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EL ADEREZO ROSARIO D. ARAUJO GASTRÓNOMA

Una de boinas y corsarios

4/jul/08 01:49
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COMO UNA PUERTA ANTIGUA se abre dejando entrever un paisaje de mil colores y los personajes más diversos: Luis XIV, la infanta María Teresa de Castilla, los corsarios, gourmets, señores de boina en el mercado y arponeros cazadores de ballenas. San Juan de Luz es un cuento de la infancia. Es llegar y no querer irse. Es un pueblito precioso del sudoeste de Francia, donde cada esquina guarda un recoveco. Donde habita gente exquisita que comparte la costa vasca con el norte del San Sebastián de la semana pasada. Pero, al contrario de la majestuosidad de Donostia, este rincón del mundo se nos muestra claro y mágico.

Con sólo hacer 13 km. desde la frontera gala, la calidez se nos abre sin secretos y sin pedir nada a cambio.

Al llegar a San Juan de Luz, lo primero que hice fue entrar a su mercado que, como todos los fines de semana, se bañaba de luces y amigos generosos. Apenas uno cruza la gran fachada que data de 1884, se encuentra en uno de esos lugares encantadores y estancados en la calma sencilla bien entendida. Fue entrar y sentirme en casa.

El primer puesto que se aprecia a mano derecha es atendido por un señor, que detrás de una boina roja y una sonrisa inmensa, nos invita a degustar exquisitos quesos y jamones. Nos convida su propia baguette y nos cuenta cómo le gusta agasajar a cada peregrino que pasa por allí. Porque él también fue peregrino y le convidaron pan y vino para poder hacer el Camino. El de Santiago, claro. Que nada tiene que ver con el mío.

Esto es bastante ejemplificador de la calidad de personas que caminan por este pueblo bañado de sol y mecido por un mar Cantábrico azul profundo. Gente linda que ama la gastronomía. Tanto que, de cada cinco tiendas, dos o tres, están dedicadas a las exquisiteces y los vinos. Y en la puerta, siempre alguien nos invita a pasar a degustar.

Luego de dar una vuelta, entrar, probar y comprobar la calidad de cada uno de los bocados que nos ofrecen, ya es un buen momento para ir a dar un paseo por la plaza, comprar un bocadillo en algún barcito de los que venden para llevar y sentarse en las escalinatas de la pérgola a espaldas del puerto. Dejar el sol mecerse sobre nuestras rodillas. Sentir y pensar. Pensar en cosas sencillas. Acordarnos de los lugares donde transcurrían los cuentos de la infancia. Ver a los niños pasar risueños a nuestro lado y soñar con una y mil tardes en San Juan de Luz.

 

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