"Nos cambió la vida": el taxi que une a los vecinos de las medianías de Los Realejos, en el norte de Tenerife
El servicio compartido, que cumple 15 años, conecta núcleos de población dispersos y complementa la red pública de transporte que no puede movilizarse por zonas de grandes pendientes y altos niveles de estrechez

Arturo Jiménez

Cada hora, la misma escena se repite en Icod el Alto. La puerta lateral de un Toyota Hiace blanco de ocho plazas se desliza y, en cuestión de segundos, el vehículo deja de ser un taxi cualquiera para convertirse en una guagua en miniatura. A bordo, entre los vecinos, Lucas Fleita, Rosa María González y Pedro Martín ocupan las tres filas de asientos del vehículo. Antes incluso de arrancar, alguien pregunta si todavía queda sitio. Lo hay. Y María del Carmen sube sin dudarlo. Con todos ya acomodados, el viaje comienza cuesta arriba, entre curvas y medianías, con la sensación de que, en este recorrido, nadie viaja del todo solo.
Al volante, Eugenio Méndez conoce el trayecto de memoria. Nació en Venezuela, aunque sus padres son de Fuencaliente, en La Palma, y hace 18 años se instaló en Tenerife. Conduce el taxi compartido desde su puesta en marcha, en 2011. Ahora, mientras el Toyota asciende por las primeras curvas, los pasajeros pasan sus abonos de TITSA por el lector o entregan 1,50 euros. "La mayoría utiliza la tarjeta y, si alguien se olvida de pasarla al entrar, lo hace después", explica Méndez, acostumbrado a una rutina que se repite varias veces al día.
15 años conectando Los Realejos
Y es que el taxi compartido nació en Los Realejos en 2011 para complementar la red pública de guaguas allí donde no podía llegar. La estrechez de algunas vías y la dispersión de varios núcleos de población impedían que los vehículos de mayor tamaño prestaran servicio con normalidad. "Era de suma necesidad contar con un sistema de movilidad para que los vecinos pudieran acceder al casco urbano, al centro de salud, a las farmacias o a los servicios municipales", explica el concejal de Movilidad del Ayuntamiento realejero, Alexis Hernández.

El concejal de movilidad, Alexis Hernández, junto al taxi / Arturo Jiménez
El funcionamiento es sencillo. De lunes a viernes, entre las siete de la mañana y las ocho de la tarde, los taxis realizan un recorrido fijo y circular cada hora por las medianías de Icod el Alto y por la zona de Palo Blanco, Las Llanadas y La Ferruja. De los alrededor de 13.000 usuarios registrados en sus primeros años ha pasado a rozar los 60.000 anuales. “Ahora mismo”, sostiene Hernandez, “sería impensable prescindir de el servicio porque responde a una necesidad real de los vecinos y hace un gran labor social con todas las personas de los barrios menos accesibles".
Un recorrido por todo Icod el Alto
Basta con permanecer unos minutos a bordo para comprobarlo. Apenas el furgón abandona la plaza, la conversación empieza a viajar de un asiento a otro con la misma facilidad con la que el vehículo enlaza las primeras desvios de Icod el Alto. El primero en romper el silencio es Lucas Fleita. Tiene 63 años, "bien llevados", como él mismo puntualiza entre risas. Vive en Lomo Márquez y aquella mañana había bajado temprano para vender algunos voladores con motivo de las fiestas del barrio. Ahora regresa a casa, como hace tantas otras veces, en el taxi compartido.

Lucas Fleita y Rosa María González, usuarios del taxi, pagando el servicio / Arturo Jiménez
"No te imaginas cómo se movía uno antes de que llegara este servicio. Había que llamar un taxi desde Los Realejos y algunos ni querían subir porque estas carreteras son complicadas. Esto nos cambió la vida", afirma Fleita. Por su parte, Rosa María González escucha la conversación desde la fila central sin dejar de sujetar las bolsas de la compra. Nació en Icod, aunque lleva tres décadas viviendo en Icod el Alto, y reconoce que el taxi forma parte de su rutina diaria. "Lo cojo para ir a la farmacia, al centro de salud, a comprar... para cualquier cosa. Hay días que bajo y subo varias veces", admite.

Eugenio Méndez enseñando la ruta / Arturo Jiménez
No necesita pensarlo demasiado cuando se le pregunta por el servicio. "Ojalá no lo quiten nunca porque es lo mejor que tenemos aquí", asegura. "Y coño", remata Rosa María con una pícara sonrisa, "un taxi por un euro y medio... eso es un regalo, las cosas como son".
Un trayecto entre conversaciones y paisajes
El furgón continúa su ascenso entre huertas y viviendas dispersas, con la silueta del Teide de fondo. Cerca del centro de salud, la puerta lateral vuelve a abrirse y sube María del Carmen con un llamativo ramo de flores. "¡Buenos días, doña!", la saluda Eugenio. "Atiende al joven, que está haciendo un reportaje", le comenta Rosa María mientras señala la libreta. "Si me hace famosa, sí", responde entre carcajadas.

