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Perfil

Jesús Arrocha: energía de Anaga tras el rastro guanche en la música de Bad Bunny

Este chicharrero con raíces palmeras y gomeras conecta en un libro Chamorga, el pandero, los antiguos bailes aborígenes en el Macizo y la migración isleña a Puerto Rico

Jesús Arrocha, con su libro en uno de los refugios de Anaga donde lo elaboro

Jesús Arrocha, con su libro en uno de los refugios de Anaga donde lo elaboro / E.D.

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Santa Cruz de Tenerife

Jesús Alejandro Arrocha González habla de Anaga no solo para describir un paisaje, sino como una forma de escuchar. En su caso, el macizo no es únicamente monte, sendero, barranco, niebla o caserío. Es también una vibración íntima, una energía que, según cuenta, le ha permitido abrir una puerta hacia una investigación personal en la que se cruzan los antiguos bailes canarios, el pandero, la emigración a Puerto Rico, la caña de azúcar y la plena, el ritmo característico de Borinquen que hoy ha vuelto a sonar en todo el mundo gracias a artistas como Bad Bunny.

Arrocha nació en Algeciras, Cádiz, en 1968, adonde sus padres habían viajado desde Canarias junto a otros familiares para trabajar en la construcción de la refinería de Cepsa. Su padre era palmero y su madre procedía de La Gomera. A los cinco años regresó a Tenerife y se reconoce plenamente chicharrero, aunque sus raíces familiares y emocionales se despliegan entre varias islas, oficios y territorios. Su vida profesional también ha transitado por caminos diversos: se especializó como docente en estructuras metálicas, soldadura y forja clásica, trabajó durante casi diez años en Lucena, Córdoba, y más tarde se formó como inspector de soldaduras.

Pero el libro que presenta, de nombre críptico,, Plena U6b1, nace lejos de ese mundo técnico. Surge, dice, de algo que le ocurrió en Anaga, especialmente en Chamorga, un lugar al que se siente profundamente unido. Allí tuvo viviendas vacacionales, allí conserva casa y allí ha pasado muchas horas caminando, acostándose en el monte, escuchando música y dejándose atravesar por una sensación difícil de explicar. “Anaga tiene una energía”, resume. No habla de una energía en términos grandilocuentes, sino de una experiencia íntima: la impresión de que el lugar le devuelve imágenes, ritmos, escenas antiguas.

En esas caminatas, mientras escuchaba música puertorriqueña, Arrocha empezó a sentir que determinados compases le resultaban familiares. No en un sentido superficial, sino como si hubiera un hilo rítmico que conectara la plena con formas antiguas de expresión musical canaria. Ahí comenzó una búsqueda que él mismo define como una necesidad de “poner nombre” a lo que le sucedía. Primero vino la intuición; después, la investigación.

Desde su casa y sus caminatas por Anaga, Jesús Arrocha construye una investigación personal que cruza música, memoria, genética, caña de azúcar y cultura popular.

Su interés se centra especialmente en la plena, uno de los grandes símbolos musicales de Puerto Rico. Bad Bunny la ha incorporado y proyectado internacionalmente, convirtiéndola en parte del imaginario sonoro contemporáneo. Para Arrocha, ese fenómeno tiene una lectura de ida y vuelta: Canarias mira poco la evolución exterior de su propia cultura, pero el Caribe conserva huellas que podrían ayudar a comprender mejor lo que aquí se ha perdido, se ha difuminado o se ha dejado de tocar.

El pandero y su ritmo como ejes de una teoría

El pandero ocupa un lugar central en esa teoría. Arrocha sostiene que la relación entre plena y tajaraste no debe buscarse solo en la melodía, sino en la percusión, en el golpe, en el pulso. Según su investigación, el pandero fue un instrumento primitivo y fundamental en determinadas expresiones canarias, aunque hoy no tenga la presencia que sí conservan otros elementos del folclore.

