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El Maestro Shin, el surcoreano que encontró un hogar sobre el tatami y otro en Tenerife

El maestro de artes marciales, con 74 años, recibirá el título de Hijo Adoptivo de Tenerife por su labor durante casi cinco décadas como impulsor del taekwondo, la acupuntura y un puente entre Corea y la lucha canaria

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Alexis Vella

Alexis Vella

Santa Cruz de Tenerife

Camina descalzo por el tatami sin hacer apenas ruido, con la espalda erguida, la mirada serena y te recibe con un firme apretón de manos que, por un instante, hace recordar que quien tienes delante ha dedicado toda una vida a las artes marciales. Sin embargo, el miedo a que te inmovilice con una de sus técnicas desaparece en cuanto sonríe. Así es el surcoreano Maestro Shin. A sus 74 años, Hyun Seung Shin Ra sigue recorriendo el dojo con una vitalidad impropia de la edad, mientras el tatami continúa siendo su hogar natural. Una trayectoria de casi cinco décadas difundiendo el taekwondo en Tenerife que el Cabildo quiere reconocer con una de las mayores distinciones de la Isla, el título de Hijo Adoptivo de la isla.

Luchador de nacimiento

Hyun Seung Shin Ra nació en Seosan, una pequeña ciudad agrícola de la costa oeste de Corea del Sur, en plena Guerra de Corea. Aunque apenas era un bebé cuando terminó el conflicto, creció en un país devastado por la contienda, donde todavía se aprendía a convivir con las cicatrices de la guerra, y emigrar se convirtió en la única salida para miles de familias. "Éramos muy pobres. La guerra acabó con todo por su paso y mucha gente buscaba una vida mejor en el extranjero", cuenta el maestro al recordar su infancia. Pero, incluso en medio de aquella desgracia, antes de cruzar medio mundo, ya había encontrado el camino que marcaría su vida.

El Maestro Shin en el tatami de su dojo

El Maestro Shin en el tatami de su dojo / Andrés Gutiérrez

Con apenas diez años comenzó a practicar taekwondo y hapkido, repitiendo una y otra vez los mismos movimientos hasta convertirlos en un gesto casi automático. Se trata de dos artes marciales coreanas que combinan técnicas de golpeo, defensa personal e inmovilización con una "filosofía basada en la disciplina, el respeto, el autocontrol y el equilibrio entre cuerpo y mente". Su progresión fue tan rápida que empezó a impartir clases siendo muy joven en templos y, en 1974, ya era instructor en la Asociación de Hapkido de Corea. Un año después, Hyun Seung Shin Ra se proclamó campeón de Asia de boxeo tailandés y fue elegido para entrenar a los soldados estadounidenses destinados en el Octavo Ejército de Estados Unidos, la unidad militar encargada de mantener la presencia militar norteamericana en Corea del Sur como fuerza de disuasión frente a su vecina, Corea del Norte.

El precursor del taekwondo en Canarias

Su destino, en cambio, acabaría estando a más de 11.000 kilómetros de casa. En 1977, gracias a uno de sus hermanos, que vivía en Gran Canaria, puso rumbo a las Islas y, entre la playa de Las Canteras y las faldas volcánicas del Teide, decidió afincarse en Tenerife. Bastaron unos pocos días para darse cuenta de que este pequeño rincón del Atlántico tenía algo diferente. Del invierno coreano pasó al sol de Canarias, al olor del mar y a un ritmo de vida completamente distinto. "Su gente, su energía... sentí que este era mi sitio y el lugar donde podría comenzar a formar mi vida", recuerda. Ese mismo año abrió su primer gimnasio en la calle San Francisco de Santa Cruz de Tenerife, un pequeño dojo desde el que comenzaría a formar a varias generaciones de canarios y el motivo por el que está considerado como uno de los pioneros en estas disciplinas en Canarias y en Europa.

