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Buenavista del Norte

Ronald Mackay, el trotamundos escocés que halló por casualidad un hogar en Buenavista del Norte

Tras recorrer medio mundo buscando a un bisabuelo desaparecido, encontró en el municipio de la Isla Baja el cariño y la acogida que le harían convertirse en hijo adoptivo

Ronald Mackay, Hijo Adoptivo de Buenavista del Norte

Andrés Gutiérrez

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Alexis Vella

Alexis Vella

Buenavista del Norte

Cabe poco en una mochila cuando uno decide echarse el mundo a la espalda. Ronald Mackay llevaba unas mudas de ropa, un par de camisas, un neceser y apenas un puñado de libras esterlinas en el bolsillo cuando, a comienzos de los años sesenta, dejó atrás Escocia para echarse a la carretera, haciendo autostop de un país a otro. Quería llegar hasta Argentina en busca del rastro de un bisabuelo desaparecido, pero el camino lo llevó hasta Tenerife y, casi por casualidad, hasta Buenavista del Norte. Allí, aquel trotamundos escocés que solo pensaba en seguir avanzando encontró un lugar al que regresaría durante toda su vida y que, seis décadas después, acabaría reconociéndolo como hijo adoptivo.

Una sueño escocés

Ronald se crió en el campo de Coupar Angus, un pequeño pueblo de la fértil región de Strathmore, en una Escocia todavía marcada por las estrecheces de la posguerra. “Era un chico serio, de una familia de clase trabajadora, acostumbrado desde pequeño a valerme por mi mismo”, sostiene. Su madre, que lo crió mientras trabajaba, le dejó una enseñanza que él todavía recuerda: “Yo no les puedo dejar dinero, pero les puedo dar buenos modales, buenas virtudes, buena educación y buena comida… el resto, les toca a ustedes”.

Así, independiente y aventurero, quería ser granjero y estudiar agricultura, pero no consiguió entrar en la universidad. Fue entonces cuando decidió mirar más allá de aquellas tierras bajas con la intención de encontrar a un bisabuelo que había desaparecido en Argentina en 1888, después de marcharse allí con dos de sus hijos y dejar atrás al abuelo de Mackay. Pero para aquel muchacho, no iba a ser tarea complicada, pues en una de sus “vacaciones de verano ya había viajado hasta Marruecos simplemente haciendo autoestop”.

En búsqueda de su bisabuelo

Con esa experiencia, Mackay se echó, con 18 años, de nuevo a la carretera. Con un dedo levantando, pidiendo ayuda a otros conductores, recorrió Inglaterra, Francia y España en busca de una manera de cruzar el charco. Primero llegó hasta Vigo, donde le habían dicho que encontraría barcos rumbo al Atlántico, pero allí no encontró lo que buscaba y siguió su camino hasta Cádiz.

Allí intentó incluso embarcar clandestinamente en un barco que transportaba legionarios hacia el Sáhara. “Había hablado con algunos soldados y había llegado a un acuerdo para viajar escondido, pero antes de subir alguien avisó al capitán y el plan se vino abajo”, recuerda, ahora, entre sonrisas. Terminó optando por un ferry que salía de Sevilla, pasaba por Cádiz de nuevo, Gran Canaria y finalmente Tenerife, donde buscaba “ganar unas perras” y seguir su camino.

El Extranjero

Ya en la capital le dijeron que probara suerte en Puerto de la Cruz, donde el turismo comenzaba a florecer y las obras de nuevos hoteles abrían nuevas oportunidades de trabajo. “Sin embargo”, cuenta, “allí no conseguí ni un lugar donde descansar ni un trabajo, por lo que decidí volver”. En el camino, se topó con un hombre que salía de una de las plataneras y le aconsejó dirigirse a Buenavista del Norte para trabajar en la zafra del plátano. “Aquel hombre me paró la guagua y todo el mundo, al verme vestido con una falda escocesa, se bajó. No sé si es que no habían visto a nunca a nadie vestido de esa manera o que nadie iba hacia Buenavista”, cuenta Ronald entre risas.

Al llegar, encontró alojamiento en la pensión Méndez, regentada por doña Lutgarda, una mujer que terminó dándole techo, su primer trabajo y formando parte de sus primeros recuerdos de Buenavista. “Aquel inmueble”, describe, “con su patio central y rodeado de tantas flores, me enamoró, no había visto nunca en mi vida una cosa tan bonita”.

Poco a poco, mientras aprendía español y se ganaba la vida en el campo, aquel joven escocés pasó a ser conocido como “El Extranjero”. También comenzó a retratar aquel mundo con una cámara japonesa que había comprado por cuatro libras en su paso por Gibraltar, uno de los pocos lujos que se permitió durante el viaje. Su primer trabajo fue como ayudante de un pedrero, colocando piedras para levantar, sin cemento, las paredes de las nuevas plataneras. “Me gustó la plaza, me gustó la fonda, me gustó sus avenidas, su gente y, sobre todo, me gustó la manera, el cariño y la forma de ser de doña Lutgarda”, expresa con amor.

De regreso a Escocia

Después de aquel año, regresó a Escocia decidido a volver a intentar entrar en la universidad. Lo logró, aunque no pudo estudiar Agricultura. Se matriculó en un título general que combinaba Psicología, Historia, Filosofía y Español. Durante sus estudios cruzó el oceáno para visitar a su madre, que había emigrado a Estados Unidos. Allí, recién llegado, recibió una llamada inesperada: debía inscribirse con los norteamericanos para ir a la guerra de Vietnam. “En la oficina de reclutamiento, con miedo”, sostiene, “me negué ante la oficial y, con mucha suerte, me marché”.

El escocés Ronald Mackay

El escocés Ronald Mackay / Andrés Gutiérrez

No sería, en cambio, la última vez que un Gobierno se fijaría en él. En 1967, después de graduarse, fue reclutado por los británicos para trabajar en Rumanía y Bulgaria durante la Guerra Fría. Allí comenzó una trayectoria profesional ligada a la enseñanza de idiomas y a la formación de especialistas, una carrera que lo llevaría después a Inglaterra, Países Bajos, México, Estados Unidos y Canadá, que es donde residió, alternando con su querida Buenavista, los siguientes años.

Su gran amor: Viviana

En ese periplo, también llegó el amor. Conoció a su mujer, Viviana, una entusiasmada peruana que trabajaba en La Haya y que le acompañaría en sus aventuras. Juntos, se casaron en 2002, y vivieron, siempre vinculados al campo, en Ontario, y en distintos países de sudamérica hasta llegar a Argentina, donde, al fin, localizaron los rastros de aquellos descendientes escoceses.

Ronald Mackay hablando de Viviana, con ella de fondo

Ronald Mackay hablando de Viviana, con ella de fondo / Andrés Gutiérrez

Pero, pese a ver medio mundo, Ronald siempre volvía. Volvía a Buenavista del Norte, a las calles que había conocido con 18 años, a las personas que lo habían acogido cuando apenas podía expresarse en español y al paisaje que había comenzado a fotografiar con los pocos carretes que se podía permitir. En cada regreso encontraba un municipio diferente al que había dejado, pero siempre, pese a los años, seguía siendo su “hogar”.

Ahora, seis décadas después de aquella primera llegada, Buenavista del Norte ha querido reconocer oficialmente ese vínculo y lo ha nombrado hijo adoptivo del municipio. El antiguo “extranjero” se ha convertido, con el paso de los años, en uno más. “He recorrido medio mundo.., he conocido muchísima gente..., pero mi corazón siempre ha estado, y siempre lo estará, entre el mar y las montañas de Buenavista”.

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