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DOMINGO, 8 DE FEBRERO DE 2009
FERNANDO GRACIA

Cuando Canarias era el "Guantánamo" de España

Aquí se "desterró" a Miguel de Unamuno y Rodrigo Soriano, junto con anarquistas y criminales de la época.

Canarias no siempre ha sido tan sólo la colonia de la Península, ni el cortijo con sumisos y productivos jornaleros a los que no sólo se les explota, sino que se daba por hecho su falta de soberanía y su indefensión en la notable lejanía que les separó siempre del Reino y Gobierno Central.

Canarias durante mucho, mucho tiempo, fue también el tan tristemente de moda en estos momentos Guantánamo de España. Personalidades culturales y políticas de otras épocas a los que no se les podía juzgar sin levantar el consiguiente escándalo por su injusta detención, eran "desterrados" a Canarias junto con posibles terroristas y criminales sin más pruebas que las de denuncias inquisidoras.

Rebuscando documentos olvidados o escondidos por la censura, podemos hallar manifestaciones tan impresionantes como estas declaraciones que Sebastián Rodríguez, acompañando al inspector general de Seguridad, le dice al conserje del Ateneo de Madrid a las doce y media de la tarde del día 20 de febrero de 1924:

"Venimos a clausurar el Ateneo, corra a ordenar que salgan cuantos se encuentren en el interior porque estas puertas van a ser selladas y cuatro guardias prohibirán el acceso. Que no oponga nadie resistencia si no quieren acompañar a Miguel de Unamuno en su destierro al islote canario de Fuerteventura, donde sólo podrá pasar hambre y hablar con perros y cabras".

A estos tristes personajes los amparaba la Real Orden que portaban en la mano y cuyo texto literal dice: "Acordado por el Directorio Militar el destierro a Canarias de Miguel de Unamuno y Jugo, S.M. el Rey (q.D.g.) se ha servido disponer: Primero, que el referido cese en los cargos de vicerrector de la Universidad de Salamanca y Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma. Segundo: que quede en suspenso de empleo y sueldo de la expresada Universidad".

En una nota adjunta que fue fijada en el tablón de anuncios se leía: "El Gobierno ha resuelto clausurar el Ateneo de Madrid, destituir en su puesto y cátedra a Miguel de Unamuno y como primer castigo desterrarlo, así como a Rodrigo Soriano. La primera medida está fundada en la contumacia y tenacidad con que la citada sociedad, separándose de sus fines y aún contra la voluntad de gran número de sus socios, viene dedicándose a hacer política estridente y perturbadora; la segunda, en que no es tolerable que un catedrático, ausentándose continuamente de su cátedra y fuera de su misión, ande haciendo propagandas disolventes y desacreditando de continuo a los representantes del poder e incluso al propio Soberano, que tan benévola y noble acogida le dispensó en su palacio. El destierro a Canarias será aplicado a cuantos, sin templanza ni razón, se dediquen a soliviantar pasiones y a propalar calumnias".

La colonia de Canarias era en aquellas épocas para el Gobierno Central un lejano limbo en la mar sin temor a la justicia que hacía las veces de un Guantánamo actual.

Al Rey y al Gobierno Central aquella imposición de "terrible" castigo que se le proporcionaba a uno de los más grandes intelectuales de nuestra historia le resultó fallida y, como colonialmente se dice, les salió el tiro por la culata, ya que Unamuno siempre guardó el más grato de los recuerdos de su estancia en Canarias.

El 21 de febrero de 1924, un día frío copiosamente nevado en Salamanca, don Miguel de Unamuno marchaba a destierro completamente solo. No consintió que amigos o familiares lo acompañasen en lo que se daba por terrible castigo al abandonar tierra española y marchar a lejanas islas.

Una mediana maleta de cuero oscuro con la ropa imprescindible y tan sólo tres libros eran su equipaje: "El Nuevo Testamento", en griego, "Poesías de Leopardi" y "La Divina Comedia". También un recorte con el manifiesto del dictador, sobre el que con pluma había subrayado frases para preparar, durante el largo viaje, sus comentarios.

