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La ciudad de los demonios y las esquineras: el casco histórico mejor conservado de Canarias cumple 50 años

La Orotava, reconocida por su gran estado de conservación, muestra un crisol de estilos arquitectónicos y elementos singulares tras cinco décadas de haber sido declarada como Conjunto Histórico-Artístico

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Alexis Vella

Alexis Vella

La Orotava

Hay cascos históricos que parecen haber sido diseñados con escuadra y cartabón. La Orotava, en cambio, nació de otra manera. Sus calles empedradas suben, bajan y se curvan siguiendo la pendiente y el curso del agua. Basta con levantar la vista para descubrir unas gárgolas, de aspecto fantasmal y caricaturesco, que vigilan desde la iglesia de la Concepción, o bajarla para encontrar unos discretos guardaesquinas, testigos del paso y del roce de los antiguos carros. Esa singular forma de desarrollarse ha convertido al municipio en uno de los cascos históricos mejor conservados de Canarias, precisamente cuando se cumplen cincuenta años de su declaración como Conjunto Histórico-Artístico.

Villa Arriba y Villa Abajo: dos formas de entender La Orotava

Entre los barrancos de Araujo y de la Cruz del Teide, el municipio no responde a un modelo urbano ordenado o planificado. Su crecimiento, como explica el gestor técnico de Patrimonio del Ayuntamiento, Pablo Torres, estuvo condicionado por la topografía y por "unos repartimientos bastante irregulares de tierras, donde se trazaron solares favoreciendo a algunos deudos de la conquista, pero, sobre todo, por la presencia del agua".

Panorámica del  casco histórico de La Orotava

Panorámica del casco histórico de La Orotava / Arturo Jiménez

Allí, dividido en dos áreas diferenciadas, la Villa Arriba era la más humilde, con sus casas terreras, de una sola planta y con un pequeño terreno agrícola, y su arquitectura popular, vinculada a artesanos y pequeños propietarios. En la Villa Abajo, por su parte, se asentaron la nobleza, los conventos y las grandes casas señoriales, de estilo mudéjar, con sus balconadas, graneros y bodegas, propias de la aristocracia. Dos mundos distintos. Unos en la zona alta, otros en la baja, pero unidos por el cauce que descendía desde Aguamansa y alimentaba acequias, molinos y todo tipo de cultivos.

El agua, la gran protagonista del desarrollo histórico de la Villa

Y es que “el agua”, como resume el historiador de la Universidad de La Laguna, Manuel Hernández, "era la arteria principal del Valle de La Orotava". Ese caudal, que descendía desde las medianías hasta el casco urbano a través de una red de canales que aún hoy se conservan, conformaba un sistema hidráulico que no solo abastecía a los trece molinos de gofio —de los que hoy permanecen diez—, sino que también llegó a suministrar energía a pequeñas centrales eléctricas, proporcionar agua a la población y a los conventos, además de alimentar tres lavaderos públicos, de los que únicamente se mantiene uno.

Uno de los lavaderos de antaño, ahora como museo

Uno de los lavaderos de antaño, ahora como museo / Arturo Jiménez

Por si fuera poco, el agua "no solo hizo posible el cultivo de la malvasía y del vidueño, motores económicos de la Villa durante siglos, asimismo condicionó el asentamiento de la nobleza, el desarrollo de los oficios artesanales, como la carpintería y la sedería, y, en definitiva, la forma en la que La Orotava terminó creciendo", afirma Hernández. Sin embargo, al extraerse el recurso de las galerías, desde cotas inferiores del subsuelo, los manantiales dejaron de aflorar de forma natural en la superficie, lo que redujo considerablemente el caudal disponible de la época.

Un museo al aire libre

Pese a esos cambios, la huella de aquella historia sigue presente en el casco histórico, convertido hoy en un auténtico museo al aire libre. Su conservación resulta aún más llamativa si se tiene en cuenta que, aunque fue declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1976, no tuvo una delimitación oficial hasta 2005. Quienes transiten sus calles, que combinan tramos adoquinados con otros empedrados, pueden descubrir desde un mausoleo masónico hasta un crisol de estilos arquitectónicos en su parroquia matriz.

El mausoleo masónico de los Jardines Victoria

El mausoleo masónico de los Jardines Victoria / Arturo Jiménez

Si el paseo continúa por los Jardines Victoria, aparece ese mencionado mausoleo, construido con mármol traído de Lyon, que el marqués de la Quinta Roja, de grado 33 de la masonería, encargó a Adolphe Coquet, el mismo arquitecto que diseñó el Hotel Taoro. Para muchos, se trata de "uno de los monumentos más excepcionales de España".

La iglesia de La Concepción, un referente de la arquitectura canaria

Por el contrario, si desde ese mismo lugar levantamos la vista sobre los tejados del centro urbano, observamos la imperiosa bóveda de la iglesia de La Concepción, que, como describe Torres, "fusiona tres lenguajes arquitectónicos de una forma muy armoniosa": "El barroco predomina en el exterior, especialmente en la fachada principal y en la cúpula; en contraste, el interior responde a una estética neoclásica y, además, encontramos una transición hacia la arquitectura tradicional canaria en las dos sacristías posteriores, con cubiertas de teja árabe, muros enfoscados y vanos de madera".

