Hoya de Pablo en Los Realejos: el tiempo dividido
Este núcleo del norte de Tenerife, que hoy alberga a unas 20 personas, ofrece una vista panorámica de la costa y guarda vestigios de su pasado agrícola y la arquitectura tradicional canaria

El día está nublado. Hay ola de calor. Pero Hoya de Pablo está por encima de las nubes, en las medianías de Los Realejos, y muy cerca de Las Llanadas. Los castaños forman una frondosa y voluptuosa línea, porque lo que antes era un recurso para la elaboración de cestos, ahora es un vestigio vegetal en efervescencia. Dos conjuntos de casas, unas de reciente construcción y otras que pertenecen a finales del siglo XIX y principios del XX, componen el núcleo en el que actualmente residen unas 20 personas.
El histórico caserío es uno de los primeros asentamientos del municipio del norte de Tenerife y los tiempos gloriosos y abundantes ahora son silencio y calma. Aquí los siglos se esculpen en muros de piedra y el pasado se aferra bajo la mirada de la Cruz del Marqués, una pequeña capilla adosada a una de las fachadas históricas. Los perales del lugar brindan uno de los productos más codiciados del municipio y aunque las huertas de papas están vacías -porque en agosto ya está todo recogido y pronto será época de sembrar- no se respira ni un atisbo de abandono del cultivo.
La casa de los Corvo
Ni tampoco de las viviendas más modernas. Una de ellas, ubicada en una de las sinuosas curvas de la estrecha carretera, la adquirió recientemente un nuevo vecino y la está arreglando. Era la casa de los Corvo, una familia pudiente y de ascendencia portuguesa. La influencia lusa se extiende por todo el caserío y junto a este apellido también destacan los García. Los descendientes de estas dos familias siguen residiendo en este núcleo desde el que se puede divisar toda la vertiente norte en su dirección al este.
El conjunto de viviendas más antiguas se mantienen en pie con el férreo propósito de ser prueba de la arquitectura tradicional canaria. Aunque la vegetación ya inunda gran parte de ese emplazamiento, las casas destacan sobre manera con los tejados de teja francesa en algunos puntos. En la parte exterior trasera, resisten los muros que sirvieron de bancos y también de poyos para cocinar. Entonces la imaginación se atreve a resucitar ese espacio como el encuentro de la cotidianidad y la rutina de hace varios siglos.
La Helechera, fuente de vida
Dentro de ese día a día, el agua no salía de los grifos como ahora. Pero en el caso de Hoya de Pablo conseguirla estaba relativamente cerca. El barranco de La Helechera está enclavado en el camino real que lleva hacia Las Llanadas. Conserva el trazado empedrado en algunos tramos y habla del importante trasiego de mercancías, de bestias y de rutina. El nombre del cauce desvela un profuso altar de helechos y entrar hasta allí tiene premio: la puerta de una galería de donde brota el origen de la vida más pura y clara. La temperatura desciende de un tirón al adentrarse tan solo unos pocos metros y un síntoma más de que allí la existencia es mejor, escapa volando. Una bandada de cinco perdices despega rápidamente y huye de la presencia humana extraña.
La ensenada donde se ubica la puerta de la galería de agua fue el hogar de un pino centenario. Ya no está, pero sus maderas seguramente que están a buen recaudo en algún edificio de Los Realejos. Otro árbol, el acebiño de Hoya de Pablo, es muy conocido por sus ocho metros de altura y por su madera, blanca y rosada, muy apreciada para la ebanistería. El núcleo alberga un auténtico tesoro natural, incluso a modo de leyenda.
Más al oeste, Hoya de Pablo está más viva desde el punto de vista humano. La presencia de estas casas demuestra el empeño y el tesón de los que residen allí. Es un hecho importante porque habla del cariño y el mimo con el que se desarrolla un barrio como este. Las viviendas se agrupan y son atravesadas por una vía de doble sentido llena de curvas y muy estrecha. Si se sigue el camino se puede llegar hasta El Madroño, donde vive Juan. Es más, su casa se divisa claramente en medio del verde del pinar. Una parte de ese bosque, el que está más al borde de la cumbre, todavía está renaciendo después del gran incendio de 2023, pero no afea para nada el idílico paraje del norte de Tenerife más profundo. Cuesta imaginar el momento en el que toda esa zona fue desalojada y más aún, el candor del fuego prendiendo de manera violenta los pinos.
Abuela y nieta
Una abuela y su nieta están asomadas a la ventana contemplando el paisaje. El pase por debajo de la casa se transforma en saludo y distendida conversación. La señora descubre el árbol más importante de cualquier lugar. Incluso más que un pino centenario, un peral o un acebiño. Es el árbol genealógico: en estas raíces está la vida del barrio. Porque los sitios los hacen las personas que viven en ellos. Ella recuerda que su suegro era de la familia de los Corvo y que construyó con sus propias manos una especie de cuarto, hecho de piedra, situado en la parte inferior de la casa donde ahora guardan las papas. "Ahí están bien conservadas y fresquitas", reconoce.
Mientras tanto, su nieta -de apenas unos dos años- no deja que su abuela continúe la cháchara. Intenta llamar siempre su atención y tiene una gran curiosidad: ¿Dónde vive el interlocutor de su abuela? Resuelta la duda, la niña sigue preguntando. Entonces, un helicóptero atraviesa el cielo soleado y rugoso -por el ocre de la calima- que sirve de techo a Hoya de Pablo. Y la incógnita que surge, la más acuciante pero, sin embargo, que no se plantea en ningún momento, es quién fue Pablo. La toponimia avanza que tuvo que ser el dueño de esa maravillosa hoya que rezuma tranquilidad, que en un tiempo pasado albergaba casas de paja y construcciones más rudimentarias y que ahora es el mejor hogar para los castaños.
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