Granadilla de Abona
Atteneri Rivero Quintero, botánica y divulgadora científica: "Si vemos el paisaje de Tenerife como un decorado será muy difícil protegerlo"
Trabaja como bióloga a pie de campo y eso le llevó hasta la diversidad biocultural, un fuerte sentimiento de pertenencia hacia el paisaje de la Isla

La bióloga especializada en botánica, Atteneri Quintero Rivero / Arturo Jiménez
Nacida en el seno de una familia de agricultores de El Médano, en Granadilla de Abona, Atteneri Rivero desempeña su labor científica en proyectos de conservación e investigación centrados en la biodiversidad terrestre de Canarias y, más en concreto, de Tenerife. Su apego al territorio le hizo reflexionar sobre qué sentimiento le recorría el cuerpo. Es la diversidad biocultural, temática que ha centrado sus últimas charlas divulgativas y que encuentra toda la lógica en paisajes como los de su isla natal.
El concepto diversidad biocultural centra sus últimas charlas divulgativas gracias a una reflexión personal. ¿Qué significa?
Es la idea de que allí donde existe una gran concentración de especies endémicas o únicas, las personas que viven en ese territorio desarrollan una identidad más fuerte ligada a la naturaleza que les rodea. Es el vínculo inseparable entre la diversidad biológica, la diversidad cultural y también la diversidad lingüística de un pueblo.
¿Se ha encontrado con más personas que reflexionen como usted sobre esta idea?
Creo que muchísima gente lo piensa, aunque no siempre lo ponga en palabras. Cuando lo comento, se sienten identificadas con esa sensación de reconocerse en el paisaje natural de Canarias. Lo veo también en mi abuela, aunque desde otro lugar. Mi abuela se reconoce en el tabaibal-cardonal igual que yo, pero para ella ese paisaje significa algo distinto. Ella lo vivió desde la dureza del trabajo, porque tenía que trabajar entre tabaibas y cardones para sacar adelante los tomates. Yo puedo tener una visión más romántica del tabaibal-cardonal porque fue mi paisaje de infancia y porque, como bióloga, he estudiado sus beneficios. Pero mi abuela también se reconoce en ese paisaje a través del trabajo duro. Ella me cuenta que, cuando bajaba de Granadilla de Abona a la parte alta de El Médano a trabajar en los tomates, hacía un corte a una tabaiba dulce y dejaba un cacharrito debajo. Cuando subía caminando de vuelta, recogía aquello y lo mascaba como si fuera chicle. Eso es una relación directa con el territorio: uso, conocimiento y memoria.
Al tratar la diversidad biocultural en charlas, ¿qué reacciones recibió?
Hubo gente que me dijo que le resonaba con el libro 'Psicología del hombre canario', de Manuel Alemán. Me pareció significativo porque demuestra que seguimos haciéndonos preguntas parecidas desde hace décadas. También se acercó mucha gente joven para decirme que les había puesto palabras a algo que ya sentían, pero que no habían sabido definir. Eso me parece muy importante. En Latinoamérica llevan mucho tiempo estudiando la diversidad biocultural. Allí el vínculo es muy fuerte y existen comunidades indígenas con un conocimiento profundo de la naturaleza. Deberíamos leer más sobre estos estudios y esta terminología para acercar ese vínculo a la protección de la naturaleza, de nuestra identidad y de nuestra propia vida.

Rivero Quintero es natural de El Médano, en Granadilla de Abona / Arturo Jiménez
Ese vínculo, ¿sería más difícil sentirlo para los que viven en Santa Cruz o en cualquier otra ciudad de Tenerife?
Puede ser más difícil, pero aquí tenemos una ventaja y es que aunque una persona viva en la ciudad, el territorio es tan pequeño que la naturaleza siempre está cerca. No está todo perdido. A veces nos llevamos las manos a la cabeza por tantos proyectos de destrucción, y es lógico, pero si miramos el Archipiélago a escala global, no está tan destruido ni tan urbanizado como otros lugares y es precisamente por eso que nos chocan tanto esas amenazas. Porque tenemos una conexión muy fuerte con la naturaleza, aunque muchas veces no seamos conscientes de ella.
