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Fiesta de la patrona de Canarias

Candelaria, a los pies de la Morenita: peregrinos, tradición y emoción en la noche grande de la Villa Mariana

Miles de peregrinos llegan a pie a la Villa Mariana para acompañar a la patrona en una jornada que entrelaza la devoción con la tradición, desde la procesión hasta la recreación del hallazgo de Chaxiraxi por los antiguos pobladores de Tenerife, antes de culminar con los fuegos artificiales.

Virgen de la Candelaria 2026, rito del hallazgo y ceremonia guanche.

Andrés Gutiérrez

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Alexis Vella

Alexis Vella

Candelaria

Candelaria empieza a llenarse mucho antes de que la Morenita abandone su camarín. Llega en los pies cansados de quienes llevan horas caminando, en las mochilas sudadas, en las botellas de agua casi vacías y en las almas que buscan, al final del camino, la cúpula de la Basílica. La Villa Mariana recibe otro 14 de agosto, como ya es costumbre, a sus peregrinos mientras el sol pierde fuerza y la oscuridad se prepara para devolver, aunque sea por una noche, la historia del culto sagrado con el que los antiguos pobladores de Tenerife veneraron a Chaxiraxi.

Entre quienes ya han dejado atrás el último tramo están Alejandro González y Kevin Martín, dos amigos de Santa Cruz que salieron a caminar poco después de las dos de la tarde. Habían pensado atravesar el monte por una de las rutas habituales, pero este año, ante el elevado riesgo de incendio y la afluencia prevista durante las fiestas, se cerró el paso por diez senderos y pistas forestales. Menos mal que tenían plan B. «La última subida se nos hizo eterna», admite Kevin, sacando la lengua y con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor. «Y eso que veníamos frescos», bromea Alejandro. En el camino se han cruzado con «gente por todos lados», algunos con flores y otros, como ellos, buscando «llegar enteros» a la Villa Mariana.

Una niña frente a los ojos de la virgen de Candelaria

Una niña frente a los ojos de la virgen de Candelaria / Andrés Gutiérrez

A pocos metros, Sergio Hernández, vecino de La Laguna, llegó en solitario, por el camino viejo, con una misión bastante menos solemne: «Encontrar algo frío para llevarme a la boca». Salió poco antes de las cinco y, aunque hizo el camino con un grupo de amigos, fue el único que se mantuvo en pie hasta el final. «Unos que si le dolían los pies…, otros que si estaban cansados… No se puede hacer nada con esta gente, mira que son flojos», bromea mientras busca una sombra. «Yo venía por la Virgen, pero ahora mismo te digo que vengo por una Coca-Cola», reconoce entre risas. Es la cuarta vez que hace la caminata y tiene claro que el peor momento es «cuando ya ves, a lo lejos, Candelaria». Aun así, sabe que el año que viene volverá porque «ya es costumbre».

A medida que avanzaba la tarde, el goteo de peregrinos no hacía más que crecer. Incluso, su llegada obligó a desplegar un amplio dispositivo con más de 600 efectivos y 20.000 plazas adicionales para el transporte. Por todo ello, por las calles de Candelaria seguían apareciendo caminantes con grandes mochilas a la espalda, palos, bastones y todo tipo de herramientas para hacer más llevadero el camino. Algunos llegaban incluso con perros, que, cansados también del trayecto, viajaban subidos a la espalda de sus dueños.

Un caso similar, aunque no con un animal, fue el de Natalia Cabrera, otra peregrina, que llegó desde El Rosario acompañada, a su espalda, de su hija Marta, de ocho. Es la primera peregrinación de la pequeña y la segunda de su madre. Salieron al mediodía y la pequeña ha aguantado buena parte de las cuatro horas del camino de la mano de su madre, pero el último tramo ha preferido subirse a sus hombros. Lleva una flor blanca para la Morenita y pregunta cada pocos minutos si «ya falta poquito». «Le dije que era una caminata y ella entendió que nos íbamos de paseo», cuenta entre risas. La niña, mientras tanto, ya tiene bastante claro que quiere «ver a la Virgen y comer un helado». En ese orden, al menos, insiste su madre.

La Morenita con sus fieles

Y entonces, después del rezo del Santo Rosario, cuando ya los peregrinos han llenado la Plaza de la Patrona de Canarias, se abren las puertas de la Basílica, que por segundo año se encuentra en obras y, con ella, los menceyes que de normal la custodian. En ese instante Candelaria contiene el aliento; y de fondo, solo la Banda de Música Las Candelas es capaz de romper el silencio para que la Morenita aparezca, por primera vez, ante los ojos de los fieles. Allí, cientos de personas se aprietan alrededor de la salida para verla pasar. Hay quien levanta el móvil, quien busca una mano conocida entre la multitud y quien, cuando la imagen asoma, rompe el silencio con un «¡viva la Virgen de Candelaria!». La Patrona abandona por unos minutos su casa para volver a encontrarse con quienes han venido a buscarla.

La virgen de Candelaria acompañado de sus fieles

La virgen de Candelaria acompañado de sus fieles / Andrés Gutiérrez

La procesión avanza despacio entre aplausos, vítores y flores que caen de entre los balcones, con los fieles abriendo un pasillo a su paso. Algunos se persignan; otros lanzan un beso al aire o se secan las lagrimas. Una mujer, con los ojos empañados, aprieta a su nieta contra el pecho para que pueda verla. «Mira, ahí está la Morenita», le dice. La pequeña apenas consigue distinguirla entre las cabezas. Pero cuando la Virgen gira frente a la plaza, la multitud vuelve a romper en un «¡viva la Virgen!, ¡Y viva la Virgen de Candelaria!» que se queda flotando unos segundos sobre la maraña de personas. La imagen continúa su camino hasta el recinto junto al Ayuntamiento. Allí le espera un viaje mucho más atrás en el tiempo.

