Criterios
CRÓNICAS JUAN CRUZ RUIZ

Mi nieto busca un paso de cebra en la Calle Nueva

23/jul/17 2:38 AM
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A veces iba al Puerto caminando, desde la Calle Nueva, en el barrio La Asomada, a un paso de La Vera, junto al Barranco de San Felipe, cerca de La Explanada, que nosotros llamábamos La Esplanada. Por la tarde iba a La Vera, a ensayar teatro, a la escuela, a los partidos de fútbol del Vera contra equipos de segunda regional. A veces iba a La Dehesa, a través de las plataneras, oyendo grillos y viendo pájaros y orinando bajo las palmeras. Esa geografía me la sabía con sus ruidos. El ruido del barranco, cuando caían los chaparrones tropicales que inundaban las montañas y descendían tan cerca de mi casa, en forma de torrente o río salvaje; mi madre me acurrucaba para que yo no tuviera miedo de ese sonido majestuoso que se parecía al cielo cuando se rompe.

Hubo más ruidos, pero entonces no había tantos ruidos. Ahora hay ruidos de coches que suben y bajan, y aparcan frente a mi casa, donde antes hubo una huerta y ahora hay un aparcamiento que cuidaba mi inolvidable hermana Carmela y que hoy sigue ahí, dando servicio a la comunidad. Pero entonces sólo bajaba y subía el camioncito de mi padre o el coche de mi padre o la furgoneta de mi padre, que todos esos vehículos los tuvo sucesivamente, a medida que fue cumpliendo años. Las horas del día y de la noche yo las adivinaba no sólo por la radio, que fue mi alimento desde los ocho años, como los papeles de periódicos, sino por el sonido, renqueante o ligero, de esos vehículos. Ahora, naturalmente, todo el mundo tiene coche y ya no podría distinguir sonidos, pues todo eso, como el tipo de letra, como los sonidos de los distintos medios radiofónicos o televisivos, se han homologado hasta parecer un solo ruido.

En aquel entonces el Puerto estaba lejos y yo iba caminando o en la guagua, a la escuela o a la playa; cuando iba caminando leía libros por la vereda que me llevaba hasta la ciudad desde el barrio, y saludaba a todo el mundo por sus nombres propios. Todo cambió, hasta el trayecto, cuando el turismo ya formó parte de nuestras vidas, yo me hice mayor y ya sentí que tenía prisa por llegar a cualquier sitio. En medio de esos cambios, recuerdo con nitidez a nuestro alcalde, un médico bueno, don Isidoro Luz Cárpenter, que no le cobraba a mi madre por atendernos, como don Celestino Cobiella, que era también un buen médico, dicharachero y guapo, que venía a curarnos pero también a animarnos, con aquella risa, con aquellos ojos azules, con sus manos delicadas como de pianista japonés. Recuerdo a don Isidoro inaugurando, como alcalde, con sus pertrechos falangistas, la camisa azul, la casaca blanca, sus condecoraciones, la avenida de Colón de la Playa de Martiánes. Yo era un adolescente y asistía, atónito e ignorante, al cambio radical de esa zona hasta hacerla tan artificial como todas las playas turísticas. Poco a poco acabaron con el Charco de la Soga y con los ricos de Martiánez; la obra culminó con una deslumbrante novedad, el Lago de Martiánez, concebido por don Luis Losada, creo recordar y rematado de manera espectacular por el espectacular César Manrique.

Entonces hubo mucha controversia sobre la obra; ahora que han pasado cuarenta años y ya es inconcebible esa zona sin el Lago Martiánez como centro y como símbolo señalemos como algo de justicia que ya no se puede entender la geografía estética del Puerto sin esos azules y esos blancos que César copió del ambiente natural de la costa. Ahora mi nieto ha estado en ese lugar en cuyos charcos yo me divertía de chico, y él se ha divertido también, pero sin charcos. Y ha pasado algo con esa visita del niño a mi pueblo querido que me ha llenado de nostalgia y es una anécdota simpática. Él fue con su madre a mi casa natal, donde de chico sólo se oía el camioncito de mi padre. Él está acostumbrado a las vías de Madrid, atestadas de coches, y siente miedo cada vez que sale, y seguridad cada vez que encuentra un paso de cebra. En nuestra calle estaba jugando con sus primos y, de pronto, quiso pasar de una acera a otra. Y entró en la casa y les preguntó a sus tías y a sus primos:

-¿Alguien me puede decir dónde hay un paso de cebra para pasar al otro lado?

-En la Calle Nueva nunca hubo pasos de cebra. Ni falta que hacía.

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