tan accidental como genial?

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