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LA LAGUNA, ENCRUCIJADA ELISEO IZQUIERDO*

Palabras para Eloy Díaz de la Barreda

10/mar/18 6:16 AM
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Del paisaje humano de nuestra ciudad se ha ido para siempre una figura entrañable. Y se ha cerrado un capítulo fundamental, decisivo, de la historia de las artes escénicas en las Islas. Para decirlo en el lenguaje con el que estaba fieramente encariñado, Eloy Díaz de la Barreda acaba de hacer mutis por el foro apaciblemente, como en una escena de tibio mediodía de adioses invernales. Quedan atrás en el rondón de la historia del teatro en Canarias incontables horas, innumerables esfuerzos, indecibles preocupaciones por mantener viva su llama en esta tierra en tiempos difíciles, cuando lo fácil era poner el dedo anatematizador en los labios de actores y directores, la burda amenaza al vuelo libre de la palabra recreadora, a ese saber contar historias como de ninguna otra forma fue siempre imposible hacerlo con tanta verdad y tanta verosimilitud como en el teatro, a despecho de zoilos zafios y catones de flechas y de yugos. Apasionado por la dramaturgia desde su niñez, Eloy deja la huella enorme, por honda y certera, de su amor a un arte que con él vivió Tenerife horas de plenitud, y supo además transmitirlo a muchos otros hasta formar escuela en tiempos en que todo había que inventárselo porque aunque todo parecía inventado ya, no se podía acceder a ello; tanta era la penuria, pero la imaginación para superarla era mucho mayor. Manolo Escalera, Teresita Corbella, José Luis Maury, José Manuel Cervino, José Luis Sánchez, Alfonso García-Ramos, Sergia y Antonio Reyes, Adrián y Gilberto Alemán, Alonso Fernández del Castillo, Pedro González creando sobre papel basto de comercio los primeros decorados que fueron su bautizo como pintor mediados los años cuarenta del siglo pasado, José Sixto, desde que heredó la pasión por la escenografía y las creó formidables, dignas de los mejores teatros de la corte que entonces no lo era, y tantos otros que la memoria, por traicionera, ahora no me los susurra al oído como lo haría un fiel apuntador. Con todos ellos, y bastantes más, Eloy Díaz de la Barreda se atrevió a poner encima de las tablas, sobre todo en Tenerife, obras "non sanctas" en aquellas ominosas calendas, cuyos ensayos procuraban controlar celosos inspectores del ramo de la censura, a los que tenía que lidiar y trastear con habilidad y meterles gato por liebre; que para eso está el teatro, estuvo siempre, sobre todo cuando el teatro era espita, en ocasiones única, para despertar y sacudir conciencias adormiladas, timoratas o acomodaticias. Y supo hacerlo bien y con tino. Recordemos su voluntariosa tarea al frente del Teatro de Cámara de Canarias, del TEU o de la Escuela de Arte Dramático del Ateneo de La Laguna, de todos los cuales fue director, sin olvidar el personaje acaso más popular de los que encarnó, el célebre "Tío Pepote" de Radio Club Tenerife, en tiempos en que no había televisión y sólo existía la emisora decana del Archipiélago, y Eloy interpretaba, con la pasión y el ingenio de todo cuanto hacía, cuentos y consejas que embobecían con su magia a grandes y a pequeños. Porque Eloy Díaz de la Barreda era además un enamorado de la palabra limpia, dicha como hay que decirla, dejándola vibrar con nitidez en el aire, un teatro que se recreaba en la belleza única de la lengua libre de paletos sesgos localistas y de tentaciones deformantes so capa de falsas señas de identidad, lenguaje capaz de atrapar con su belleza intangible el llanto o la risa, la miseria y la grandeza del ser humano, mostrándolo todo sin careta con solo la herramienta insustituible, la máscara, del actor de teatro. Desde hoy, el paisaje humano de nuestra ciudad se sentirá huérfano de una orfandad difícilmente recuperable. Eloy era lagunero hasta el tuétano de su ser. Amaba esta ciudad con ardor. Era un laguneante empedernido, eso sí, refractario a capillas, cenáculos y monipodios de cualquier color y tamaño. Su figura atildada, rezumante de ironía sabia y de humor inteligente, tan sembrador de dudas como de punzantes interrogaciones, acaba de hacer mutis. Finalizó la función. Sin estridencia cayó a sus pies el telón de la antigua farsa de la vida. Contaba noventa años.

*Cronista oficial

de San Cristóbal de La Laguna

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