En su relato aparecen los antiguos ranchos de panderos, las referencias a prohibiciones históricas para tocarlo en celebraciones y velatorios, y la permanencia de ese instrumento en prácticas puertorriqueñas.

Música y caña de azúcar, la base de conexión

La conexión con Puerto Rico se refuerza, en su hipótesis, con la historia de la caña de azúcar. Arrocha sitúa el traslado de conocimientos y población canaria hacia el Caribe en los primeros siglos de la colonización, cuando el cultivo y la industria azucarera pasaron a desempeñar un papel decisivo. Recuerda que la caña ya se trabajaba en Canarias y que ese saber viajó con personas de las Islas. No habla de una emigración abstracta, sino de hombres y mujeres que llevaron oficios, palabras, ritmos, costumbres y maneras de celebrar.

Su hipótesis mira al Caribe para rastrear la huella de los canarios y de los antiguos pobladores de las Islas en la formación de ritmos que hoy son símbolos borinqueños

En ese camino también se ha interesado por investigaciones genéticas sobre la presencia de linajes aborígenes canarios fuera del Archipiélago. En su relato aparece el marcador U6b1, que él menciona como una pieza más de un puzzle complejo: la posibilidad de que antiguos pobladores canarios llegaran a Puerto Rico con el conquistador Juan Ponce de León (1460-1521) a principios el siglo XVI y dejaran allí una huella biológica y cultural.

Arrocha no presenta su libro como una sentencia cerrada, sino como una invitación a mirar, preguntar y comprobar. “Tengo que corroborarlo”, insiste en varios momentos de la conversación.

Su proyecto, por tanto, se mueve entre la antropología, la etnografía, la música y la memoria personal. No quiere escribir un tratado frío ni un texto excesivamente técnico. Busca un libro capaz de interpelar a lectores jóvenes, especialmente a una generación que, a su juicio, está redescubriendo con fuerza la identidad canaria. Cree que la música es el mejor vehículo para hacerlo, porque entra donde otros discursos no llegan. “La gente joven está loca con los canarios”, dice con una mezcla de sorpresa y esperanza.

Anaga como escenario y origen de todo

Anaga, en todo esto, no funciona solo como escenario. Es el origen de la pregunta. Arrocha asegura que su vínculo con el macizo no nació únicamente de lo que vio, sino de lo que sintió “con los ojos cerrados”. En Chamorga, en la costa norte, en los caminos y en los silencios, encontró el impulso para mirar hacia Puerto Rico y preguntarse cuánto de Canarias sigue vivo allí, incluso en músicas que hoy parecen plenamente caribeñas.

Arrocha, con el característico paisaje anaguense de laurisilva detrás

Arrocha, con el característico paisaje anaguense de laurisilva detrás / E.D.

Esa mirada no le impide ser crítico con el presente del propio Anaga. Como vecino y como persona vinculada al territorio, observa con preocupación la sobresaturación, los problemas de movilidad y la permisividad ante comportamientos que deterioran la convivencia y el entorno. No rechaza que la gente quiera conocer Anaga, pero reclama una protección real de su fragilidad. Para él, poner en valor el macizo exige algo más que visitarlo: implica comprenderlo, cuidarlo y respetar a quienes lo habitan.

Este libro es, según explica, una primera parte. Una aproximación que “toca por arriba” y deja al lector espacio para buscar, dudar, contrastar y seguir el rastro. En su horizonte aparece también Puerto Rico, un viaje pendiente que quiere hacer no como turista, sino como investigador de una intuición que empezó en Anaga y que hoy conecta con una corriente musical global.

En el fondo, la historia de Jesús Arrocha es la de alguien que escucha el presente para encontrar ecos antiguos. Bad Bunny, la plena, el pandero, el tajaraste, los guanches, la caña de azúcar y Chamorga forman parte de una misma constelación personal. Una constelación que nace en un territorio pequeño, frágil y poderoso, pero que mira al Atlántico con vocación de ida y vuelta.

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