Encuentro
La 'Minimanía' llena La Esperanza de cientos de aficionados a uno de los vehículos más atractivos de la historia
La plaza del Ayuntamiento de El Rosario acoge la decimotercera concentración de estos icónicos coches llegados desde cuatro islas

Arturo Jiménez
La plaza del Ayuntamiento de El Rosario se convirtió este domingo en un aparcamiento fuera de lo común. Allí donde habitualmente se cruzan vecinos y visitantes apareció una hilera de pequeños vehículos de colores vivos, techos a contraste, cromados relucientes y carrocerías que conservaron intacto el espíritu de otra época. La XIII Exposición de Minis Clásicos Virgen de Nuestra Señora de La Esperanza reunió a casi un centenar de estos coches icónicos llegados desde varias islas.
La mayoría procedía de distintos municipios de Tenerife, aunque también desembarcaron vehículos de Gran Canaria, La Gomera y Lanzarote. Había minis de diferentes épocas y formatos: cupés, familiares, furgonetas, modelos personalizados y unidades restauradas hasta el último detalle. Algunos rozan e incluso superan ya el medio siglo de antigüedad y pueden considerarse auténticas piezas de museo.
La concentración, organizada por el club MiniManía Tenerife y el área de Fiestas del Ayuntamiento de El Rosario, cumplió trece ediciones convertida en una de las grandes citas regionales para los aficionados a este pequeño automóvil británico. Lo que comenzó como un encuentro entre propietarios terminó por integrarse en el programa de las fiestas en honor a Nuestra Señora de La Esperanza y volvió a atraer a visitantes de todas las edades.
La mirada al pasado no se limitó a los coches. La organización animó a los participantes a vestir a la moda de los años sesenta, la década dorada del Mini. Pantalones de campana, vestidos geométricos, gafas grandes y prendas de colores se mezclaron con los vehículos para completar una escena de estética retro en pleno centro de La Esperanza.
Algunos de los vehículos expuestos suoeran el medio siglo de antigüedad y han sido restaurados por sus propietarios hasta el último detalle
El espectáculo comenzó antes incluso de que los motores se detuvieran. Los minis fueron llegando y ocuparon poco a poco una plaza teñida de rojo, azul, amarillo, verde, blanco y negro. Incluso algunos tuvieron que aparcar fuera del perímetro. Una vez alineados, comenzó el paseo de los curiosos entre carrocerías diminutas, interiores cuidados con mimo y detalles originales que habían sobrevivido al paso de las décadas.
Entre los visitantes se repitieron las mismas reacciones que ya forman parte de la cita: nostalgia entre quienes recordaban haber visto circular estos coches por las carreteras de las Islas, curiosidad entre los aficionados al motor y asombro entre los más pequeños, sorprendidos por las dimensiones de unos vehículos que parecían casi de juguete. Detrás de cada unidad había, además, una historia de búsqueda de piezas, horas de taller, reparaciones y paciencia.
Restaurar un Mini clásico no consistía únicamente en devolverle el brillo. Muchos de sus propietarios habían dedicado años a localizar componentes originales, recuperar tapicerías, respetar los colores de fábrica o mantener motores que llevaban décadas funcionando. Esa devoción explicaba que vehículos que en su día costaron entre 90.000 y 125.000 pesetas poseyeran ahora un valor que iba mucho más allá de su precio de mercado.
Reunión casi familiar
La jornada comenzó con la inscripción de los participantes y un desayuno que permitió recuperar fuerzas y, sobre todo, reencontrarse. Al finalizar, cada propietario recibió un diploma como recuerdo de una convocatoria en la que el ambiente familiar tuvo tanto protagonismo como los vehículos. La música de los sesenta acompañó una mañana de estética muy ‘british’, como correspondía al origen inglés del Mini, con tirantes, estampados geométricos, vestidos de colores y otros guiños a la década en la que el modelo alcanzó su mayor popularidad.
Minerva Estévez Bencomo, integrante de MiniManía Tenerife, se desvivía por organizarlo todo. Explicaba a primera hora que la previsión inicial, situada entre 85 y 90 vehículos, podía terminar rozando el centenar. El éxito fue tal que algunas unidades no encontraron espacio dentro de la plaza y tuvieron que estacionarse en las calles próximas. El grupo mantiene una comunidad de WhatsApp con unos 240 miembros de Canarias y algunos residentes en la Península. En su casa conservan cuatro minis —azul, blanco, violeta el suyo, y rojo—, varios con más de 50 años. «Se intenta mantenerlos lo mejor posible», resumía.
De todos los colores y modelos, los vehículos formaron un catálogo al aire libre de la historia del Mini. Había ejemplares prácticamente idénticos a los que salieron de fábrica y otros adaptados al gusto de sus propietarios. La organización distinguió al más original, al más moderno y al mejor tuneado, entre otras categorías, unos premios que sirvieron para reconocer las horas de trabajo y dedicación escondidas detrás de cada carrocería.
La cita funcionó también como el gran reencuentro anual para aficionados que durante el resto del año permanecen en contacto a través del teléfono. Adai Aparicio, desplazado desde Gran Canaria y habitual del encuentro desde 2016, destacó el trabajo de la organización y el ambiente familiar. Junto a Daniel Álvarez, relató que ambos compiten con minis en pruebas de rally, uno en Gran Canaria y otro en Tenerife.
Tiempo y dinero para el mantenimiento
El mantenimiento de estas unidades exige tiempo y dinero, aunque la amplia afición internacional permite seguir encontrando casi cualquier recambio. «Teniendo dinero, se consigue todo», bromeaban. Más importante que las piezas es la red de ayuda creada entre los propietarios: una llamada basta muchas veces para localizar una avería, encontrar un componente o recibir el consejo de alguien que ya pasó por el mismo problema. «Es un hobby caro e ingrato, pero lo haces por estas cosas», señalaban.
Esa afición ha cruzado incluso las fronteras del Archipiélago. Entre los asistentes se encontraban un año más David y Cornelia, una pareja procedente de Austria que aprovecha sus vacaciones en Canarias para acudir a la exposición. Su fidelidad se ha convertido ya en una pequeña tradición dentro del encuentro y demuestra que la convocatoria de El Rosario ha logrado llegar mucho más lejos de lo que podría sugerir el tamaño de los vehículos.
La estética sesentera siempre presente
La estética sesentera elegida para esta edición, incluida la música que dio pie al baile, tampoco fue casual. El Mini, nacido en Inglaterra en 1959, vivió durante aquella década su gran expansión y quedó asociado para siempre a la cultura popular británica. También se recordó la figura de John Cooper, el preparador que intuyó las posibilidades deportivas del pequeño utilitario y lo convirtió en un automóvil capaz de imponerse en pruebas como el Rally de Montecarlo.
El alcalde de El Rosario, Escolástico Gil, consideró que la exposición se ha consolidado como uno de los actos habituales de las fiestas y subrayó tanto su capacidad de convocatoria como el movimiento que genera en los comercios cercanos. «Es un acto al que no podemos renunciar», afirmó. La jornada continuó por la tarde con el encuentro de cantadores, dentro de un programa festivo que tendrá otro de sus momentos centrales en la 50ª edición de la romería.
Durante unas horas, La Esperanza volvió a ser el punto de encuentro de una afición que combina memoria, mecánica y amistad. Trece ediciones después, la ‘Minimanía’ confirmó que el Mini conserva intacta su capacidad para despertar recuerdos y pasiones. Y que, al menos en este caso, el tamaño es lo de menos.
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