Ritual guanche

La Morenita llega y, con ella, cambia el escenario. Frente al Consistorio, los primeros pobladores de la isla toman el relevo. El Colectivo Guanches de Candelaria representa el hallazgo que, según la tradición, tuvo lugar antes de la conquista de Tenerife, cuando dos pastores se encontraron en la costa con una mujer que sostenía a un niño en brazos. Le hacen señas para que se aparte, pero permanece inmóvil. Uno intenta lanzarle una piedra y queda con el brazo yerto; el otro trata de herirla con su tabona –una especie de cuchillo muy filoso y negro como el azabahe que usaban los aborígenes Canarias– y acaba lastimándose.

Uno de los guanches lastimados por la virgen

Uno de los guanches lastimados por la virgen / Andrés Gutiérrez

Los pastores corren entonces a contárselo al mencey de Güímar, Acaymo, que acude acompañado por parte de su pueblo. También él queda desconcertado ante aquella figura que no habla ni se mueve. Cuando ordena a los dos hombres que la carguen, sus heridas desaparecen al tocarla. El miedo deja paso a la celebración, los guanches, entonces, saltan con sus lanzas, hacen sonar los bucios y rinden honores a aquella presencia que consideran sobrenatural. Después, la tradición cuenta que la llevan hasta Chinguaro, la residencia del Mencey.

La tradición identifica a la imagen con Chaxiraxi, nombre con el que los guanches se referían a aquella presencia antes de su posterior identificación cristiana con la Virgen. El hallazgo, por su parte, se sitúa en el territorio del antiguo menceyato de Güímar, un espacio que comprendía buena parte del actual sureste de Tenerife y cuya economía estaba muy ligada al pastoreo y a los desplazamientos entre la costa y las zonas altas.

De nuevo, en el presente y durante unos minutos, Candelaria deja de ser Candelaria. El sonido de las caracolas llenan el aire, las lanzas se levantan y los cuerpos de casi un centenar de participantes convierten la explanada en una escena que se repite, generación tras generación, desde hace al menos dos siglos. El narrador pone palabras a lo que ocurre; los guanches ponen el cuerpo. Y entre ambos reconstruyen, frente a miles de personas y a gritos de alabanzas, una historia que comenzó mucho antes de que existiera la Basílica.

Los guanches venerando a su virgen

Los guanches venerando a su virgen / Andrés Gutiérrez

Entre el público, María Rodríguez, una vecina de Candelaria de 78 años, contempla la escena entre lágrimas. Lleva toda la vida acudiendo a la celebración y asegura que la devoción por la figura le viene de familia. «Yo siempre he sido fiel a la Virgen», cuenta mientras, le pide a sus amigas que le recen y a la vez que se emociona al recordar a sus padres, que la llevaban de niña por las mismas calles que hoy recorren. Para ella, cada representación es también una forma de mantener vivo el recuerdo de quienes ya no están y así mandar, desde la distancia, el más grande de los besos y los abrazos. «Mientras tenga fuerzas, seguiré viniendo», afirma.

Una virgen con su mar

Terminado el rito, la historia vuelve a ponerse en marcha. La virgen abandona el recinto y emprende la procesión hasta el Pozo, acompañada por los fieles que se incorporan al cortejo y por el sonido de la música. Candelaria vuelve a llenarse de pasos, aplausos y voces. «¡Viva la Morenita!», se escucha, de nuevo, entre la gente mientras la comitiva avanza hacia el mar. Para muchos vecinos, este es el momento que esperan todo el año. «Aquí uno puede venir por tradición, por fe o porque viene con la familia, pero cuando sale la Virgen se te pone la piel de gallina», cuenta Manuel Rodríguez, vecino de la localidad. Él lleva media vida viendo pasar a la patrona. «De pequeño venía de la mano de mi padre y ahora vengo con mis hijos».

Un niño guanche a canto de bucio

Un niño guanche a canto de bucio / Andrés Gutiérrez

De cara al mar, el canto de los bucios y los fieles vuelven a rodearla, y allí, sin mucho tiempo que perder, emprende el camino a su camarín. Al regresar a la Basílica, la noche se detiene unos minutos. Su rector dirige su saludo a los fieles y las voces de Alba Fariña y Fernando Santana toman el relevo antes de que el Ave María de Chago Melián prepare el momento final. Entonces las miradas abandonan por un instante a la Virgen y buscan el cielo. Desde el muelle comienzan los fuegos artificiales. Una explosión, después otra, y otra más. La pólvora ilumina los cuerpos de quienes allí se encuentras, las fachadas y las miles de cabezas que miran hacia arriba.

«Esto es Candelaria, mi niño», dice Manuel mientras contempla los voladores. Y quizá no haga falta explicar mucho más. La noche del 14 de agosto vuelve a juntar en unos pocos metros a los que llegaron caminando, a los que vienen por promesa, a los que heredaron la devoción y a quienes simplemente no conciben este día lejos de la Villa Mariana. Un día después, el15 de agosto, la celebración continua con los actos institucionales propios del Día de Candelaria. Quién sabe qué pensarían aquellos antiguos pobladores de Tenerife al contemplar desde algún lugar del tiempo que Chaxiraxi, aquella presencia que un día encontraron frente al mar, todavía sigue siendo capaz de hacer que una isla entera camine hacia ella.

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