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EL VARISCAZO MONTY

George Graham-Toler, mecenas del refugio de Altavista

28/sep/07 02:06
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TRANSCURRÍA el año de 1890 en las pinas calles y caserones de la aristocrática villa de La Orotava, de donde asomaban curiosas las cabecitas de las jóvenes casaderas de las Doce Casas. El rumor en los mentideros de las esquinas hablaba de la llegada de un apuesto inglés de porte aristocrático, que se alojaba en el hotel Hespérides; motivo más que suficiente para atisbar desde los balcones el paso fortuito de recién llegado, del que se decía que procedía de una culta y acomodada familia inglesa y que venía con la intención de establecerse en el lugar por tiempo indefinido.

George Graham-Toler, nacido en Londres en 1850, era hijo de Otway Iortesene Graham-Toler y de Henrietta Elizabeth Scarlett, y nieto del destacado jurista James Scarlett, barón de Abinger. Aquejado de una afección pulmonar, vino a Tenerife atraído por los escritos y fotografías de anteriores viajeros, que hablaban de las excelencias paisajísticas y climáticas de una isla paradisíaca. Un lugar y un panorama que penetró en sus retinas de naturalista y amante de la fotografía, hasta el punto de comenzar una serie de itinerarios por las cumbres tinerfeñas a pie y auxiliado por alguna bestia que portaba sus aparatosas máquinas y todo su utillaje, además de su singular caseta de campaña, que le sirvió de techo y refugio providencial, así como al guía y el arriero contratados.

Durante esos meses, utilizó como campamento base las cercanías de la Madre del Agua, en Granadilla, y más tarde la Cañada de la Grieta, donde canalizó el agua de una fuentecilla y financió la construcción de un tosco abrevadero para las cabalgaduras. Un complejo problema existente en las alturas, por no haber ningún aprovechamiento de las filtraciones del subsuelo, puesto que la mayoría de los investigadores, azufreros y neveros sólo disponían del caudal de la Cueva del Hielo, donde solían aprovisionarse lo suficiente para contar con el tiempo de retorno a las poblaciones.

Prendido para siempre de los encantos de la Isla y sintiéndose notoriamente mejorado de sus problemas respiratorios, decidió sentar raíces en La Orotava. Una decisión que, como hemos mencionado, motivó la visita formal a la casa de don Antonio (omitimos el resto de los nombres) de Monteverde y del Castillo, jefe de la Casa de Monteverde y Rivas, y su esposa doña Julia (omitimos los restantes nombres) de Lugo y García Benítez de las Cuevas, que serían sus futuros suegros. Cuenta la tradición familiar que el recién llegado solicitó la mano de la hija mayor, Leonor, de 22 años de edad. Acuerdo que no pudo realizarse porque ésta había ingresado como novicia en las Hijas de la Caridad y estaba a punto de pronunciar sus votos perpetuos. Ajeno al desánimo, con su habitual flema inglesa, cuentan que expresó su deseo de que le concedieran la mano de alguna de sus otras hijas, recayendo la elección en María del Carmen, de 17 años de edad.

De este modo George, a sus 40 años, quedó formalmente prometido, con la condición de aceptar la doctrina católica y renunciar a su credo anglicano, celebrándose el matrimonio en la parroquia de la Concepción el 17 de octubre de 1892. Acto seguido, emprendieron su luna de miel, que comenzó en las estancias del Gran Hotel Taoro y los llevó hasta el frío Londres, a fin de presentar a su esposa a la familia

Aquel caballero inglés que vino a curar, como tantos otros, sus dolencias gracias a la benignidad del clima sobrevivió hasta el 29 de agosto de 1929, dejando a su viuda María del Carmen sin descendencia. Sus restos yacen en el panteón familiar del cementerio de La Orotava.

Su interés científico como naturalista y fotógrafo lo llevó en muchas ocasiones hasta la cima del Teide, percatándose de las duras condiciones climatológicas para pernoctar; ya que sólo existían las oquedades naturales y los restos de una construcción en el lugar de Altavista, realizada en 1856 por el astrónomo inglés Charles Piazzi-Smith para practicar importantes experimentos. De este modo, concibió y financió con sus propios recursos la construcción del primer refugio propiamente dicho. La obra se la encargó al contratista Nicolás Álvarez, constructor que fue también de la iglesia anglicana del parque de Taoro, y consistió en una sencilla caseta de piedra con dormitorio, cocina y cuadra para las bestias. Piedra angular del actual albergue reinaugurado hace unos días.

Sin embargo, su mayor aportación a la difusión de las excelencias de Tenerife, fue su ardua labor fotográfica y las magníficas instantáneas que remitió a los más importantes diarios y revistas inglesas. Algunas de las cuales, por fortuna, obran en poder de algún amante del arte de la imagen. Una promoción insólita de los lugares más singulares de nuestra isla, habida cuenta la dificultad que suponía traducir en la distancia nuestras bellezas paisajísticas y las virtudes de su climatología benigna y salutífera. Méritos que el consistorio orotavense supo premiar, rotulando una calle de la urbanización La Duquesa con su nombre; muy cerca de la Casa de Caraveo, donde residió los últimos años de su vida.

Lamentablemente, hay que mencionar la pérdida de gran parte de su legado fotográfico, pues por referencia familiar sabemos que todos sus negativos, máquinas y utensilios de revelado fueron enviados directamente a la basura por su depositaria, ante la decisión de reformar la estancia donde se guardaba. También nos consta, por la misma fuente, que su inseparable tienda de campaña, que tantas noches lo resguardó de las inclemencias, se deshizo por el continuo uso de los miembros de toda una familia numerosa. Utensilios todos que ahora podrían estar custodiados por el ayuntamiento en alguna sala temática

Concluyendo estos apuntes biográficos del financiador del primer refugio de Altavista, desde aquí quiero instar a la corporación insular, que tan bien preside mi apreciado Ricardo Melchior, a la erección de un sencillo monolito con una placa en bronce grabada con su nombre, junto a las dependencias del actual recién remodelado albergue; así como la edición de un programa de mano multilingüe para entregar a todos los visitantes, a fin de que conozcan de forma somera las vicisitudes y los orígenes del recinto donde van a pernoctar hasta que luego, de madrugada, asciendan al cráter y contemplen el grandioso espectáculo del amanecer en el Atlántico desde el pico más alto de España. Patrimonio de la Humanidad por sus indiscutibles méritos geológicos y morfológicos, y orgullo de todos los tinerfeños.

Hasta aquí una breve semblanza del patrocinador del primitivo refugio de Altavista, que fue sustituido por el actual, reinaugurado días pasados por el presidente Ricardo Melchior

jcvmonteverde@hotmail.com

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