Soy reacio, por lo general, a piropear a los políticos. Pero también es verdad que la sinceridad me puede. De modo que si alguien, en el ejercicio de la cosa pública, hace algo que me parece bien -mejor dicho, muy bien- se me antoja de pura justicia abandonar mi vena criticona y ensalzar lo que merezca ser ensalzado. Piropear a Maribel Oñate, como hice el otro día, por su acierto al presentar el cartel de carnaval con el tiempo suficiente para poder exportarlo a los mercados que más interesen a la fiesta, fue un arranque natural. Piropear a Wladimiro Rodríguez Brito, con lo feo que es el tío (con perdón) suena más raro, pero los elogios, aunque haya empleado la palabra piropo, van dirigidos a hacia su posición frente al problema de los incendios forestales y sus iniciativas al respecto.
Creo, sinceramente (y ya lo he repetido en algún que otro foro antes que en esta columnilla cotidiana) que Tenerife puede darse con un canto en los incisivos al contar con un consejero insular en esta materia de la categoría, sapiencia y, ¿por qué no decirlo?, simple cordura y sentido común, de don Wladimiro.
Hubo quien se subió por las paredes -y no me explico a cuenta de qué- cuando Rodríguez Brito dijo, en estas mismas páginas, que había que elegir entre pinos y casas. Tal vez, y quiero ser generoso con los escandalizados, lo que sucedió fue que no le entendieron bien. Porque el consejero nunca habló de desforestar, sino -y eso es lo sensato- de facilitar un cambio en los espacios forestales de aquellas zonas del monte donde existen pequeños núcleos de población: monteverde y laurisilva en lugar de pino. Y la idea parece perfecta en su sencillez. Estas plantas resisten mucho más al fuego que el pino, que arde con facilidad y rapidez excesivas. Cierto que el canario se regenera con facilidad en poco tiempo. Pero su presencia cerca de lugares habitados supone un riesgo que se evitaría con la medida propuesta por Wladimiro.
La otra sugerencia -también interesante y, en principio, benéfica- se refiere a una actuación en los suelos boscosos antaño cultivados, pero que han sido abandonados desde hace tiempo. Ese abandono y la falta de cuidados son perfectos caldos de cultivo para alimentar la voracidad de las llamas en caso de siniestro. Y estas áreas se suelen encontrar, igualmente, en puntos cercanos a núcleos rurales de población. Plantar en ellos frutales parece una solución intachable. A condición, claro, de que haya gentes que se ocupen de esos árboles que precisarán, como es lógico, de atención y mimos por parte de personal entendido en esa actividad.
En fin. Que a ver si las ideas de don Wladimiro se ponen en práctica y podemos ver, en el futuro, cómo el tiempo da la razón a quienes saben de estas cosas y no a los que, simplemente, hablan por alegar.
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