Icod de los Vinos
Las Cocheras de Icod de los Vinos: 138 años de historia, viajes y despedidas
La Antigua Estación de Ómnibus, construida en 1888, se convertirá en un Museo de las Tradiciones de Icod de los Vinos por más de 280.000 euros

La antigua estación de ómnibus / Andrés Gutiérrez

A primera hora de la mañana, El Calvario, en pleno centro de Icod de los Vinos, solía ser un lugar de idas y venidas. Ataviados con sus mejores trajes y vestidos, los vecinos acudían con sus pertenencias, los comerciantes con sus mercancías y las familias se arremolinaban en las calles con el poco equipaje que se podía portar antaño para despedir a quienes partían hacia Cuba o Venezuela. Allí, en la antigua estación de ómnibus, los pasajeros pagaban entre dos y cinco pesetas (uno a tres céntimos de euro) por un trayecto y esperaban entre coches, guaguas y carretas para emprender el camino hacia Tacoronte y, desde allí, conectar con La Laguna y Santa Cruz. Las Cocheras, que es como se conocía popularmente aquel edificio, era mucho más que una estación: un punto de encuentro, de tránsito y, para muchos, de despedida. Ahora, 138 años después de su construcción en 1888, el Ayuntamiento prepara su recuperación.
Lo que hoy permanece tapiado y grafiteado a la vista de todos, como rastro de sus años de abandono, pronto se convertirá en el Museo de las Tradiciones de Icod de los Vinos, un espacio dedicado a conservar y difundir el patrimonio cultural y que, además, aspira a convertirse en punto de encuentro para la ciudadanía con exposiciones, actividades culturales, talleres, conferencias y acciones destinadas a mantener vivas las más profundas señas de identidad del municipio. Por el momento, el Consistorio dispone de una dotación de más de 280.000 euros para adquirir este histórico inmueble y devolverlo, más pronto que tarde, a la vida.
Un lugar recordado por los vecinos
Pero, por el momento, mientras el proyecto para recuperar el inmueble avanza, El Calvario sigue siendo un lugar de paso. Frente a las puertas cerradas de las Cocheras, una parada de guaguas reúne hoy a quienes esperan para desplazarse por la isla, como tantas generaciones hicieron antes en este mismo punto. "Aquí nos reuníamos todos los vecinos", recuerda Manuel Dorta, con la mirada puesta en el edificio. A su lado, su compañera Carmen González rescata de la memoria un lugar mucho más bullicioso: "Había movimiento todo el día. Aquí siempre había gente, era un sitio al que veníamos para encontrarnos con los amigos".

El estado actual del edificio / Andrés Gutiérrez
La estampa ha cambiado, pero aún permanecen los recuerdos. Antonio Hernández, otro de los vecinos, evoca aquellas "bonitas esperas" antes de emprender un viaje: "Venías a esperar el taxi, te encontrabas con alguien, te tomabas algo en el bar y después seguías tu camino". A pocos metros, María del Carmen Rodríguez observa el ir y venir de pasajeros que hoy suben y bajan de la línea 108, que recorre parte de aquel mismo trayecto hacia la zona metropolitana, mientras señala las puertas cerradas del inmueble. "Antes las Cocheras eran un punto de encuentro; siempre había alguien conocido", recuerda. Cambian los vehículos, las rutas, el entorno e, incluso, las personas, pero El Calvario sigue viendo pasar a quienes necesitan partir, hoy, de Icod de los Vinos.
Historia desde 1888
Pero para entender por qué aquel inmueble, rodeado ahora por altos edificios y vías asfaltadas, llegó a convertirse en un lugar tan ligado a la memoria de Icod hay que retroceder hasta finales del siglo XIX. En 1888, cuando desplazarse desde el noroeste hacia el resto de Tenerife todavía suponía atravesar unas carreteras muy distintas a las actuales, el municipio levantó un edificio pensado para ordenar ese trasiego. Su propia fachada, con la palabra 'Ómnibus' sobre la entrada, deja constancia de una función que pronto adquiriría una importancia mucho mayor de la prevista.

Los primeros ómnibus de El Calvario / El Día
"La gente de hoy en día no llega a comprender la importancia que tenía; era una necesidad enorme para todos los y las icodenses y para el resto de la Isla Baja", explica el cronista oficial de Icod de los Vinos, Fernando Díaz. El nuevo inmueble respondía a una isla que comenzaba a necesitar mejores formas de comunicación y a una población que dependía de esos desplazamientos para asuntos tan cotidianos como acudir a un hospital, comerciar o alcanzar el puerto de Santa Cruz. Desde Icod se llevaban mercancías para vender en Tacoronte, La Laguna o la capital y, en sentido contrario, llegaban productos y noticias de otros puntos de la isla. Las Cocheras eran, en definitiva, una pieza de una red mucho más amplia que conectaba la vida cotidiana de la Isla Baja con la zona metropolitana.
Conexión con América
Pero aquella conexión tenía también una dimensión mucho más profunda. Santa Cruz era la puerta de salida hacia el exterior y, para muchas familias, el camino hacia América comenzaba precisamente desde aquella localidad del noroeste de Tenerife. Cuba, Venezuela e incluso algunas de las otras islas del archipiélago, formaban parte de los destinos a los que se dirigían quienes abandonaban la isla, y el trayecto hasta el puerto constituía el primer tramo de un viaje que para muchos no tendría regreso. "Muchos hicieron ese recorrido. Muchos se despidieron y MUCHOS no volvieron", cuenta Díaz. El mismo lugar que servía para coger un vehículo hacia Santa Cruz era, también, un entrañable escenario para las despedidas.

