EL OTRO DÍA TUVE la oportunidad de charlar largamente con uno de los muchos argentinos que están saliendo de su país en contra de sus propios deseos e, incluso, en contra de sus propios intereses. Lo hacen por pura necesidad, por cansancio físico y síquico, porque están exhaustos de empujar, cuestas arriba, sin perspectiva de poder otear siquiera lo que hay en el horizonte, un carro repleto de una clase política, judicial, militar, sindical... corruptas, que, a su vez, son incapaces, entre todos ellos, de llevar medianamente derecha la dirección del país.
Un país, Argentina, inmenso en extensión, en riquezas naturales y humanas que, a principios de siglo, ostentó el nivel de vida más alto de toda la América Latina, y que ha tenido la mala suerte de ser gobernado, desde hace decenios, por una clase dirigente inepta e irresponsable, que les ha conducido progresivamente al precipicio de la falta de credibilidad internacional a través, básicamente, de la acumulación de su propia deuda externa: pasando de los 35.000 millones de dólares en los que la dejó Videla, los 58.000 millones de Alfonsín, o los 146.000 millones de Menem; y, así, hasta el día de hoy en que dicha deuda se sitúa en torno al 50% del Producto Interior Bruto del país. Hoy, por desgracia, la situación es de bancarrota; y no sólo económica, sino anímica, que les ha conducido a perder lo único que realmente les quedaba: la esperanza.
Los motivos de esta situación habría que buscarlos básicamente en el fallo estrepitoso de las Instituciones más básicas que, junto al capital humano y al descrédito más absoluto de la clase política en connivencia con determinados sindicatos, han originado una fractura en la propia estructura social del país, llegando, incluso, a no respetar la propiedad privada o a faltar a sus compromisos adquiridos con terceros países. Esta situación límite queda reflejada, de una forma sociológica digna de estudio, en las colas que el pueblo argentino ha ido creando a través de la crisis. La primera cola ha sido y sigue siendo ante los bancos: la gente reclama su dinero. La segunda cola, mucho más preocupante, si cabe, ha sido y es ante las farmacias, donde se solicitan medicamentos básicos y fundamentales para la propia vida de muchas personas, tales como la insulina, que sólo es suministrada a cambio de dinero en metálico. La tercera cola, altamente significativa, fue ante los consulados de España e Italia solicitando, por miles, un visado de salida. Por último, y tal vez la más alarmante, porque puede constituir el verdadero punto de inflexión de la crisis, y, tal vez, Dios no lo quiera, el comienzo de un baño de sangre, es ante los supermercados en busca de alimentos básicos que cada vez escasean más. Tal vez por ello, en el aeropuerto de Buenos Aires hay un cartel en el que se puede leer: "El último en salir, que apague la luz". Por todo esto es por lo que hoy lloro por ti, Argentina.
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