La fachada de la iglesia de La Concepción

La fachada de la iglesia de La Concepción / Arturo Jiménez

La propia parroquia, que nació patrocinada por la Corona castellana, se fue erigiendo lentamente a lo largo del siglo XV. "Los planos llegaron con retraso y la construcción avanzó muy poco a poco, mientras iban llegando ingresos procedentes de las Indias", sostiene el gestor técnico. No obstante, añade Hernández, "el edificio actual es consecuencia de la gran reconstrucción realizada tras los terremotos de 1705, provocados por la erupción del Volcán de Fasnia". "Aquellos seísmos causaron importantes daños en la fábrica anterior y fue necesario levantar un nuevo templo, conservándose únicamente parte de la construcción primitiva en la zona posterior", precisa de nuevo el historiador. Esa confluencia de estilos fue uno de los motivos por los que la iglesia fue declarada Monumento Nacional al amparo de la legislación patrimonial de 1933.

Allí mismo, desde la calle Inocencio García, basta con levantar la vista sobre el portón principal de La Concepción para descubrir dos globos terráqueos esculpidos en piedra que evidencian los estrechos vínculos que la Villa mantuvo durante siglos con América. En uno aparece representado el archipiélago canario; en el otro, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y la península del Yucatán, reflejo de aquellas intensas relaciones comerciales, como también las torres del edificio, en relación con las de la Catedral de México.

Las gárgolas de La Concepción

Esas influencias hispanoamericanas se prolongan también en las célebres gárgolas que coronan el templo, figuras demoniacas, de aspecto burlesco y caricaturesco, que en los días de lluvia escupen agua por sus fauces y que, según señala Torres, "presentan claras reminiscencias del bestiario precolombino". Aunque su función era evacuar el agua de lluvia, Hernández recuerda que estas criaturas "forman parte del simbolismo propio del imaginario medieval y constituyen uno de los elementos más característicos del edificio desde el punto de vista artístico".

Una de las gárgolas de la iglesia de La Concepción

Una de las gárgolas de la iglesia de La Concepción / Arturo Jiménez

Estos pequeños monstruos fueron tallados en piedra procedente de la cantera de Román, en Santa Úrsula, por el maestro cantero orotavense Patricio García. Egipcios, griegos y romanos ya incorporaban gárgolas en sus construcciones, generalmente con formas de animales. Fue a partir de la Edad Media cuando comenzaron a representar seres mitológicos y monstruosos y, en una época en la que la mayor parte de la población no sabía leer ni escribir, adquirieron también una función didáctica y simbólica, transmitiendo enseñanzas y advertencias de carácter moral y religioso. En La Orotava son diez las gárgolas que, desde hace casi tres siglos, continúan evacuando el agua de lluvia y protegen uno de los elementos más singulares del municipio.

Los guardaesquinas, un patrimonio exclusivo de La Orotava

Ahora bien, si bajamos la vista sobre las esquinas de los edificios, podemos ver otros elementos singulares de madera que protegen sus salientes más filosos. Como La Orotava ha sido históricamente un pueblo agrario, con el vino como una de sus principales fuentes de riqueza, solían transitar por esas calles irregulares numerosos carruajes y transportistas de mercancías agrícolas. Por ello, los propios vecinos comenzaron a instalar estas discretas protecciones para evitar que los ejes y las ruedas de los carros golpearan las fachadas de las casas.

El guardaesquinas de la calle Ascanio

El guardaesquinas de la calle Ascanio / Arturo Jiménez

Conocidos como guardaesquinas, hoy casi exclusivas de La Orotava en Tenerife, están relacionadas con las cruces que antiguamente recorrían todo el municipio, desde San Francisco hasta el antiguo Calvario. A lo largo de ese recorrido existían distintas cruces que marcaban el Vía Crucis y que cada 3 de mayo se adornaban con motivo de la festividad de la Cruz, una tradición profundamente arraigada en Canarias. De las muchas esquineras que debieron de existir, sumada a las que han sido vandalizadas durante los últimos años, apenas se conservan cuatro desde hace más de 300 años.

Un legado arquitectónico único en Canarias

Pero el patrimonio de La Orotava no termina ahí. Su casco histórico conserva todavía la trama urbana consolidada en el siglo XVII, un corredor de plazas y espacios abiertos que enlaza Franchy Alfaro con San Francisco, además de los diez antiguos molinos y tres conventos que, como sostiene el gestor técnico de Patrimonio, evidencian "la enorme importancia que tuvo la Villa dentro de Tenerife". Un conjunto que, además, convierte al municipio en un auténtico catálogo de la arquitectura insular, capaz de reunir "prácticamente todos los lenguajes arquitectónicos que han llegado a Canarias".

Vistas hacia el drago de la Plaza de San Francisco

Vistas hacia el drago de la Plaza de San Francisco / Arturo Jiménez

Ese extraordinario nivel de conservación también responde a la propia evolución del norte de la isla. "A diferencia de otros núcleos urbanos, como el del Puerto de la Cruz, donde el turismo y el desarrollo urbanístico alteraron profundamente el patrimonio arquitectónico y hoy solo se conservan pequeños vestigios de lo que fue, en La Orotava, gracias a que la industria turística se desplazó precisamente hacia la costa, fue posible conservar en gran medida las edificaciones de mayor interés", concluye Hernández.

Quizá por eso recorrer La Orotava sea mucho más que pasear entre casas antiguas. Es aprender a mirar. A subir y bajar pendientes. A levantar la vista del suelo para admirar sus imponentes balcones o esos demonios burlones tallados en piedra. Pero también a bajarla de vez en cuando, para no pasar por alto los adoquines que pisamos o esos discretos guardaesquinas que durante siglos protegieron las fachadas del paso de los carros. Porque, más de cinco siglos después, no hace falta ninguna declaración patrimonial para comprender que el agua, la piedra y la madera siguen contando la historia de una villa que ha sabido conservar su memoria.

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