Las vistas desde el toyota / Arturo Jiménez
Unos cientos de metros más adelante, Pedro Martín se baja en una cooperativa para comprar pienso para sus conejos. No hace falta esperarle. Eugenio continúa el recorrido y lo recogerá de nuevo al completar el circuito. En la siguiente parada sube Davinia. "Mira a ver cuándo me vence el bono", le dice. "Lo tienes hasta el día 19. No te olvides", responde el conductor.
Un recorrido circular que se adapta a las necesidades
No todos los trayectos siguen al pie de la letra el recorrido previsto. "Si una persona vive un poco apartada o necesita que la acerquemos a algún lado, intentamos ayudarla y adaptar el servicio. La mayoría de los usuarios son mayores y hacemos lo posible para que caminen lo menos posible", explica Méndez.
La siguiente parada lo demuestra. El conductor abandona durante unos metros el itinerario habitual para recoger a una pareja de octogenarios. Pedro, apoyado en unas muletas y con dificultades para caminar, espera unos metros más arriba. En lugar de obligarle a bajar la empinada cuesta hasta la parada, Eugenio acerca el taxi prácticamente hasta la puerta de su casa. María del Carmen aprovecha para despedirse del resto de pasajeros: "¡Mucha suerte y buen día!".

Pedro ocupando el vehículo / Arturo Jiménez
Pedro ocupa el asiento libre y el vehículo vuelve a llenarse de bromas. "¿Cómo le va, don Pedro?", le preguntan varios pasajeros. "Medio torcido y agarrotado de trabajar", responde entre risas. "¿Trabajar de qué, cachondo? ¡Con la edad que tiene y encima en muletas!", le replica Lucas. Pedro se encoge de hombros: "Mientras uno esté de pie...". Las carcajadas recorren el vehículo mientras él remata la escena asegurando que va camino del médico a ver si le “endereza un poquito, como quien alinea una tubería".
Habituales del servicio de taxi compartido
El viaje continúa apenas unos minutos más. Cerca del centro de salud, Davinia y la pareja de octogenarios vuelven a bajar del vehículo. "Aquí me botas, Eugenio", dice Pedro antes de despedirse entre nuevas bromas. Apenas la puerta vuelve a cerrarse, otro pasajero ocupa su sitio. Es Pedro Martín, que regresa de la cooperativa con un saco de pienso para sus cuatro conejos después de que el taxi lo recogiera de nuevo al completar el circuito.

Pedro Martín subiendo el pienso al maletero del vehículo / Arturo Jiménez
La carretera se estrecha todavía más a medida que el Toyota gana altura. El asfalto apenas deja espacio para dos vehículos y, en algunos tramos, Méndez tiene que detenerse unos segundos para dejar pasar al coche que viene de frente. A un lado se levantan las laderas cubiertas de plataneras; al otro, el barranco de Ruiz se abre de golpe varios metros más abajo.
Pocos minutos después el taxi se detiene frente a su casa. Pedro baja con el saco de comida para sus conejos bajo el brazo mientras el resto de pasajeros se despide casi por inercia:"¡Hasta mañana, Pedrito!". Él levanta la mano sin girarse y desaparece por un sendero que parece perderse entre las huertas.
Unos suben, otros bajan
La siguiente parada llega apenas unos metros más adelante, en El Andén. Allí esperan Teresa López y Hortensia, vecinas puerta con puerta y pasajeras habituales. Nada más subir, Teresa mira a su alrededor y rompe el hielo. "¿Qué pasa, vienen pasando lista por todo El Andén?". Tiene 65 años, aunque pide que le pongan 22. "Uso el taxi hasta más de dos veces al día, de desayuno, almuerzo y cena", bromea dicharachera.

El taxi ascendiendo por El Andén / Arturo Jiménez
Su destino es la plaza de Icod el Alto para enlazar con la guagua rumbo al Puerto de la Cruz. "El día está para ir a la playa, mi amor", sonríe. Hortensia, sentada a su lado, no tarda en seguirle el juego. "Yo este taxi lo cojo todos los días. Y cuando él no me coge a mí, lo cojo yo a él", remata con sorna, provocando, una vez más, las risas entre los demás pasajeros.
30 minutos de viaje
El furgón inicia ahora el descenso y las conversaciones se siguen mezclando con el paisaje. Rosa María es la siguiente en despedirse. Poco después llega el turno de Lucas Fleita, que se baja en Lomo Márquez. Teresa y Hortensia bajan las últimas. Durante el trayecto han subido y bajado nueve personas distintas. Para quienes viven en estas medianías es mucho más que un taxi: es la forma de llegar al médico, a la farmacia, a la compra, a la guagua... y, de paso, de ponerse al día con los vecinos.

Teresa abandonando el vehículo al final del viaje / Arturo Jiménez
Eugenio Méndez apenas tiene tiempo para descansar. Mira el reloj, espera unos minutos y vuelve a abrir la puerta lateral. Poco a poco empiezan a aparecer nuevas caras. Alguien pregunta si todavía queda sitio. Lo hay. Una hora después, la misma escena vuelve a repetirse.
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