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Zona de baño

El muelle de Puerto de la Cruz, donde los portuenses siguen bañándose generación tras generación

Este embarcadero, que fue puerta de salida de mercancías y con historia que se remonta al siglo XVI, se ha transformado, hasta hoy, en la 'sala de estar' del municipio costero

Un día en el muelle de Puerto de la Cruz

Andrés Gutiérrez

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Alexis Vella

Alexis Vella

Puerto de la Cruz

Unos se lanzan al agua desde el espigón entre risas y carreras. Otros clavan la sombrilla en la pequeña playa de callaos que da acceso al embarcadero y despliegan neveras y sillas plegables. Hay quien aprovecha la marea para intentar pescar el almuerzo con una caña apoyada sobre las rocas, mientras los más pequeños corretean embadurnados de crema solar, con las gafas de buceo aún puestas y un helado en la mano. El termómetro supera con frecuencia los 30 grados y, a apenas unos cientos de metros, de espaldas a la mediática Playa Jardín, los portuenses se botan directos hacia el muelle, el emblemático rincón de baño de Puerto de la Cruz.

El verano de toda una vida

A esa rutina estival tampoco falta Juan Rodríguez, un portuense de 74 años "muy bien conservados", como él mismo bromea mientras levanta las manos en señal de inocencia. Cada mañana de verano baja hasta esta pequeña zona de baño "con la misma parsimonia con la que lo hacía cuando era un chiquillo". Y es que, antes incluso de encontrar un hueco en la pequeña cala, allí donde en otras épocas del año pueden verse cabras refrescándose o a la Virgen del Carmen adentrándose en el mar entre cientos de devotos, el setentón ya ha saludado a decenas de conocidos. "Mi padre me traía de la mano y ahora soy yo el que baja con los nietos. Esto no es solo un sitio para bañarse; vienes, te das un chapuzón y, de paso, te pones al día con todo el mundo", comenta entre risas.

No muy lejos, María del Carmen González, otra portuense de 55 años, desenrolla la toalla y saca de la mochila varios táperes con la comida. "Aquí venimos a pasar el día", comenta mientras busca un hueco a la sombra. Ella misma recuerda que de pequeña su madre apenas tenía que preguntar dónde estaba. "Si no estaba en casa de una amiga, estaba aquí. Nos pasábamos el día entero en el agua y solo subíamos cuando el hambre apretaba", rememora. Más de cuatro décadas después, reconoce que el muelle ha cambiado, aunque no tanto como parece. "Antes", asegura mientras vislumbra hacia el faro, "no había tantas colchonetas, gafas de buceo ni boberías hinchables; con unas cholas, una toalla y ganas de tirarte al agua tenías el día hecho".

Un puerto con cinco siglos de historia

Lo cierto es que mucho antes de convertirse en un punto de encuentro para los bañistas del norte, el muelle ya era el corazón del municipio. Los primeros documentos que recogen la intención de construir un embarcadero en el entoncer Puerto de La Orotava se remontan a comienzos del siglo XVI. Durante siglos fue la principal puerta y salida del Valle, el lugar desde el que se cargaban vinos, plátanos y tomates rumbo a otros mercados y donde atracaban embarcaciones procedentes de distintos puntos del Atlántico.

El fondo del embarcadero, recientemente renovado

El fondo del embarcadero, recientemente renovado / Andrés Gutiérrez

También fue abrigo para pescadores y barquillos que encontraban en esta pequeña ensenada un lugar desde el que faenar y sacar sus botes del agua. Su ubicación, escondida tras la desembocadura del barranco de San Felipe, tampoco fue fruto del azar. Ofrecía uno de los fondeaderos más seguros de la isla, una condición que marcó el crecimiento y la vida del Puerto de la Cruz tal y como hoy la conocemos.

Entre helados y chapuzones

Ahora, mientras el tren del Loro Parque pasa tocando el pito cargado de turistas y los chiquillos cruzan corriendo la Plaza del Charco todavía con el pelo mojado, el muelle se funde con el ir y venir de restaurantes, bares, terrazas y chiringuitos. Quienes no han traído el almuerzo de casa hacen una parada para reponer fuerzas antes de volver.

En uno de los chiringuitos a la par del muelle

En uno de los chiringuitos a la par del muelle / Andrés Gutiérrez

Martina Hernández lleva años trabajando en uno de los quioscos de la zona y asegura que pocas veces ha visto este rincón sin vida. "El muelle tiene algo que hace que la gente siempre vuelva... vinieron los abuelos, luego los hijos y ahora los nietos. Hay familias enteras que llevan toda la vida bajando en verano", explica. Desde su pequeño mostrador contempla cada día un desfile continuo de niños que llegan descalzos a por un helado o padres con el bañador mojado en busca de papas o un refresco. Para ella, el muelle es el "motor" y "la sala de estar del Puerto".

El baño más local del norte

Pero no hace falta haber nacido en el municipio para entender cómo lanzarse desde faro verde. Manuel Salazar baja desde Los Realejos siempre que puede. "Aquí es mucho más práctico. Aparcas, te das un chapuzón y pa' casa. La playa es otro rollo", resume Salazar. con una cerveza en la mano. Allí mismo, Rómulo Díaz, vecino de La Cruz Santa, acaba de salir del agua tras lanzarse de fontana. Él comparte las mismas facilidades que describen el otro señor. "Con el calor que hace", admite, "vienes un rato con los chiquillos, dejas el coche aquí mismo y en un momento estás de vuelta".

Una pareja tumbada en la cala de piedras del complejo

Una pareja tumbada en la cala de piedras del complejo / Andrés Gutiérrez

La escena también engancha a los más jóvenes. Killian Expósito, de 14 años y vecino de Santa Úrsula, baja con una toalla al hombro y una caña de pescar. "Venimos mucho con los colegas. A veces nos bañamos y otras me pongo a pescar; si hay suerte, hasta me llevo alguna vieja para casa", cuenta entre risas. Muy cerca, Suma Jallow, gambiano afincado en la isla desde hace seis años, espera su turno para volver al agua. "Vengo en guagua, unas veces solo y otras con amigos. Aquí siempre acabas conociendo a alguien", asegura. Porque basta con quedarse unos minutos para comprobar que, cuando unos se marchan, otros acaban de llegar.

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