¿Cómo se traslada a Tenerife esa relación entre biodiversidad y cultura?
Aquí la diversidad cultural y la biodiversidad endémica han evolucionado juntas. El paisaje moldeó nuestra cultura y, a su vez, esa cultura también transformó el paisaje. El aislamiento geográfico generó muchos endemismos biológicos, plantas y animales que solo existen aquí, pero también produjo formas culturales muy concretas. Incluso dentro de una misma isla, cada medianía, cada barranco o cada zona desarrolló su manera de relacionarse con la tierra. En el sur de Tenerife cultivamos con jable porque es lo que teníamos alrededor. En el Norte, por ejemplo, el jable no se usa de la misma manera. También cambia la forma de nombrar las plantas: una misma planta puede llamarse bejeque en el sur de Tenerife, verol en el norte o sanjora en El Hierro. Esa diversidad lingüística también forma parte de la diversidad biocultural.
¿Deberíamos conservar ese vínculo con el paisaje?
Sí, porque si perdemos el vínculo con el paisaje es mucho más difícil conservarlo. Muchos paisajes que en Tenerife consideramos naturales son en realidad paisajes culturales. Los bancales son un ejemplo claro, pero también lo son otros lugares menos antropizados donde se desarrollan actividades sociales. Los merenderos en zonas de monte, las romerías en medio de la laurisilva en La Gomera, los roques donde se camina o se escala... Todo eso genera un vínculo de pertenencia, y ese vínculo produce cuidado. Si un lugar se percibe solo como un decorado, como algo externo, es muy difícil que la gente sienta pertenencia o responsabilidad hacia ese paisaje o ese ecosistema.
¿Y cree que hoy hay más gente que ve la Isla como un decorado o entienden que es algo más?
Quien ha nacido aquí o quien ha vivido aquí desde pequeño y se ha relacionado con el entorno tiene un vínculo fuerte con la naturaleza aunque no lo sepa. El problema es que la sociedad actual nos empuja a vivir de espaldas a la naturaleza. La masificación, el extractivismo, la construcción o incluso cierta manera de practicar el ocio en espacios naturales de Tenerife reflejan esa desconexión. Pero creo que, si nos parásemos un poco, estaríamos mucho más conectados con ese vínculo, porque en la Isla la naturaleza está por todos lados.
¿Somos conscientes y defendemos el valor cultural que tiene nuestra biodiversidad o solo la apreciamos desde el punto de vista ambiental?
A mí me gustaría creer que la miramos mucho más de manera ambiental, pero es más fácil ver el valor cultural. Lo que nos falta es hacer esa conexión. Estamos acostumbrados a tener una mirada muy centrada en lo agrícola y lo ganadero, que realmente la mayoría de veces no son especies realmente endémicas canarias. Valoramos lo que usamos directamente, lo que cultivamos o criamos, pero nos cuesta mucho más reconocer el valor de las especies silvestres y endémicas de las que también nos beneficiamos, aunque no las aprovechemos de forma directa. Un sabinar, un cardonal-tabaibal, a priori parece que no producen nada que podamos vender, pero nos están dando algo constantemente: captación de agua, polinizadores para nuestros cultivos, aire limpio, suelo estable. Hasta que no ampliemos esa mirada, seguiremos viendo la biodiversidad silvestre como decorado y no como parte activa de nuestra forma de vida.
Cuando desaparecen paisajes o dejan de practicarse ciertas actividades, ¿qué perdemos?
