Santa Úrsula
El búnker de La Quinta, la fortaleza franquista que se preparó para una guerra que nunca llegó
El Gobierno de Canarias destina más de 100.000 euros a la rehabilitación de la antigua batería, vestigio de la Segunda Guerra Mundial, para convertirla en un espacio museístico

María Pisaca

El enemigo ya no llega por el mar. Hace más de 80 años, durante la dictadura franquista, desde los acantilados de Acentejo se oteaba el horizonte ante el temor de una invasión, de un desembarco o de que la Segunda Guerra Mundial alcanzara las costas de Tenerife. Cuesta imaginar que hoy, en ese mismo lugar, algunos jóvenes presumen de los escapes de sus ruidosos coches mientras otros, más serenos, contemplan desde sus sillas de playa el sol que se esconde tras el Teide y el Valle de La Orotava. Muchos, ahora, desconocen qué fue este lugar y por qué se levantó.Y es que la antigua batería, más conocida como el búnker de La Quinta, en Santa Úrsula, vestigio de aquella época de guerra y miedo, afronta ahora una nueva etapa con el impulso del Gobierno de Canarias, que ha destinado más de 100.000 euros para su rehabilitación.
"Yo creo que era para vigilar barcos, ¿no? O para ver si venían piratas", dice Daniel López, sin tenerlo demasiado claro. "No lo sé, sé que se hizo durante el franquismo, pero entiendo que sería para vigilar el mar", apunta Jairo Martín. Y Daniel González, viendo que se le agotan las opciones, termina por subrayar lo mismo que sus amigos: "Pues más de lo que han dicho, para vigilar, no sé". Sus respuestas, entre suposiciones y recuerdos vagos, dejan al descubierto el olvido de un enclave que nació para vigilar una amenaza y que hoy muchos conocen simplemente como un lugar desde el que contemplar el paisaje.
Una defensa en plena guerra
Lo cierto es que la batería se erige en un momento en el que Europa estaba en guerra y España acababa de salir de la suya. La Guerra Civil había terminado en 1939 y Franco acababa de instaurar su dictadura cuando, ese mismo año, comenzaba la Segunda Guerra Mundial. Devastada y sin recursos, y aunque España no participó directamente en el conflicto, el temor a que la guerra terminara alcanzando el Archipiélago ante una posible incursión de las fuerzas británicas llevó a diseñar un dispositivo defensivo para las islas. La costa de Tenerife se llenó, entonces, de posiciones militares destinadas a vigilar el mar y proteger sus puntos más vulnerables.
En este escenario, desde aquella atalaya erigida en 1941 se dominaba toda la costa de Acentejo hacia la Punta del Sauzal y, hacia el oeste, el litoral del Valle hasta Los Realejos, con especial atención al acceso al Puerto de la Cruz, una de las zonas que ofrecía mejores condiciones para un desembarco. La amenaza, sin embargo, era más temida que real. La batería estaba equipada con cuatro cañones Ordóñez de 150 milímetros fabricadas en 1885, separadas entre sí por distancias de entre 85 y 94 metros y ya obsoletos para una guerra moderna, con un alcance máximo de unos diez kilómetros.
Al mando: la infantería
Pero la instalación no se limitaba al búnker que hoy permanece grafiteado. El complejo contaba también con un puesto de mando y telemetría, un edificio destinado al alojamiento del personal, situado unos 100 metros más atrás y próximo a la loma donde se levantaba la antigua casa del club de golf. Su presencia respondía, por tanto, a una función más disuasoria que realmente ofensiva. Desde allí, una plantilla formada por un capitán, un oficial, tres sargentos, 13 cabos, un trompeta y 62 artilleros debía mantener vigilado el horizonte.

En el interior del búnker / MARIA PISACA
Al frente de la posición estuvo, al menos desde 1942, el capitán José García Borges, una figura que acabaría dejando otra huella en La Quinta mucho más allá de su función militar. Porque aquel hombre no solo estuvo al mando de los cañones. Durante su estancia en Santa Úrsula también se interesó por el pasado aborigen de la zona y participó en el descubrimiento de varios yacimientos arqueológicos, entre ellos la cueva de Los Lirios, conocida por albergar un escondrijo con collares de concha, hueso y pasta vítrea.
El final de la batería
Pero la guerra que se esperaba nunca llegó. En 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial y con ella desapareció la razón que había dado sentido a la batería. El proceso de desartillado se prolongó hasta 1957, cuando los cuatro cañones fueron retirados y la instalación perdió definitivamente su función defensiva. Después, los terrenos de alrededor cambiaron de nuevo de uso y de paisaje. Primero fueron sorribados para el cultivo del plátano y, décadas más tarde, la urbanización fue avanzando hasta transformar por completo el entorno que hoy conocemos, con viviendas, adosados y chalets.
De toda aquella infraestructura militar solo permanece el antiguo puesto de mando y telemetría: el búnker que los jóvenes siguen utilizando como punto de encuentro sin conocer, en muchos casos, qué historia tienen delante. Un testimonio mudo de los años de beligerancia que vivió Canarias tras la Guerra Civil y durante la Segunda Guerra Mundial. Un vestigio que ha sobrevivido al abandono, al cultivo de la platanera y al avance de la urbanización, pero cuya historia todavía permanece casi oculta a quienes hoy se acercan hasta La Quinta y que, pronto, aspira a convertirse en un espacio museístico.
Una nueva vida para La Quinta
Los 118.000 euros concedidos por el Gobierno de Canarias al Ayuntamiento de Santa Úrsula permitirán rehabilitar la batería y avanzar en su recuperación como espacio dedicado a la divulgación de la historia militar y arqueológica de Tenerife. La actuación busca mejorar su conservación y sentar las bases para un futuro centro de interpretación que explique la función defensiva que tuvo el enclave y su relación con los yacimientos arqueológicos de la zona.
Desde el Consistorio celebran este primer paso. "Queremos que este espacio deje de ser un lugar desconocido y pueda convertirse en un punto de encuentro con nuestra historia, nuestro patrimonio y nuestra identidad", señalan, convencidos de acercar la historia a la ciudadanía y a las futuras generaciones. Porque el enemigo ya no llega por el mar, pero tampoco quedan los soldados para avistar las costas. Ahora, si el proyecto sigue adelante, quienes acudan hasta el acantilado podrán seguir mirando el mismo horizonte, pero tendrán algo más que un paisaje delante. Detrás de ese mar habrá una historia que contar.
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