Sector Primario
Tenerife pierde las manos que cuidaban el territorio
El empleo agrario ha reducido alrededor de un 95% su peso relativo desde los años sesenta, mientras el abandono de cultivos y pastos aumenta la continuidad del combustible vegetal

Desarrollo del Plan consumo de frutas y hortalizas en el CEIP El Cabo de Santa Cruz / María Pisaca
El campo tinerfeño mantiene una parte esencial de la superficie productiva de Canarias, pero cada vez cuenta con menos personas para trabajarla. La agricultura ha perdido alrededor del 95% de su peso relativo en el empleo desde 1960, una transformación ligada al desarrollo del turismo, los servicios, la construcción y las áreas urbanas que ha reducido al sector primario a alrededor del 2% del mercado laboral de Tenerife.
La comparación exige una precisión. En 1960, la agricultura representaba el 46,3% de la población activa de la provincia occidental, un ámbito territorial más amplio que Tenerife. En 1970 ya había descendido al 28,9%. Los datos actuales son insulares y responden a estadísticas diferentes, por lo que no permiten equiparar de forma directa el número de trabajadores de entonces y de ahora. Sí permiten dimensionar el cambio: desde aquel 46,3% hasta el entorno del 2% actual, el peso laboral del campo ha retrocedido más de 44 puntos porcentuales y cerca de un 95% en términos relativos.
Las cifras recientes confirman el carácter minoritario del empleo agrario en Tenerife. En 2023 había 8.300 personas ocupadas en agricultura y ganadería. Al incorporar silvicultura y pesca, el conjunto alcanzaba 9.016. La fotografía más reciente del ISTAC contabiliza 10.248 empleos en agricultura, ganadería, silvicultura y pesca en el segundo trimestre de 2026. Esta última estadística cuenta puestos de trabajo y abarca más actividades, pero vuelve a situar al sector primario en una posición reducida dentro del mercado laboral insular.
Una capacidad productiva considerable
El retroceso contrasta con la dimensión que todavía conserva la actividad. En 2024, Tenerife mantenía 17.143 hectáreas cultivadas, el 43,3% de toda la superficie agrícola de Canarias. Esas tierras produjeron cerca de 385.000 toneladas, casi el 45% del Archipiélago. La Isla conserva, por tanto, una capacidad productiva considerable, aunque disminuye la presencia de agricultores, ganaderos y pastores que sostienen diariamente ese territorio.
La transformación económica de la segunda mitad del siglo XX explica buena parte del proceso. El crecimiento del turismo en Tenerife, la construcción, los servicios y las zonas urbanas abrió nuevas oportunidades laborales mientras el campo perdía atractivo y rentabilidad. A esa evolución se suma ahora el envejecimiento de quienes continúan en la actividad y un relevo generacional insuficiente.
Entrar hoy en el sector tampoco resulta sencillo. Quienes quieren dedicarse profesionalmente a la agricultura o la ganadería afrontan el coste del suelo y del agua, la baja rentabilidad, la competencia de las importaciones, la burocracia y las dificultades para poner en marcha explotaciones ganaderas. A ello se añaden los conflictos que pueden aparecer cuando los usos agrícolas tradicionales conviven con nuevos residentes en zonas rurales.
Porque el campo no necesariamente ha perdido población al mismo ritmo que actividad. Antiguas parcelas productivas se han transformado en espacios residenciales y elementos normales del medio rural —el ganado, el estiércol, los gallos o la maquinaria— pueden acabar percibiéndose como molestias. El territorio gana viviendas mientras pierde población directamente vinculada a su aprovechamiento agrario.

Finca de una joven agricultora ecolçogica en Icod de los Vinos. / Arturo Jiménez
Esencial para las acciones preventivas
El geógrafo Wladimiro Rodríguez Brito advierte de que esa pérdida tiene consecuencias que van más allá de la producción de alimentos. Labrar, podar, pastorear o mantener caminos y linderos contribuye también a retirar biomasa, crear discontinuidades en la vegetación y conservar accesibles espacios que, después de años de abandono, terminan cubiertos por matorral. La actividad cotidiana de agricultores y ganaderos forma así parte de la gestión del paisaje.
Esta función cobra especial importancia ante el riesgo de incendios y en las zonas donde viviendas, carreteras, cultivos y vegetación forestal están próximas. La actividad agraria no sustituye a los servicios forestales ni convierte cualquier explotación en una herramienta preventiva, pero el abandono agrícola modifica la estructura del territorio y reduce la presencia continuada de personas que mantienen parcelas, bancales, caminos y zonas de transición entre el campo y el monte.
El relevo que no llega
El envejecimiento del sector no se resuelve únicamente con formación o ayudas iniciales. Entre las medidas planteadas figuran remunerar las funciones territoriales de agricultores y ganaderos, facilitar el pastoreo controlado, recuperar frutales abandonados, reducir cargas administrativas y conseguir que las políticas ambientales incorporen el conocimiento de quienes trabajan sobre el terreno. También se plantea devolver la cultura agraria a los colegios mediante huertos escolares y actividades que acerquen a los niños al medio rural.
La defensa del campo ha llegado también al ámbito institucional. El Cabildo acordó por unanimidad elevar una propuesta en defensa del Programa de Opciones Específicas por la Lejanía y la Insularidad (POSEI) y del conjunto del sector primario. El acuerdo destaca la función de la agricultura, la ganadería y la pesca en la economía, pero también en la conservación del paisaje, la prevención de incendios, la fijación de población y la soberanía alimentaria.
Esta última cuestión resulta especialmente relevante en un Archipiélago que importa más del 60% de los alimentos que consume. La propuesta reclama a la Unión Europea la aplicación efectiva de cláusulas espejo y mecanismos de salvaguarda para que los productos procedentes de terceros países cumplan requisitos sanitarios, ambientales y laborales equivalentes a los exigidos a los productores locales. El Cabildo asumió además el compromiso de promover políticas que faciliten la entrada de jóvenes y defender una reducción drástica de las cargas burocráticas.
Tenerife conserva así una importante superficie agrícola y una elevada capacidad productiva, pero son cada vez menos quienes viven profesionalmente del campo. El paso desde una economía en la que la agricultura concentraba casi la mitad de la población activa de la provincia occidental hasta otra en la que el sector primario ronda el 2% resume una transformación de más de medio siglo. El campo ha perdido cerca del 95% de su peso laboral, pero sigue gestionando una parte decisiva del territorio y el reto pasa ahora por garantizar que haya personas que puedan y quieran seguir trabajándolo.
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