Bajo La Cuesta en Candelaria: el ansiado retorno
Los vecinos denuncian el abandono institucional y la falta de soluciones para recuperar sus hogares, divididos por una valla desde hace diez años
Una de las estampas más veraniegas de los municipios de Tenerife es la reunión de varias vecinas cogiendo aire en la calle. Esa imagen se eleva a la máxima potencia en el barrio de Bajo La Cuesta, en Candelaria, donde un grupo de seis mujeres comparten café en una mesa, con la sombra de una especie de toldo y con el mar como trasfondo. En un lado de la calle están sus viviendas, bajo el talud que está coronado por la autopista del Sur; y en el otro está el azul del cielo junto al mar. Las viviendas, aparentemente destinadas a unas vacaciones, son las residencias permanentes de 13 familias de este núcleo situado junto a la central eléctrica de Candelaria.
El idilio residencial está adornado por unos jardines frondosos y cuidados, con una apariencia salvaje que imprimen un cromatismo equilibrado a la calle. Se oye el mar. Y a las vecinas reír y charlar animadamente. Una de ellas acaba de llegar y otra le dice pizpireta: "¡Muchacha! Hoy has estado todo el día de trulenque. Mira qué guapa ella!". La confianza entre vecinas alcanza el grado de la familiaridad y las conversaciones se suceden con naturalidad. Al final de la calle se divisa una valla metálica. Cuesta entender qué pasa, por lo que es mejor acercarse.
Al llegar, un cartel advierte de que está prohibido el paso y de que hay peligro de desprendimientos. Hay casas más allá de los hierros y es que hace casi una década en Bajo La Cuesta vivían muchas más personas que ahora. Mientras la vista recorre el abandono al otro lado de la verja, el mar no deja de arrullarse, el sol no deja de brillar y la brisa -que no quiere perderse tampoco este rincón- sopla agradable. Los elementos de la naturaleza recuerdan que la vida sigue a pesar del cierre de una parte de Bajo La Cuesta. Los años pasan, los impuestos e hipotecas se pagan, pero nadie ofrece una respuesta para algunos de los vecinos que no han podido volver a sus casas. Aunque no puedan regresar, pasar al otro lado no es nada difícil. Con solo rodar la valla se puede ir hacia el otro extremo. Algo que ha facilitado los robos, las 'okupaciones cortas' o los destrozos en las viviendas de varias personas.

Bajo La Cuesta, Candelaria / Arturo Jiménez
Mari Coello González, María José Gómez Navarro, María Nayra García Portugués, Begoña Portugués Marrero, Rosa Gómez Martín y Doralia Gómez Martín dan fe de lo ocurrido. En octubre, se cumplirán diez años de la división del barrio. Al inicio, todos tuvieron que irse por la denuncia de "un señor que no sabemos de dónde salió porque le cayó una piedra al coche", cuenta Coello. En ese momento todos fueron desalojados. Algunos pudieron volver porque una empresa privada decidió arreglar el talud con mallas y cemento proyectado. La otra parte del vecindario, que además tiene una pequeña plaza en la que celebraban a la Virgen del Mar, esperan una solución y la implicación de todas las administraciones públicas.
Este hecho marcó un antes y un después en la vida de los vecinos de Bajo La Cuesta: esto los separó y los dividió sin necesidad de una valla, como la que está puesta a mitad de calle. "Nosotros queremos que todos vuelvan a sus casas", repiten casi al unísono. García Portugués es una de las afectadas, tiene su casa al otro lado. Su hija adolescente recuerda, con la mirada embelesada, que "desde la sala de la casa solo se ve el mar", ese telón azul que tocan con los pies caminando apenas cinco metros desde donde toman café en la calle. Es una auténtica gozada.
Y es un gozo autoconstruido. Hasta Bajo La Cuesta solo van los operarios del Ayuntamiento de Candelaria a cambiar las papeleras, según las vecinas. No vienen las palas a arreglar el litoral "como en Caletillas o en Punta Larga. Eso no les cuesta nada hacerlo", dicen un tanto indignadas. Están convencidas de que existe algún tipo de interés desde las administraciones en que el núcleo se vacíe. "Si hubiera preocupación por el barrio y sus vecinos, esto no estaría así. Nosotros somos los que lo cuidamos", añade Gómez Navarro, quien define al enclave costero como "mi paraíso".
Una pesadilla
Ese idilio residencial del inicio se va tornando, poco a poco, en pesadilla. "Teníamos una farmacia cerca, pero la quitaron. También quitaron la sucursal del banco", reclaman. No obstante, la independencia es la principal habilidad de este grupo de vecinas y a la vista está con solo mirar a los alrededores. Coello vive allí desde que era una niña. Su carácter dicharachero y reivindicativo la hace líder del grupo de vecinas. "Llevo aquí desde pequeña con mis padres. Mis hijos se criaron y crecieron aquí y a mis nietos les encanta venir", declara con el convencimiento de que el origen es intocable a pesar de todas las dificultades que puede suponer vivir en un lugar como Bajo La Cuesta.
El colegio, el supermercado, el médico y el resto de servicios los tienen en Caletillas, Igueste de Candelaria o Punta Larga. Es necesario coger el coche, pero el trayecto es de apenas unos diez minutos. No les supone ningún tipo de incomodidad y disfrutan del 'aislamiento' que en cierto modo les proporciona estar allí. Los niños campan a sus anchas, su patio de recreo es el mar, no les falta ni luz, ni tampoco el agua, por lo que vivir allí es disfrutar de los placeres y la cercanía que brindan lugares como este.
Tienen claro que cualquiera es bienvenido a Bajo La Cuesta. "El mar es de todos", dice María Nayra. "Mientras no dejen basura y no estropeen nada, aquí puede venir quien quiera, claro que sí", añade. Son amables y su relato, el de la vida bajo un talud, es auténtico. Todas ellas están de acuerdo en lo bien que se vive y también en el único pero del lugar: que no todos han podido volver a sus casas por el abandono que sufren. Quizás esa sea la única nube gris que ensucie el cielo del barrio de Candelaria. "Es una pena que no podamos volver. Hemos protestado, nos hemos quejado, teníamos abogados y una asociación de vecinos, pero al final se rompió", recuerdan.
Aunque la unión no se pierde. No hay más que comprobarlo cada tarde en la mesa que está situada casi al inicio de la calle. Es probable que el tema del regreso al otro lado de la valla no sea demasiado frecuente ya en las conversaciones vecinales. Quizás, cómo están los nietos de Coello, cómo preparar el partido del Mundial que jugará España contra Argentina para verlo todos juntos en la calle, qué hacer en el próximo cumpleaños de la hija de María José o la rutina y la vida, el día a día, centren las charlas de verano y de invierno. De un año y otro. "La esperanza es lo último que se pierde", anuncia María Nayra. Solo desea que, más pronto que tarde, las instituciones públicas competentes en este asunto se pongan de acuerdo para darle solución a la división de un barrio que ansía retornar y que no se quiere vaciar.
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