La Quinta en Adeje: con otro pulso
Este núcleo rural de medianías, uno de los más antiguos de Tenerife, conserva la tranquilidad de antaño y el espíritu de sus antepasados

Arturo Jiménez
El zumbido de una abeja. Ese es el único pulso que marca el ritmo de La Quinta, un barrio situado en las medianías de Adeje. Nada que ver con el frenético ritmo de vida de la costa turística del mismo municipio. Con menos de 30 habitantes, el caserío es uno de los más antiguos de la isla de Tenerife. Muy cerca de Taucho, separados solo por un barranco, durante mucho tiempo compartieron esta última denominación. Hasta que a finales del siglo XVIII, parte de los terrenos pasaron a las manos de los marqueses de la Quinta Roja y de ahí su nombre actual.
Una pequeña y coqueta ermita preside la plaza. Algunas de las casas que la rodean guardan un fuerte espíritu agrícola, innato del Sur de antes: el de las viñas, las papas, el cereal y el ganado como principales fuentes económicas de las familias del lugar. Eso se perdió. Ahora, apenas se cultiva y lo que se recoge es para autoconsumo. Así lo destacan Margarita Galindo Bello y Damián Rodríguez Bello, un matrimonio que vive justo al lado del templo y que tras jubilarse volvieron al núcleo originario de los padres de ella.
Vienen de faenar en un pedacito de tierra con la naturalidad de un día apacible y silencioso en La Quinta. Margarita se crió en el antiguo granero que está al lado de la iglesia. "Tenía una parte del granero en herencia, pero mi tío me cambió eso por un cuartito que tenía. Ahí levantamos la casa en la que vivimos ahora. Tenemos una casa en Adeje, en la que ahora vive uno de mis hijos, pero nosotros ya preferimos estar aquí", comenta. La tranquilidad es un factor clave junto a la facilidad para aparcar. Damián no encuentra ninguna dificultad para dejar el coche en frente de su casa en La Quinta. La pareja peina el pelo cano y tienen una gran sonrisa por bandera, algo que no está reñido con llegar exhausto por el calor que desprende la tierra y tampoco con las bonitas uñas rojas de Margarita.
La distendida conversación se da gracias a la visita de Damián al antiguo granero que está rehabilitando Roberto Melo López. Aunque no vive en La Quinta, varios de sus antepasados proceden del caserío y por eso se embarcó en la aventura de la restauración de una casa que pide a gritos cierto nivel de protección patrimonial desde las administraciones. El afán particular de Melo por la conservación de la arquitectura vernácula de este lugar lo llevó a rescatar una casa que estaba prácticamente en ruinas y en manos de ocho propietarios diferentes.
Melo es un hombre sencillo y su pelo largo, acomodado en una coleta, le da un aire sosegado. Habla con tranquilidad y de su cuello cuelga un collar hecho con piezas de barro, un detalle que muestra, una vez más, su interés por el patrimonio. Margarita recuerda que la casa estaba dividida en muchas partes y en cada una vivía una familia diferente. Lo más curioso del proceso de compra es que uno de los dueños del antiguo granero era ruso. "Vi un anuncio de una inmobiliaria y nos planteamos seriamente ir comprando parte por parte", dice el actual propietario de esta joya arquitectónica para destacar el esfuerzo que supone restaurar un inmueble de estas características.
La Quinta, a pesar de su pasado solariego y carácter primitivo en el contexto insular, no cuenta con ninguna figura de protección patrimonial que permita ahuyentar la especulación o las malas praxis en su arquitectura. "Si quisiéramos, tiraríamos el edificio entero abajo y haríamos una nueva construcción", aventura Melo. Pero no, decidieron el camino difícil. El satisfactorio resultado se siente en el crujir de los suelos de madera o se oye en el abrir y cerrar de las puertas y ventanas totalmente conservadas desde el siglo XVII. Es una maravilla. Como también lo es que haya personas como Roberto Melo López, entregados a la preservación del patrimonio y a la reactivación de un barrio como el de las medianías de Adeje. Su objetivo es abrir una pequeña tasca con un espacio cultural. Dan muchas ganas de que ese sueño se haga realidad ya.
Sin servicios básicos
Los servicios básicos están todos en Adeje. No tienen supermercado, ni venta. Tampoco hay colegio, médico o farmacia. Quedan algunos niños que van a la escuela de Tijoco. Casi todos los vecinos están concentrados en la parte más alta del barrio, donde la vista alcanza a divisar varios pinos salteados. "Para cualquier cosa cogemos el coche y lo tenemos en diez minutos", asegura Damián. La carretera de acceso hasta el caserío tiene bastante pendiente y no está en las mejores condiciones, pero es transitable. A La Quinta también se puede llegar desde Taucho por una carretera que cruza el barranco.
Margarita dice que quien sabía de verdad cómo era la vida antes en La Quinta era su madre. Abre el baúl de los recuerdos y admira "cómo mi madre iba embarazada, con la barriga en la boca, cargada de cosas en la cabeza para bajar a la costa -sube la entonación y destaca la manera en que lo hacía- caminaaaando. Porque antes no había carreteras". Recuerda que la vía no llegó pronto y que todo el mundo iba por la Boca del Paso, un camino que hoy frecuentan los aficionados al senderismo, pero que décadas atrás fue fundamental para la conexión entre los barrios de la zona alta de Adeje: La Quinta, Tijoco Alto, Taucho e Ifonche.
El latir de La Quinta es pausado. Sus residentes viven en un compás de cuatro por cuatro y con un adagio, un tiempo moderado pero expresivo. Este ritmo de vida no es sinónimo de debilidad. Todo lo contrario. Es signo de determinación, de osadía y de decisiones valientes como la de restaurar un antiguo granero a punto de caerse o la de mudarse lejos de la vorágine y la frenética vida que supone el sur turístico de Tenerife. Porque otro pulso es posible.
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