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Gonzalo Cabrera, victoria de la sabatina

Se hizo músico antes que pintor, salió victorioso en dos oposiciones de ingreso a la Orquesta Sinfónica de Tenerife (OST) y ha dedicado más de la mitad de su vida a la enseñanza musical. Gonzalo Cabrera (Santa Cruz de La Palma, 1966) es el ganador del XIII Premio Internacional de Acuarela Julio Quesada.

Gonzalo Cabrera (Santa Cruz de La Palma, 1966) pintando. | E. D.

Gonzalo Cabrera (Santa Cruz de La Palma, 1966) pintando. | E. D.

Jorge Dávila

Jorge Dávila

Santa Cruz de Tenerife

La pintura habitó en su casa desde la niñez. Su padre, Gonzalo Cabrera, se adentraba cada sábado en la Caldera de Taburiente para «capturar» paisajes en compañía de unos amigos y los sabios consejos del creador local Francisco Concepción. Aquellas «sabatinas» finalizaban en algún garaje o salón de los excursionistas comentando las anécdotas y las pinceladas de la jornada en presencia de un menudo al que más de una vez le tocó cargar los caballetes. Su madre, Julieta Guerrero, también pintaba, aunque él no la vio nunca. «Ganó varios concursos de la Bajada de la Virgen», recuerda Gonzalo Cabrera, integrante de la Orquesta Sinfónica de Tenerife (OST) y ganador del XIII Premio Internacional de Acuarela Julio Quesada fallado recientemente.

Pintar siempre fue una opción de futuro, también la música: al final las partituras ganaron el pulso al lienzo y a Gonzalo se le metió en la cabeza tocar el violín. «En La Palma era casi imposible conseguir uno [uno de los pocos lo tenía Maño, que luego fue su profesor] y le dije a mi tía, que de vez en cuando venía a Tenerife, que me trajera uno... En aquel entonces viajar fuera de La Palma era algo parecido a una aventura, pero yo tuve mi violín», cuenta el segundo de los tres hijos de la familia formada por Gonzalo y Julieta. Todos chicos. A los siete años empezó a leer música y, poco a poco, esa faceta acabó ganando el pulso a la pintura. «Se dieron una serie de casualidades para que yo me adentrara al cien por cien en ese mundo. Una profesora de violín se vino a vivir a La Palma porque al marido lo habían trasladado a un banco y aproveché esa oportunidad». Algo más tarde se activó la Escuela Insular de Música, que aún era un órgano dependiente del Conservatorio de Tenerife, y Gonzalo siguió haciendo sonar las notas que «jugueteaban» en un pentagrama. A los 15 años se vino a Tenerife y al rato se marchó a Bruselas (Bélgica) para estudiar el Grado Superior de Música, una experiencia previa a su primer ingreso en la OST.

Con la plaza de ayuda de concertino en el bolsillo, la pintura se convirtió en un segundo plato. «No desapareció del todo, pero la posibilidad de compatibilizar las dos era algo imposible», recuerda Cabrera de unos años en los que combinó el arco con los pinceles; las corcheas, fusas y silencios con las acuarelas, paletas y papel: «En Bruselas me matriculé en la Real Academia, pero no estuve demasiado tiempo porque no me daba la vida», abrevia el violinista sobre unas jornadas de trabajo que se alargaban más de diez horas al día. «Me quedé sin tiempo».

Salida de la OST

Tras una larga temporada en la Orquesta Sinfónica de Tenerife le dio un «arrebato» y volvió a casa. «Me fui a enseñar y participar en la creación de la Escuela Insular de Música de La Palma, ya como un órgano autónomo», subraya no sin esconder un error de cálculo o exceso de confianza que le hizo romper su relación con la OST. «Al irme a La Palma quemé las naves, renuncié a mi plaza en la orquesta y al puesto de profesor en el Conservatorio. Me fui del todo. Ni siquiera me cogí la excedencia, pero el potencial que vi en aquel proyecto pudo más», rescata con orgullo de lo que lograron poner en marcha en un periodo en el que las enseñanzas musicales «necesitaban un buen meneo».

La propuesta de trabajo era de profesor, pero él [y otros aliados] fue un paso más allá y se marchó a Madrid en busca de unos nuevos cimientos para empezar de cero: «Todas las bondades de la música que descubrí durante mi estancia en Bélgica [la atracción por conocer un instrumento] las encontramos en La Palma y allí estuve unos cuantos años antes de regresar a Tenerife y, de paso, tener que volver a opositar a la Orquesta Sinfónica de Tenerife. «Me preparé el concurso y lo volví a ganar», señala de su reingreso como cosolista de violines dos.

Ése, a grandes rasgos, es el perfil musical del ganador XIII Premio Internacional de Acuarela Julio Quesada con una composición titulada Riachuelo, que curiosamente está inspirada en las sabatinas que vivió de niño cuando se adentraba en la Caldera de Taburiente en compañía de su padre. La obra es el resultado de una relación permanente con la naturaleza a través de la práctica del plein air, donde surge la primera impronta creativa al respirar el color, la luz y la atmósfera del lugar que se está pintando. Gonzalo había ganado soltura pictórica de la mano de Juan Galarza (1932-2023), uno de los referentes artísticos del Archipiélago del pasado siglo.

La edición recién fallada era su segunda incursión en una convocatoria a cuya fase definitiva llegaron 68 autores españoles, portugueses, mexicanos, franceses, peruanos... «Es un certamen de mucho nivel y nunca se me pasó por la cabeza ganarlo», cuenta sobre un proceso que se fue resolviendo por fases. «Lo primero que tienes que hacer es enviar una fotografía y la ficha de la obra». A partir de ahí, si el cuadro pasa los cortes iniciales se van revelando las identidades de los artistas que van a formar parte de una gran exposición de la que sale el ganador. De hecho, la muestra se puede visitar aún en la sede alicantina de la Fundación Cooperativa Eléctrica San Francisco de Asis de Crevillent. «Pintar y hacer música son dos procesos distintos que comparten un punto de partida muy parecido», compara sobre dos artes que él conoce bien desde hace más de cinco décadas. n

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