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La Medida en Güímar: el valor de lo sencillo

Con menos de 300 vecinos en el padrón, el barrio de medianías ha crecido algo en población pero no en cercanía

Tenerife vaciada: La Medida, Güímar

Arturo Jiménez

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Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Para vivir bien no son necesarios grandes artificios y comodidades. Eso es algo que queda muy claro entre un grupo de vecinos de La Medida, en las medianías del municipio de Güímar. El carácter llano y cercano de la vecindad de siempre se transmite con facilidad a través de las sonrisas dibujadas en todos y cada uno de sus rostros.

El color ocre de sus lomos inclinados se mezclan con el calor y el viento casi innato de la vertiente este de Tenerife. Al lado de la plaza del barrio está el local donde la asociación de vecinos Guayota realiza sus actividades. Allí están Manolo Ramos, María Candelaria Leandro, Carmen Jorge, Cira Torres e Isidro Izquierdo. Son cinco de los casi 300 vecinos que viven de manera permanente en el enclave güimarero. Su cercanía y compadreo se tornan en lo contrario al asegurar que la mayoría de los habitantes de su barrio "no son de aquí. Hay mucha gente nueva que ha comprado, pero no se relacionan ni se integran. Ahora la gente va a su rollo", coinciden prácticamente al unísono.

Atravesado por la carretera general del Sur (TF-28), La Medida reparte sus casas lomo arriba. La agricultura y el ganado eran dos de las principales actividades económicas en el pasado, pero ahora el campo está prácticamente abandonado. Torres, que cumple 88 años el lunes 3 de agosto, recuerda cómo sus padres y sus ocho hermanos vivían de lo que daba la tierra. Es la única que queda viva. "Antes se pasaba mucho, la vida era dura. Pero ahora aquí tenemos todo lo que necesitamos", explica apoyada en su muleta. Los dolores le complican un poco la existencia, pero ella, con una claridad mental asombrosa, es capaz de recordar muchos episodios pretéritos que comparte con su vecina Carmen, la más próxima a su generación.

Aprovechaban todos los recursos que la naturaleza y su entorno les brindaban y recuerdan, por ejemplo, los higos. También comparten varios capítulos de pura realidad en los que los guardas forestales de la época les castigaban por ir a coger pinocha o cisco, pero no se resignaban y Torres narra cómo uno de sus hermanos prefería pasar la noche en el cuartelillo en Güímar a pagar la multa que le imponía la autoridad de la posguerra.

Ramos lleva 30 años viviendo en La Medida, pero "ya es como si fuera de aquí", dice Leandro entre risas. El vecino, que trabaja en una conocida cadena de supermercados, es natural de Sabina Alta, en Fasnia, un núcleo que comparte ciertas singularidades con su actual lugar de residencia. Todos coinciden en que para vivir allí es necesario un coche. Aunque tienen a su alcance la venta de Manola, "donde podemos comprar un paquete de café o algo que te haga falta rápido", apunta Torres y Leandro añade que "también abre los sábados y los domingos por la mañana". Además tienen El Plantel, un bar en el que poder "echar un rato y tomarte algo", dicen con orgullo.

No es que la sencillez se disfrace de conformidad. Es que la vida, para muchas personas, es simple y complicarse no entra en los planes de estos vecinos de La Medida. La venta les da lo urgente y "si necesitamos hacer compras más grandes, pues cogemos el coche y vamos a los supermercados que hay en Güímar", refiriéndose al casco del municipio. La línea de transporte público funciona bien y tienen plenamente identificados a quiénes cogen la primera guagua, la de las seis de la mañana, para ir a trabajar. Sí que es cierto que los horarios más tardíos no son muchos y a veces es necesario subirse en otro tipo de transporte para llegar hasta La Medida. Presumen de tener el servicio de taxi a demanda desde hace varios años, algo que facilita bastante la movilidad en un núcleo como este.

Tenerife vaciada: La Medida (Güímar)

Tenerife vaciada: La Medida (Güímar) / Arturo Jiménez

Las dependencias de la asociación de vecinos acogían hace años el colegio. Quedan niños en La Medida, pero van a otros centros educativos a El Escobonal o al casco urbano. El transporte los lleva y los trae por lo que no resulta muy incómodo para las familias más jóvenes. Para ir al médico, los vecinos tienen que ir a Güímar pero tampoco les supone un problema.

En cinco minutos

Para llegar a La Medida se pueden tomar dos vías: la que llega desde el centro del municipio y que está "casi siempre llena de ciclistas", aseguran; y por otra carretera muy pendiente y estrecha, que no está en las mejores condiciones pero es transitable. Sí que es necesario tener un coche con cierta potencia porque la inclinación es bastante pronunciada. "Por esa carretera yo me pongo en la autopista en cinco minutos", afirma Manolo Ramos con decisión.

Las fiestas de La Medida se celebran en honor a San Antonio de Padua cada 13 de junio y "son buenas, duran un par de semanitas", confirma María Candelaria Leandro. La coqueta iglesia fue levantada por los vecinos y ese esfuerzo por hacer comunidad todavía se refleja en el colectivo que se reúne tres veces por semana en el local: martes y jueves para hacer manualidades y los viernes tienen biodanza. Están contentos con el dinamismo que existe entre los vecinos de toda la vida de La Medida. "Mantenemos el contacto y nos vemos casi todas las semanas. Cira viene casi siempre como una campeona", presume de vecina.

Aunque entre ellos conservan la cercanía y la complicidad, añoran que sea algo compartido entre todo el vecindario. "Tengo un alemán al lado, que compró hace ya varios años, pero vine a hablar con él por un tema del perro el otro día", espeta Ramos. Lo máximo, se quejan, es un "hola y adiós". Son las dos caras de una misma moneda: por un lado, la confianza de incluso conocer el nombrete de todas y cada una de las familias; y por otro, la impersonalidad de no saber, ni siquiera, cómo se llama el nuevo vecino. A esto, se le suman las viviendas vacacionales, que proliferan de manera imparable en un rincón tan recóndito como La Medida.

El encuentro entre los vecinos del enclave de las medianías de Güímar es puro y natural. La conversación fluye a pesar de la presencia externa y las anécdotas hablan de un pasado que quizás fuera mejor que ahora, pero no más cómodo. Vivir lejos, ahora, tiene incluso ventajas. No envidian en absoluto residir en una ciudad. "¿Para qué?", se pregunta Cira con extrañeza. El valor de lo sencillo se respira día a día en La Medida, donde sus vecinos de siempre se saludan con orgullo y sin necesidad de artificios.

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