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Perfil

Diego Chávez, del taller de El Toscal a la vuelta a la Isla en patinete

El joven mecánico santacrucero completó un recorrido de 320 kilómetros para rodear Tenerfe de sur a norte

Diego con su patinete en en el lugar donde trabaja

Diego con su patinete en en el lugar donde trabaja / Andrés Gutiérrez

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Santa Cruz de Tenerife

Diego Alejandro Chávez Mesa habla entre herramientas, baterías y aparatos electrónicos a medio reparar. Tiene 19 años y es jefe de taller en Microtech, un servicio técnico situado en la calle San Antonio, en pleno corazón del barrio santacrucero de El Toscal. Desde ese mismo local salió a las cinco y media de la tarde del viernes 17 de julio y hasta allí regresó el domingo, casi a la misma hora, después de completar en dos días la vuelta a Tenerife de sur a norte en patinete eléctrico.

No lo hizo solo. A su lado estuvo Alejandro Trujillo, su compañero de aventura y amigo desde que ambos compartieron, con apenas 13 años, una afición que terminó uniéndolos: los patinetes. La hazaña fue de los dos, aunque Diego se convierte en el hilo conductor de una historia que empezó mucho antes de que el odómetro marcara los aproximadamente 320 kilómetros recorridos durante aquel fin de semana.

«Lo hicimos», resume con una mezcla de orgullo y alivio. La frase contiene el cansancio de las cerca de 48 horas de recorrido, pero también el recuerdo de los dos intentos anteriores, cuando la isla se resistió a dejarse rodear.

De la rutina a una idea difícil de abandonar

La ocurrencia nació durante una tarde de verano en La Laguna. Diego y Alejandro estaban cansados de repetir los mismos trayectos y se hicieron una pregunta propia de dos adolescentes con ganas de probar sus límites: ¿por qué no dar la vuelta completa a Tenerife?

xx en la tienda donde trabaja el pasado jueves

Diego Chávez, la semana entre patinetes en la tienda donde trabaja / Andrés Gutiérrez

El patinete era entonces mucho más que una afición. Diego comenzó a utilizarlo a los 13 años, cuando todavía no podía conducir otros vehículos. Era una forma asequible de desplazarse y también un espacio de independencia. Con el paso del tiempo, el conocimiento técnico y la curiosidad fueron creciendo.

Dos intentos fallidos

El primer intento llegó alrededor de 2021 después de la pandemia. Pasaron dos días fuera y una noche en la calle, pero una avería en uno de los motores obligó a detener la aventura cuando atravesaban los exigentes caminos en pendiente de la zona de Icod de los Vinos.

Volvieron a intentarlo a comienzos de 2026 con patinetes más preparados. Esta vez fue el vehículo de Alejandro el que falló, después de que una tormenta, una de la cadena de borrasca que azotaran Tenerife en el inicio del año, los sorprendiera durante la ruta. Tampoco llegaron a la meta.

Los dos fracasos no enterraron la idea. Sirvieron para estudiar mejor el itinerario, revisar el material y pensar cómo afrontar la autonomía de las baterías, uno de los grandes condicionantes de un recorrido de estas características. Incluso idearon un novedoso sistema de iluminación.

Diego conoce bien el interior de estos vehículos. Aunque tiene la Educación Secundaria Obligatoria como formación académica, se define como autodidacta. En el taller organiza el trabajo, atiende a los clientes y participa en reparaciones que van desde dispositivos electrónicos hasta baterías y patinetes eléctricos. Microtech está ubicada en el número 40 de la calle San Antonio y desarrolla, entre otras actividades, trabajos de mantenimiento y reparación de estos vehículos.

La Isla a ras de manillar

En el tercer intento, Diego y Alejandro partieron desde Santa Cruz en dirección al norte. Continuaron hacia el noroeste hasta alcanzar Santiago del Teide, enlazaron después con el sur y completaron el regreso a la capital.

Diego asegura que procuraron evitar las carreteras más transitadas siempre que encontraron una alternativa. Eso los llevó por pistas y caminos de mayor dificultad, pero también les permitió reducir el contacto con el tráfico y las molestias a otros usuarios.

La intención inicial era avanzar sin grandes pausas. La autonomía de los patinetes terminó imponiendo otro ritmo. Cada recarga obligaba a detenerse durante horas y convertía un enchufe en una parte esencial de la expedición.

La primera noche llegaron a la zona de acampada de El Lagar, en Icod de los Vinos. Allí permanecieron unas tres horas cargando las baterías en medio del monte. Los sonidos del bosque y el cansancio acumulado les impidieron dormir.

Cerca del área se encontraron con un grupo de scouts procedentes de Gran Canaria. Eran aproximadamente las dos de la madrugada y los jóvenes continuaban despiertos. Al conocer la ruta que pretendían completar, les permitieron conectar durante un tiempo los patinetes.

La noche todavía reservaba más dificultades. Diego se quedó sin batería y ambos tuvieron que improvisar: empujarse con los pies, arrastrar un vehículo con el otro e incluso colocar parcialmente un patinete sobre el compañero para poder seguir avanzando.

«Lo pasé mal», admite. La falta de sueño llegó a provocarle alucinaciones y le hizo comprender la importancia de no afrontar una experiencia así en solitario. Pese a ello, cuando se le pregunta si repetiría, su respuesta es inmediata: «La valoración es un diez».

Ánimos frente a las críticas

En Santiago del Teide se detuvieron en un pequeño bar para cargar de nuevo y comer algo. Allí varias personas los reconocieron y se acercaron para darles ánimos.

El gesto tuvo un efecto especial. Durante las escasas ocasiones en las que habían tenido cobertura, Diego y Alejandro habían leído comentarios críticos en las redes sociales. Algunos usuarios daban por hecho que circularían por carreteras peligrosas o que harían un uso irresponsable de los vehículos.

Diego comprende parte de la preocupación. Reconoce que existen malos comportamientos entre algunos usuarios de patinetes, pero pide que cualquier regulación tenga en cuenta también a quienes los utilizan de forma habitual.

Su relato no busca convertir la aventura en un modelo de movilidad ni ocultar sus dificultades. Habla de averías, miedo, agotamiento y decisiones improvisadas. Pero también de amistad, aprendizaje y perseverancia.

El domingo 19 de julio, a las cinco y treinta y cinco de la tarde, los dos amigos volvieron al punto de partida. El taller de la calle San Antonio cerraba así un círculo de unos 320 kilómetros.

Diego regresó al mismo lugar en el que pasa sus días reparando baterías y buscando fallos entre cables y piezas. Esta vez, sin embargo, el patinete no entraba en el taller como un vehículo averiado. Llegaba después de haber cumplido una idea que lo acompañaba desde la adolescencia: rodear toda Tenerife sobre dos pequeñas ruedas.

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