Perdemos conocimiento ecológico. Y cuando ese conocimiento se pierde, a veces es casi imposible recuperarlo. Hay un conocimiento que se obtiene por la propia vivencia: saber las mareas, reconocer qué aves llegan en una época del año, qué plantas florecen en verano o qué especies comen esas aves migratorias. También se pierde transmisión oral. Mi abuela, que era agricultora, sabía leer señales climáticas: qué significaba una nube sobre el Teide, cuándo venía viento o qué constelaciones marcaban el momento de cultivar. Eso es conocimiento ecológico, biológico y también científico, aunque no se haya aprendido en una universidad. Si nadie vuelve a nombrar una planta, terminamos sin saber cómo se llama ni para qué se usaba. Antes existía un vocabulario ligado a prácticas concretas: plantas para calmar el dolor de estómago, usos tradicionales, oficios y nombres del territorio. Un ejemplo son las orchilleras. La orchilla es un liquen que se recolectaba para obtener tinte. Hoy mucha gente no sabe qué es, aunque en Canarias tenemos topónimos como el faro de Orchilla o barrancos con ese nombre. Mi abuela sí sabía perfectamente lo que era.
¿Las nuevas generaciones están perdiendo ese sentimiento de pertenencia?
Hay una parte de la sociedad canaria joven, o relativamente joven, que ya ha entendido esa mezcla. Lo veo, por ejemplo, en la música con artistas que mezclan música tradicional con sonidos contemporáneos, o que incluye nombres de especies endémicas canarias en letras de canciones urbanas. No estamos hablando solo de folclore entendido de manera clásica. La naturaleza canaria y la tradición siguen vivas si sabemos relacionarlas con el presente. Creo que la clave está en presentar la tradición como algo vivo y útil, no como una pieza de museo inamovible. También debemos cambiar la idea de que todo lo de antes era mejor, porque tampoco es así.
Como científica y divulgadora, ¿qué le emociona más: obtener un dato científico o entender la historia humana que hay detrás de una planta?
Los datos científicos son muy importantes. Explican mucho, tanto para entender el territorio como para enfrentar el futuro. Pero a la hora de divulgar, creo que hay que relacionar esos datos con la parte cultural. Hablar de una especie endémica emociona mucho más si, además del nombre científico o de los millones de años que lleva en Tenerife, explicas su adaptación, su función o su relación con el territorio. A veces a los científicos nos ha fallado no ver esa conexión. Creo que necesitamos una visión que una las ciencias naturales y las ciencias sociales. Hace falta un matrimonio entre ambas.
Si dentro de 50 años un joven de Tenerife mirara el paisaje, ¿qué le gustaría que siguiera siendo reconocible?
Me gustaría que siguieran siendo reconocibles los ecosistemas de costa, especialmente los tabaibales y cardonales. Creo que ahora mismo son de los más amenazados. También me gustaría que un joven de aquí pudiera seguir reconociéndose en un tabaibal-cardonal y que ese paisaje siguiera teniendo gente dentro con personas que lo entiendan, lo cuiden y no lo conviertan solo en un mirador, un decorado o un pueblo de atrezo para turistas. Para eso tenemos que empezar a valorar social y económicamente los servicios ecosistémicos que nos da la biodiversidad silvestre. También debemos restaurar y recuperar las zonas de costa que hemos destruido, porque serán fundamentales para enfrentarnos al cambio climático.
Nació y se crio en El Médano. ¿Cómo vive el cambio que ha experimentado ese lugar?
Haber nacido y haber vivido mi infancia en El Médano me produce hoy una sensación muy extraña. De pequeña recuerdo que éramos niños muy conectados con la naturaleza sin saberlo. En verano íbamos a la playa según la marea. Sabíamos perfectamente los horarios: si por la mañana había marea baja, íbamos a la playa; si por la tarde estaba alta, nos bañábamos en el muelle. También nos íbamos caminando a ver aves a las charcas, a la mareta o a Montaña Roja. Esos eran nuestros juegos. Aprendíamos el lugar viviéndolo. Ahora veo un pueblo que ha perdido mucho arraigo. Hoy El Médano se asocia sobre todo a los deportes de viento, pero muchas veces se vive como un lugar de paso o como un decorado. Prácticamente ya no conozco a nadie allí. Me saluda más gente en otros pueblos que en El Médano. Me siento vinculada a ese paisaje, pero ahora el vínculo está atravesado por la tristeza. Hasta me cuesta salir de casa de mis padres cuando voy. Me pongo nerviosa.
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