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Garachico

Las icónicas piscinas naturales de El Caletón en Garachico: cómo morir de éxito

La popularidad de los charcos atrae a miles de visitantes, pero la masificación genera incomodidad y dificulta la experiencia de los locales

Así se vive una jornada de verano en El Caletón

Arturo Jiménez

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Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Garachico

Las piscinas naturales de El Caletón conforman una de las zonas de baño de referencia de Garachico. El capricho de la lava se conjuró en 1706 para dejar un conjunto de charcos que hace las delicias de miles de visitantes al día. En su éxito está su desdicha. La saturación de personas en ciertas franjas horarias del día hace inviable disfrutar de la paz que inspira. Es agosto -el mes grande de la Villa y Puerto-, la marea está llena, hay panza de burro y es comienzo de semana. Son algo más de las 11:30 horas y en los charcos garachiquenses ya hay más de 300 personas.

El Caletón, el más grande, es un auténtico río de agua salada que mece a los cuerpos de un lado para otro con calma. Tiene cuatro escaleras y entrar al agua es tan sencillo como dar un brinco desde cualquier muro, pero salir depende del ritmo y paciencia de los bañistas. Hay momentos de cola para abandonar el charco y esperar el turno requiere de buenos movimientos de brazos y piernas. Ocurre algo parecido en el charco de Las Viejas, más al norte. Con mucha menos profundidad, solo cuenta con una escalera aunque zambullirse es posible desde muchos otros puntos. El Picacho es uno de los lugares más altos desde los que lanzarse al agua.

Es lo que están haciendo Gorka Ansa, Beñat Urquijo y sus amigos. Vienen desde Alsasua, un pueblo cerca de Pamplona. Ya conocían este punto de la costa del noroeste de Tenerife y repiten la experiencia. "El Caletón es espectacular. Es un paraje natural increíble", define. A los navarros no les parece que esté demasiado saturado, aunque "esperaba encontrármelo peor. Respecto a la última vez que vine hay mucha más gente, la verdad", dice uno de ellos. Mientras tanto, sus amigos continúan saltando y disfrutando de la temperatura del agua que "está bastante mejor que en el mar Cantábrico", reconocen.

La tónica de las piscinas naturales garachiquenses es encontrar turistas o foráneos. Es complicado toparse con algún vecino de Garachico. Lo que antes era territorio solo para los locales -only locals, imitando a la jerga surfera-, ahora es para gente que se queda boquiabierta al llegar hasta una de las barandillas y comprobar uno de los tesoros naturales costeros más valorados en Tenerife. Para ellos no existe la toponimia de un lugar tan icónico como El Caletón. Nunca sabrán qué significa estar en el nido de las víboras, ir hasta la boca y llegar a la hondura, aventurarse a bañarse en el cilindro o remojarse en el charco de Nieves.

Hay gente que resiste y quedan reductos de vecinos de Garachico que no renuncian a su zona de baño de toda la vida. Uno de ellos, que prefiere no desvelar su identidad, lo tiene claro: "Han expulsado a la gente de aquí de El Caletón". Su rutina es llegar a las piscinas en torno a las 10:30 horas y marcharse antes de las 13:00. Nunca va los domingos porque "bañarse es imposible.

Cenicero lleno de colillas en El Caletón

Cenicero lleno de colillas en El Caletón / Arturo Jiménez

Entre la gente en las escaleras, tirándose y los espacios que ocupan las toallas, es muy incómodo". El vecino considera que la mejor época para bañarse en El Caletón "fue en la covid-19, cuando había regulación de acceso y se tenía que coger cita mediante una aplicación. Y ya no de gente, sino de limpieza", especifica. Lo cierto es que las colillas y la basura forman parte de la imagen de El Caletón y por eso, piensa que este punto de la costa garachiquense debería tener un servicio de limpieza diario.

Sí que tiene socorristas. Desde 2013, el servicio opera en El Caletón y esto también coarta la libertad de los locales. "No podemos hacer nada que se salga de lo normal porque enseguida los turistas van a repetirlo sin conocer los peligros que hay", se queja el vecino. A la mínima maniobra no permitida, el silbato de los vigilantes suena. Además, cuando el mayor charco de las piscinas se vacía con la marea, se suelen cerrar las escaleras porque los visitantes no saben capear el oleaje.

El Caletón ha muerto de éxito para los garachiquenses. Tanto, que el Ayuntamiento se plantea, a largo plazo, instaurar un control. "Este tipo de medidas hay que consultarlas, ya que se trataría de limitar el acceso a la costa, a una piscina natural y no es sencillo. Pero nos empezamos a plantear que El Caletón debe tener un límite", reconoce el concejal de Playas, Andrés Hernández (CC).

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