Se conoce que después de llegar a Madrid tuvo que viajar en tren a Cádiz, que se negó a pagar el hotel dado que no viajaba por propia voluntad y cuando el vasco Aldecoa, apoderado de don Horacio Echevarrieta, le ofreció de parte de éste un cheque bancario en blanco, se negó a aceptarlo. "Quieren deportarme a una isla desierta? bueno, pero que no lo hagan ni a mis expensas ni a las de mis amigos? Que paguen los mismos que me deportan".

Antes de embarcar, Miguel de Maeztu, de parte del dictador, fue a ofrecerle el indulto de su "destierro" a Canarias si se retractaba y pedía perdón.

Se sabe que la entrevista con Maeztu fue lamentable: "?Me deportan a una lejana isla sin mis amigos y la Universidad, pero pocos lugares puede haber peor que el que he padecido sin libertad y respeto en España".

En Cádiz, a punto de subir al barco, se le une Rodrigo Soriano, político y periodista diputado por el Partido Republicano, el cual le trata de quitar presión asegurándole: "Se equivocan con nuestras deportaciones, las islas son bellas y están habitadas por gente honrada y amable. Me han hablado muy bien de Tenerife, donde a lo mejor no resulta demasiado difícil llegar?".

Don Miguel de Unamuno le confirma la opinión y le comenta que ya conoce alguna de las islas, dado que hacía tres años que acudió a una para el estreno teatral de su drama "La esfinge".

En Puerto Cabras, en Fuerteventura, pronto comienza a volver a encontrarse a sí mismo. Amigos como Ramón Castañeyra, que tanto le aporta por su acercamiento al mundillo literario canario; Antonio Hormiga, un joven pescador; Paco Medina, propietario del hotel Fuerteventura; el cura párroco Víctor San Martín; una dama argentina que le declara su amor, aunque él no le corresponde; Madame Menard-Dorian, anciana acaudalada que patrocina la operación periodística del siglo: la fuga de Unamuno a París. El viaje lo realizó en una goleta curiosamente llamada "Libertad" y que fue enviada por la Liga de los Derechos del Hombre.

Hombres, mujeres, paisaje, flora, mar, cielo estrellado y costumbres proporcionan la etapa más feliz que Unamuno vivirá a lo largo de toda su vida.

Al llegar a París escribe don Miguel de Unamuno uno de los libros más intensos y logrados de su obra total: "De Fuerteventura a París".

Se trata de un libro del que se ordenó la destrucción de los pocos ejemplares que viajaron a España, y los pocos que se salvaron fueron censurados más tarde por el franquismo.

Dos de las obras poéticas de don Miguel de Unamuno están hoy día prácticamente desaparecidas, y se han convertido en rareza bibliográfica: "De Fuerteventura a París" y "Romancero del destierro".

"De Fuerteventura a París" está escrito en sonetos, ciento tres, y se encuentra salpicado de comentarios en prosa donde se ve el hondo calado que Canarias proporcionó a su alma. La isla, el paisaje, la soledad del mar y la convivencia con sus gentes que tanto lo ayudaron a sobrellevar lo que el Gobierno Central consideraba un castigo de confinamiento a un lejano lugar: las colonias de Canarias.

"De Fuerteventura a París", maravillosa obra y nunca me cansaría de vanagloriarla, se inicia con una carta que Unamuno le dedica a su ya gran amigo y canario absoluto Ramón Castañeyra, en la que le dice: "¡Ay, mi querido amigo, cuanto viva mi alma y en la forma que viviere, vivirá en ella, hecha hueso espiritual o roca espiritual de sus huesos o sus rocas espirituales, esa bendita isla rocosa de Fuerteventura donde he vivido con ustedes, los nobles majoreros y con el Dios de nuestra España los días más entrañados y más fecundos de mi vida de luchador de la verdad!