Profesionales del taxi servicio de viajeros en las cocheras / El Día
En sus primeros años, el transporte todavía dependía de la tracción animal. Carruajes y diligencias ocupaban el espacio que después tomarían los vehículos a motor. La transformación comenzó a principios del siglo XX, con la llegada de las primeras jardineras, unos vehículos de pasajeros de carrocería abierta y bancos de madera que recibieron este nombre por su aspecto, similar al de los antiguos coches de caballos abiertos.
Los primeros ómnibus
Según los registros, el 22 de mayo de 1902 llegó a Tenerife la primera, un pequeño ómnibus —término utilizado entonces para los vehículos destinados al transporte colectivo de pasajeros— fabricado por la casa francesa Panhard et Levassor. Tenía doce asientos de madera, ventanas sin cristales y un motor de cuatro cilindros con 12 caballos de potencia. La primera unidad recibió la matrícula TE-2 y fue introducida por Louis Alexander, un relojero y comerciante que buscaba ampliar su actividad comercial.
La novedad fue tan grande que no todos se fiaban de aquel vehículo que avanzaba sin animales delante. Para demostrar sus posibilidades, Alexander organizó el 31 de mayo de 1902 una excursión para las primeras autoridades hasta el Hotel Taoro, en Puerto de la Cruz. El recorrido duró una hora y 59 minutos. A partir de entonces, aquellas jardineras comenzaron a cubrir los trayectos en los que todavía no llegaba el tranvía, conectando La Laguna, Tacoronte y el norte de la isla.
El cambio no supuso la desaparición inmediata de los medios tradicionales. Durante años convivieron los nuevos automóviles con las carretas y los vehículos de tracción animal, y esa convivencia también quedó reflejada en las Cocheras. "Si no podías acceder a determinados vehículos, ibas en la carreta", explica Díaz. La forma de viajar dependía del dinero disponible, del destino y de las circunstancias de cada pasajero; las diferencias sociales también se reflejaban en la movilidad.
Camacho, el hotelero
Fue entonces cuando entró en escena Louis Gomes Camacho, empresario de origen madeirense que había hecho fortuna en el sector hotelero. El Hotel Camacho, fundado por él hacia 1880 en Santa Cruz y trasladado después a la calle San Francisco, se convirtió en uno de los establecimientos vinculados a su actividad empresarial. En Tacoronte también levantó otro hotel, dentro de una estrategia que vinculaba alojamiento, turismo y transporte.
En 1912, tras la muerte de Alexander, Camacho adquirió la empresa y amplió la flota. Al año siguiente incorporó cinco nuevos vehículos Maxwell, que utilizó también para trasladar a los huéspedes entre sus hoteles. El éxito del servicio hizo que la ruta se prolongara después hasta Puerto de la Cruz, Icod de los Vinos y Garachico, extendiendo por el norte una red de transporte que permitía enlazar con el tranvía y, desde Tacoronte, continuar hacia Santa Cruz o La Laguna.

