Poco después de ocurrido el tiroteo en la base militar de Fort Hood, en Texas, la más grande del país, con 45.000 soldados procedentes de misiones en todo el mundo y 9.000 civiles, parece que se van encontrando respuestas a la muerte de cuatro personas y 16 heridos. Y el enemigo está en casa. Iván López, un soldado que trabajaba como conductor de camión, precisamente llegado de Iraq, con depresión y en tratamiento, habría sido el autor de los disparos con una semiautomática, en el pabellón médico, para finalmente dispararse a sí mismo. Confirmaban desde el hospital los cuatro fallecidos y heridos en camino, mientras reina la consternación porque ha vuelto a pasar, como decía el presidente Obama, y si algo tienen que tener estos soldados es "sentirse a salvo cuando están en su casa base".