Usted, su venerable padre don José, sus hermanos, nuestro buen párroco de Puerto Cabras, don Víctor San Martín; mi posadero, don Paco Medina; el excelente don Pancho López, espíritu zumbón y crítico; los amigos todos de la inolvidable tertulia cara a la mar que sonríe a nuestras trágicas flaquezas, ustedes saben todo lo que ahí viví.

Y ustedes saben cómo el día de mi liberación, merced a la generosidad de la noble nación francesa, que me están dando aquí, en París, libertad y dignidad, dejé esa roca llorando. Es que dejaba en ella raíces en la roca y raíces de roca.

Les prometí a ustedes también escribir para siempre -como dijo Tucídides- el relato de mi cautividad en esa bendita isla y hablar de ella, de ese tesoro de salud y de nobleza. Lo he de hacer. Y haré aquel libro de que le hablé y que se titulará: Don Quijote en Fuerteventura, Don Quijote en camello a modo de Clavileño. Mas por hoy, y como es cosa, que, por ser de combate, urge más, publico los sonetos que ahí escribí, a cuyo parto asistió usted, precedidos de los que había escrito antes de salir de la Península y seguidos de los que luego me han brotado aquí, en París?

?Sólo me resta enviarle, desde y a través del Atlántico, un largo y ancho abrazo y abrazar en usted a todos mis amigos de esa fuerteventurosa isla y a la isla misma".

Dado que no quisiera extender en demasía este artículo, añado sólo dos sonetos de los ciento tres que componen el libro y que son una firme muestra de cómo en uno de los grandes genios de la literatura de todos los tiempos se encuentra firmemente arraigada la tierra canaria.

XXXIV

La mar ciñe a la noche en su regazo

y la noche a la mar; la luna, ausente;

se besan en los ojos y en la frente;

los besos dejan misterioso trazo.

Derrítense después en un abrazo,

tiritan las estrellas con ardiente

pasión de mero amor y el alma siente

que noche y mar la enredan en un lazo.

Y se baña en la oscura lejanía

de su germen eterno, de su origen,

cuando con ella Dios amanecía,

y aunque los necios sabios leyes fijen,

ve la piedad del alma la anarquía

y que leyes no son las que nos rigen.

LXV

Raíces como tú en el Océano

echó mi alma ya, Fuerteventura,

de la cruel historia la amargura

me quitó cual si fuese con la mano.

Toqué a su toque el insondable arcano

que es la fuente de nuestra desventura

y en sus olas la mágica escritura

descifré del más alto Soberano.

Un oasis me fuiste, isla bendita;

la civilización es un desierto

donde la fe con la verdad se irrita;

cuando llegué a tu roca llegué a puerto

y esperándome allí a la última cita

sobre tu mar vi el cielo todo abierto.

Por último, para que sirva de estímulo a todos esos hombres y mujeres canarios, para que mediten sobre un futuro brillante y de libertad, para que se conciencien, aún más, que una patria, su patria canaria, no se puede convertir eternamente en una finca española, les ruego que lean, despacio, este verso de don Miguel de Unamuno que, escrito al caer la tarde de su tercer día en Fuerteventura, muestra todo el coraje, la inteligencia y la rebeldía de quien fue castigado al destierro en lo que entonces era el Guantánamo español: Canarias.

Los que clamáis "indulto" id a la porra

que a vuestra triste España no me amoldo;

arde del Santo Oficio aún el rescoldo

y de leña la envidia lo atiborra.

No he de ir cual carnero con modorra

de esa sucia bandera bajo el toldo

a soportar al general Bertoldo

harto de retozar con una zorra.

Pues en el corazón y en la mollera

serrín guarda esa taifa de cretinos

auto-brutos. ¡Ya cruje la escalera!

Y ellos se tambalean, pues los vinos

nacionales -no sirven la solera-

no cambian en leones los cochinos.

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