Gastronomía
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EL ADEREZO ROSARIO DÍAZ ARAUJO GASTRÓNOMA

Va a ser que no

26/sep/08 07:36
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A RAÍZ de la columna de la semana pasada, me quedé con ganas de compartir la admiración que siento por un grupo de personas que un día se unieron para defender la mesa y la cocina. Me asombra ver cómo algo que empezó como una historia romántica y utópica se transformó en una revolución: el Slow Food.

Su fundador, Carlo Petrini, en el año 1986 pensó que el mundo iba en camino de convertirse en algo que no le apetecía ver. Pudo vislumbrar cómo cambiaría nuestra forma de comer y de vivir en relación a los alimentos y la agricultura. Pero no lo pensó de una manera naïf como podemos hacerlo cualquiera de nosotros. Lo profundizó y detestó lo que vio.

Y cuánta razón había en sus ideas.

Porque no creo que a ninguno de nosotros, en nuestro sano juicio, nos guste ver cómo se degrada la tierra, o cómo se van perdiendo los sabores.

Pero claro, a su vez, a todos nos gusta comer berenjenas que no pican y sandías sin pipas. Porque somos vagos, estamos acostumbrados a que nos den todo masticado e incluso, si se puede, digerido. Y no hablo sólo de comida, no nos gusta pensar ni complicarnos. Si la película nos deja inconclusos nos levantamos del cine furiosos.

-¿Dónde está el final feliz y las perdices? Devuélvame el dinero, por favor.

Porque pensar, cuestionar y cambiar la realidad requiere tiempo. Y calma.

Y así aceptamos lo que venga en el plato. Pues no deberíamos. Fíjese en lo que come. El otro día abrí una bolsa de "calamares apanados", menuda sorpresa me llevé al ver que de calamares no había nada. En su lugar había una pasta extraña, molida y de vaya uno a saber qué. Así que decidí no olvidar la textura gomosa, extraña y magnífica de un calamar. Sobre todo porque si alguien lo va a masticar: ¡esa quiero ser yo!

Peor lo del desdichado cangrejo. Escúcheme bien, señor dueño de restaurante, si pido una ensalada de cangrejo no tengo ganas de comer un "sustituto". Engorde la cuenta, pero no me mienta en la cara.

Y por eso este homenaje al movimiento que defiende todos estos ideales. La sinceridad y la sensatez. Los alimentos como son de verdad. La mesa fragante y el comercio justo. El respetar los ciclos de los vegetales, la historia de los pueblos y la agricultura tradicional. Entender que lo que comemos interactúa y cambia las redes que forman este mundo en el que vivimos.

Porque de otra manera, será bastante más difícil. Para mí: pues va a ser que no.

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