Reproducimos a continuación el artículo que José H. Chela envió ayer a esta Redacción, tal y como hacía a diario desde hace casi 4 años.
NO SIEMPRE es aconsejable comprar un libro por la originalidad o lo sorprendente de su título. Aunque, a veces, eso sea o pueda ser un indicio del ingenio del autor, y aunque en ocasiones se acierte. Hoy por hoy los títulos de los libros no son excesivamente divertidos. Y son especialmente pelmas y repetitivos los de esas novelas ahora tan de moda, hijas o sobrinas todas ellas de "El Código Da Vinci" que invariablemente incluyen en la portada términos como "conjura", "maldición", "secreto" o "códice"? No compro ninguno, por supuesto, porque tienden a ser peores que el de Dan Brown, lo cual resulta como ustedes comprenderán francamente deprimente.
Hubo, eso sí, toda una generación de humoristas españoles, desde Tono a Álvaro de la Iglesia, que fueron auténticos especialistas en buscar títulos atractivos e insólitos para sus obras: "Un náufrago en la sopa", "Los ladrones somos gente honrada" o "Los habitantes de la casa deshabitada" (las dos últimas de Jardiel, "Niebla en el bigote"? Lo bueno de aquellos títulos era que respondían a los contenidos de las novelas o las comedias que encabezaban. No defraudaban las expectativas que habían creado en, digamos, el consumidor.
De vez en vez, desde esta columnilla trato de hacer partícipe al lector de algún gozoso hallazgo con el que me topo en mis indispensables ya incursiones sabatinas por las librerías. Dejo hoy para mejor momento la materia policial -que sé interesa especialmente a algunos fieles lectores-, aunque les alerto de la calidad extraordinaria de las últimas novelas de la francesa Fred Vargas, y les invito, desde el más sincero entusiasmo, a que se adentren en las páginas de un manual de filosofía, lo cual puede parecer un consejo de lo más aburrido y es, en realidad, todo lo contrario. En pocas oportunidades he soltado tan frecuente y felizmente la carcajada como leyendo este desternillante texto de los filósofos norteamericanos Thomas Cathcart y Daniel Klein, embarcados en la tarea de explicar a los legos en filosofía materias tales como la metafísica, la ética, la epistemología, el existencialismo o la relatividad. El libro, que se lee con una facilidad asombrosa y se termina en un santiamén, se titula "Platón y un ornitorrinco entran en un bar?" (Editorial Planeta). La situación es, desde el punto de vista lógico, ya que estamos en ello, verdaderamente improbable. Cuando Platón vivía nadie podía imaginar la existencia en una parte ignorada del planeta de unos bichos rarísimos llamados ornitorrincos. Pero, la lógica del chiste, de los chistes, que admitimos sin rechistar, convierten en aceptable el enunciado. De hecho los autores de este descacharrante tratado utilizan constante y profusamente el humor y el chiste (algunos antológicos) para conducirnos por los caminos de unas disciplinas, teorías y propuestas que de otro modo serían tortuosos y, acaso, hasta intransitables para muchos. Impagable, de verdad. No se lo pierdan.
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