Los vehículos de Camacho / El Día
Las Cocheras se transformaron así en una especie de intercambiador antes de que existiera siquiera esa palabra. Allí llegaban vecinos de distintos puntos de la Isla Baja y desde allí buscaban la manera de continuar hacia el resto de Tenerife. Se podía llegar a pie, en bicicleta, en carreta o en un vehículo particular y negociar el siguiente tramo. "Podías ir y preguntar: '¿Vas para Santa Cruz?'", relata Díaz. No había que enfrentarse todavía a la rigidez de una red moderna de horarios y conexiones, pues buena parte del viaje se organizaba sobre la marcha.
Aquella flexibilidad tenía una explicación sencilla: el transporte era una necesidad, no una comodidad. Quien tenía que acudir a un médico, vender mercancías, llegar al puerto o recoger a un familiar necesitaba encontrar la manera de desplazarse. En la prensa de la época aparecen incluso anuncios con las tarifas y horarios de los servicios entre Tacoronte e Icod, una muestra de hasta qué punto aquellas rutas se habían convertido en parte de la vida cotidiana.
Más que una estación
Y en ese trasiego de pasajeros, con los años, las Cocheras dejaron de ser únicamente un lugar para pasajeros. Camiones, taxis y vehículos particulares compartieron el espacio con las jardineras y las carretas, mientras aumentaba el movimiento de mercancías. En los años posteriores, especialmente durante las décadas de 1960 y 1970, aquel movimiento seguía muy presente en la memoria de los vecinos, pero aquel lugar, mágico para algunos, había adquirido ya otra función que terminaría siendo tan importante como la del transporte. El bar, situado dentro del inmueble, convirtió las esperas en encuentros; y el tránsito, en vida cotidiana.
Díaz recuerda especialmente las tardes de domingo después de los partidos en el estadio de El Molino, el campo de fútbol municipal. "Íbamos a tomar una Mirinda, comer un bocadillo de pata..., era un sitio de encuentro", relata. Allí se jugaba al dominó, se fumaba, se esperaba un vehículo o simplemente se coincidía con alguien conocido. También las procesiones y las fiestas concentraban allí a vecinos y taxistas. El movimiento no desaparecía cuando un vehículo se marchaba: continuaba en las conversaciones de quienes esperaban al siguiente.
La decadencia
La decadencia llegó de forma progresiva, no de un día para otro. El vehículo privado, la mejora de las carreteras y la consolidación del transporte público fueron restando espacio al sistema que había dado sentido a las Cocheras durante décadas. Los taxis comenzaron a asumir buena parte de los trayectos y las guaguas fueron sustituyendo paulatinamente a aquellos servicios más improvisados. El bar terminó cerrando y, con él, desapareció uno de los últimos focos de actividad cotidiana del inmueble.

La fachada de la antigua estación / Andrés Gutiérrez
Pero la pérdida de actividad no borró su significado. "La antigua estación es, quizás, el edificio más representativo de lo que hemos venido a llamar movilidad", sostiene nuevamente el cronista. "Su valor", defiende, "no reside únicamente en sus 138 años de historia, sino en todo lo que pasó por sus puertas: turistas, comerciantes, trabajadores, familias, mercancías y emigrantes que buscaban un futuro al otro lado del Atlántico".
Por eso, para el cronista, recuperar el inmueble supone algo más que rehabilitar una construcción antigua. Significa devolver a la ciudadanía un lugar que durante generaciones sirvió para conectar Icod con Tenerife y Tenerife con el exterior. "Que se mantenga en pie, y que cualquiera haya podido experimentarlo desde hace casi 138 años, es un privilegio y un regalo", concluye. Y tal vez, al momento de su rehabilitación, El Calvario vuelva a ser, como lo fue durante generaciones, un lugar al que llegar y un lugar desde el que partir, aunque esta vez el viaje ya no sea hacia Santa Cruz, Tacoronte o América, sino hacia la historia de un municipio.
El tranvía que cambió Tenerife y conectó la Isla
La historia del tranvía en Tenerife comenzó a finales del siglo XIX, cuando la Sociedad Anónima Tranvía de Tenerife se constituyó el 29 de octubre de 1889 con el objetivo de crear una conexión moderna en el norte de la isla. Las obras de la central eléctrica de La Cuesta arrancaron ese mismo año, aunque la instalación de los raíles no comenzaría hasta 1900, cuando llegó desde Amberes, Bélgica, el material necesario para construir la línea. Así, el 21 de febrero de 1901 tuvo lugar la primera prueba de marcha. El tranvía recorrió las calles de Santa Cruz y alcanzó La Laguna, donde fue recibido con expectación. El trayecto de regreso se completó en 34 minutos. La inauguración oficial se celebró el 7 de abril de 1901, con la presencia de las autoridades de ambos municipios y una ceremonia religiosa en la central eléctrica.
Aquellos primeros coches, con una potencia de 100 caballos, funcionaban con la electricidad generada en La Cuesta. El recorrido entre Santa Cruz y La Laguna duraba unos 45 minutos y contaba con 29 paradas. Tres años después, el 27 de julio de 1904, se abrió el segundo tramo hasta Tacoronte, ampliando la red de este nuevo medio de transporte. La expansión del tranvía convivió con la aparición de los primeros vehículos de carretera. En 1902 llegó a la Isla la llamada ‘Jardinera’ y con el tiempo, estas líneas se extendieron hacia La Orotava, Puerto de la Cruz e Icod de los Vinos.
En 1927, el Cabildo de Tenerife adquirió la empresa. Sin embargo, el tranvía entró después en una etapa de progresivo deterioro. El 14 de noviembre de 1956, el tranvía número 1 sufrió un accidente en Cuesta Piedra tras quedarse sin frenos. Un joven de 16 años murió y varias personas resultaron heridas. El Cabildo suspendió el servicio de forma cautelar y, al año siguiente, comenzó el levantamiento de las vías. Así terminó, tras más de medio siglo de servicio, la historia del tranvía en Tenerife.n
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