El Maestro en su espacio de entreno del pabellón Quico Cabrera

El Maestro en su espacio de entreno del pabellón Quico Cabrera / Andrés Gutiérrez

Ahora bien, abrir un gimnasio nunca fue el verdadero objetivo. O, al menos, no el único. "Mucha gente piensa que el taekwondo, el karate o el hapkido son solo para pelear o competir", explica con la serenidad de quien lleva toda una vida defendiendo la misma idea, "pero un arte marcial es otra cosa; ayuda a tener mejor salud, a aprender defensa personal y te enseña a vivir". Esos son, simple y llanamente, los valores que él mismo quiso transmitir desde el primer día en que se vistió con un quimono blanco y se ciñó por primera vez un cinturón, mucho antes de enseñar una patada o un golpe.

La lucha canaria y el ssireum

Esa filosofía, casi medio siglo después, ha marcado a varias generaciones de tinerfeños. Porque antes de comenzar cualquier entrenamiento llegaba el saludo, el respeto y el silencio. Y es que en sus clases, como bien suele repetir, "no se aprende a pelear, se enseña educación y, sobre todo, a respetar a los compañeros, que son parte de nuestra familia". Su manera de entender las artes marciales también le hizo fijarse en una tradición muy distinta, pero sorprendentemente familiar: la lucha canaria.

La primera vez que presenció una luchada fue durante una fiesta en La Esperanza. "Es igual que la disciplina coreana, tienen la misma energía", rememora. Hablaba del ssireum, la lucha tradicional coreana con más de dos mil años de historia, en la que dos luchadores se enfrentan cuerpo a cuerpo mediante agarres y proyecciones hasta derribar al rival. Aquella similitud entre la lucha canaria y el ssireum acabaría convirtiéndose en uno de los proyectos de su vida.

Shin en su lugar de entreno

Shin en su lugar de entreno / Andrés Gutiérrez

Desde principios de la década de los noventa ha impulsado intercambios entre luchadores de ambos países, llevando deportistas canarios a Corea y trayendo luchadores coreanos a Tenerife. Una iniciativa que convirtió el deporte en un idioma común entre ambos países, y que ha contribuido a dar proyección internacional al deporte vernáculo, haciendo que luchadores de las islas se proclamaran campeones del mundo de ssireum. Por ello, para el Maestro Shin, el vínculo entre ambas disciplinas va mucho más allá de la técnica. "El espíritu es el mismo: cuerpo contra cuerpo, luchando sobre la arena y, al final, los dos luchadores se levantan y se saludan con respeto. Eso es lo más bonito", asegura con una larga sonrisa.

El arte de sanar

Pero su vocación de servicio tampoco terminó en el tatami. Desde sus primeros años en Tenerife comenzó a aplicar los conocimientos de acupuntura que había aprendido en Corea para ayudar primero a sus alumnos y, poco después, a cientos de pacientes. Al principio, reconoce entre risas, "muchos desconfiaban y pensaban que era cosa de brujería". Con el tiempo, aquella desconfianza dio paso a una consulta que hoy sigue atendiendo y por la que han pasado decenas de miles de personas.

Quizá por eso, después de casi medio siglo formando a generaciones de tinerfeños, impulsando el taekwondo, acercando la lucha canaria al ssireum y convirtiendo la acupuntura en otra forma de ayudar a los demás, el reconocimiento como Hijo Adoptivo de Tenerife podría parecer uno más entre las numerosas distinciones que atesora, pero, para él, tiene un significado especial. "El pueblo me acogió como a uno más y hoy me siento un tinerfeño más. He dedicado toda mi vida a trabajar por esta tierra porque la gente confió en mí, igual que yo confié en ellos desde el primer momento", dice con la misma humildad con la que se inclina en forma de reverencia ante la inmensidad de su dojo. Después se gira, deja de pisar el tatami y cierra las puertas. Pero solo por la noche. Mañana volverá a abrirlas para seguir haciendo lo único que ha querido hacer desde que tenía diez años: enseñar.

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