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Candelaria

Tenerife espera una vendimia récord que duplica la producción de años anteriores

Pese a los retos del sector, fincas como las de El Rebusco Bodegas, en Candelaria, se adaptan a las nuevas exigencias con un modelo que combina elaboración y enoturismo

Visita a El Rebusco Bodegas

María Pisaca

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Alexis Vella

Alexis Vella

Candelaria

Después de varios años de sequía, de fincas que se abandonan y de cosechas que no terminan de responder, este verano la viña ofrece una tregua. En El Rebusco Bodegas, en Candelaria, las primeras uvas de la vendimia ya han entrado en la bodega con mejores perspectivas que el año pasado. La cosecha aún tiene por delante su tramo más importante, pero Javier Luaces y Deborah Díaz, el matrimonio vitivinícola al frente del proyecto, vuelven a mirar sus parcelas con la esperanza de recuperar producción y, con ella, un cultivo que en el Valle de Güímar pierde terreno cada año.

Una recuperación que, por si fuera poco, no parece exclusiva de estas parcelas. El consejero de Agricultura del Gobierno de Canarias, Narvay Quintero, describió durante su visita a El Rebusco un escenario más favorable para toda la viticultura de Canarias, con una "previsión de aumento de la producción" que va a "duplicar la cantidad de kilos" con respecto a las últimas campañas. Esta mejoría en la producción es, en parte, gracias a las abundantes temporadas de lluvias que se registraron en el primer semestre del año y que rompieron con las sequías que se venían arrastrando en cursos anteriores.

Más uva, pese a los problemas

Sin embargo, apunta el propio consejero, "el calor extremo y prolongado" que estamos registrando en estos meses de verano "puede ser perjudicial para la vendimia, pese a que antiguamente se trataba de un producto de secano que no requería riega". Año tras año, el cambio en los ciclos y la subida de las temperturas han propiciado que ahora los viticultores se tengan que "acostumbrar a garantizar sistemas de riego de apoyo para no perder hectáreas de viña".

Narvay Quintero junto a Deborah Díaz en El Rebusco

Narvay Quintero junto a Deborah Díaz en El Rebusco / MARIA PISACA

Pero la recuperación de la cosecha y la adaptación a las temperaturas no despejan todos los problemas que arrastra el sector. La filoxera, que el pasado año obligó a restringir el movimiento de uva y material vegetal en Tenerife, se sumó entonces a una campaña especialmente complicada. Un año después, Quintero asegura que la situación se encuentra bajo control y que las restricciones se han relajado gracias al plan de erradicación. "Ahora mismo todos los focos están controlados y todos los focos están eliminados", afirmó el consejero, que cifra en más de 12.000 las prospecciones realizadas en el conjunto de Canarias y asegura que "no se han detectado nuevos focos fuera de la zona cero".

A este problema se suma otro de carácter más estructural: el abandono de las fincas y la falta de relevo generacional. La edad de muchos de los viticultores y la dificultad para hacer rentable una explotación amenazan la continuidad de un cultivo que necesita algo más que una buena cosecha para mantenerse. "Hoy en día tiene que haber una empresa, tiene que ser profesional, pero, aparte, tiene que dar beneficios económicos para costear todos los gastos y para que los dueños tengan sus ingresos", señaló Quintero. El consejero sitúa precisamente a El Rebusco como un ejemplo de ese cambio de modelo, al haberse reconvertido después de años poco venideros y tras haber transformado la producción de vino en un proyecto que combina la elaboración con la diversificación y el enoturismo.

Una bodega joven

Se trata de una finca situada en las medianías de Candelaria, donde la viña convive con las condiciones propias del sureste de Tenerife: temperaturas elevadas, escasez de precipitaciones y una constante influencia del viento que recorre el Valle. Al frente de estos terrenos están Javier Luaces y Déborah Díaz, dos jóvenes formados en el ámbito de la viticultura y vinculados desde pequeños al campo a través de sus respectivas familias, una relación con la viña que ahora han convertido en su profesión y en una parcela que, además de familiar, sirve para entender hasta qué punto recuperar una finca puede convertirse en una apuesta a largo plazo.

Una de las matas de uva de El Rebusco

Una de las matas de uva de El Rebusco / MARIA PISACA

En ese pequeño y tradicional lugar, se trabajó primero cepas de merlot, que daban buen resultado, hasta que la pareja decidió arrancarlas y sustituirlas por moscatel. La nueva plantación, sin embargo, no respondió como esperaban. "La moscatel, como es una variedad muy caprichosa que revienta por donde quiere y cuando quiere, nos dio muchos problemas", recuerda Javier Luaces. Una primera plantación acumuló una elevada proporción de fallos y, después, los análisis del suelo revelaron la presencia de nematodos tras un tratamiento con gallinaza. Tocó arrancar de nuevo, sanear el terreno y volver a plantar.

Más allá del vino

Pero ellos no se rindieron y, desde 2019, llevan invirtiendo en la finca que todavía está lejos de ofrecer todo su potencial. Este año, por primera vez, han podido recoger uva de estas cepas, aunque apenas han alcanzado los 600 kilos frente a los cerca de 5.000 que puede llegar a producir la parcela cuando esté plenamente desarrollada. "Llevamos desde entonces enterrando dinero aquí para sacar adelante esta finca", explica Díaz. La paciencia empieza ahora a dar sus primeros frutos: con las previsiones del próximo año prevén alcanzar al menos los 1.000 kilos y, en un par de campañas, acercarse a los 5.000.

Ahora, es una pequeña finca dentro de un proyecto mucho mayor, pues, desde hace siete años, permiten visitar la bodega y organizan experiencias vinculadas al sector primario y las tradiciones de la comarca. El Rebusco trabaja también con parcelas en las medianías de Candelaria, Arafo y Güímar, donde cultiva distintas variedades de uva a diferentes cotas. La mayor parte de su producción son vinos blancos, aunque también elabora tintos y rosados, y ya prepara nuevas referencias para esta campaña, como el aceite de oliva.

La diversificación ha llevado incluso a la bodega a experimentar con el envejecimiento submarino: dispone de una instalación a 18 metros de profundidad, con capacidad para 5.000 botellas, donde las condiciones de temperatura, presión, humedad y movimiento de las mareas acompañan la evolución del vino. Porque allí, frente a la costa del Valle de fondo, esos primeros 600 kilos tienen un significado especial: después de años de trabajo y varias replantaciones, la parcela empieza, por fin, a parecerse a la viña que sus propietarios imaginaron.

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