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Almáciga en Santa Cruz: más que una playa

Los residentes se sienten invadidos por el turismo, mientras lamentan la falta de servicios básicos y el envejecimiento de la población

Almáciga, en Anaga

Arturo Jiménez

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Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Santa Cruz de Tenerife

Almáciga es el nombre de una de las playas más espectaculares de Santa Cruz. Pero también es un barrio de la capital de Tenerife, aunque no lo parece por el abandono que muestra con tristeza el presidente de su asociación de vecinos, Ignacio del Castillo Alonso. El núcleo se asoma al litoral de manera ajena, pues no parece que esa costa le pertenezca a los 80 vecinos que residen allí de manera permanente. "Antes sí íbamos a bañarnos, pero ahora no. Nos sentimos invadidos", explica al referirse a la masiva llegada de turistas y visitantes y a cómo sus vehículos aparcan sin obedecer las señales y dificultando el paso hacia su finca, por ejemplo.

El mar sostiene en volandas las calles estrechas de Almáciga a lo largo de una barandilla. Está entre el mar y la montaña, en una pequeña franja que contiene algunas casas con más de 400 años de historia. Del Castillo asegura que la de su hermano y la suya -recientemente reformada- aparecen en el primer censo de viviendas de Tenerife. Enseña orgulloso la piedra viva de las paredes. Dejó a la vista estos vestigios que hablan de arraigo y tradición para acariciarlas con sus manos grandes y fuertes. Tiene una voz grave, pero sedosa y bajo su apariencia ruda se esconden argumentos que apelan al sentido común y a la coherencia.

Liderazgo vecinal heredado

El padre de Ignacio también fue presidente de la asociación de vecinos. Ahora es su turno. Lucha por la mejora de las calles, por la recuperación del edificio que acogió el colegio, por la rehabilitación del centro cultural, por el acceso libre en la carretera de la playa y, en general, porque la desidia y el abandono no sean los protagonistas en un barrio que respira familiaridad en sus contadas calles. Todo son saludos, idas y venidas de los de siempre -aunque cada vez sean menos-, conversaciones diarias y sonrisas cómplices. Recuerda que en los mejores momentos, Almáciga llegó a tener unos 400 habitantes. Él se marchó en su momento. Tras el nacimiento de su segundo hijo, decidió abandonar su origen por los problemas respiratorios de su recién nacido. "Aquí no te puedes poner malo todos los días y después de las 14:00 horas porque ya no hay médico. Lo más cerca es la Casa del Mar", desarrolla.

De la misma manera, el trayecto hasta la capital es necesario para comprar cualquier cosa. Queda un bar y una pequeña tienda. Pero reconoce que para una familia con niños, sería muy complicado vivir en un sitio como Almáciga. Aun así, celebra que dos matrimonios con hijos se vinieron recientemente a vivir allí y, gracias a ellos, no cerró el colegio de Taganana el pasado curso. Al límite. También llegan extranjeros que deciden comprar y se instalan o algunos deciden alquilar de manera estacional sus propiedades. Por lo que la vivienda vacacional llega hasta los lugares más recónditos de Tenerife. Cuenta aproximadamente una veintena de alojamientos de este tipo en el barrio.

La infancia en Almáciga fue muy feliz para él. Con pocos recursos, pero llena de vida. "Ahora hay mucha tranquilidad, pero no hay apenas vida. Antes había gente y no teníamos recursos. Por ejemplo, no teníamos polideportivo. Ahora, que hay polideportivo, no hay gente que lo disfrute", pone de ejemplo la paradoja del avance de servicios ligado a la despoblación de lugares como este. Un fenómeno, que junto al envejecimiento, baja a gran ritmo los números de residentes.

Punto de encuentro

El bar El drago es el punto de encuentro de los vecinos. Poco a poco, a cuentagotas, se van a acercando para echarse un refrigerio vespertino. El líder vecinal invita a pasear por las calles más singulares y coquetas de Almáciga. La pendiente sin asfaltar precede a la imagen de deterioro y suciedad del antiguo colegio. Un inmueble al que Ignacio tiene un gran cariño y en el que pasó grandes momentos de su infancia. "Incluso mi hija llegó a estudiar aquí. Y ahora mira cómo está", señala. La valla metálica instalada no impide observar el mal estado del edificio. "¿Cómo me pueden decir desde el Ayuntamiento de Santa Cruz que esto no es abandono? Si proponen derrumbarlo, no lo voy a permitir", anuncia. Sugiere la rehabilitación y ganarle espacio a la calle. El antiguo colegio está alongado sobre la costa, siendo un balcón perfecto a la playa. Recuerda que había un sendero que conducía directamente hasta abajo y por el que después de clase iban directos a bañarse.

Otra muestra de desamparo en este enclave idílico de Santa Cruz es el centro cultural. Está cerrado y a pesar de ser un edificio moderno y funcional, un problema en el alcantarillado no permite su uso. "Cuando tiras de la cisterna todo se sale por esta tubería de la pared", identifica un canal que está a la vista y reparado con cinta americana. "Mi padre luchó muchísimo por tener este centro cultural y aunque llevo dos años de correos electrónicos y quejas, no hay manera de que nos hagan caso", denuncia.

Lo cierto es que Almáciga encierra un halo especial. Aunque los principales servicios e infraestructuras no se conserven, el discurso de Ignacio habla del compromiso con su origen. Una vecina que pasa en coche le pregunta si más tarde estará en el bar. Necesita trasladarle una demanda como presidente de la asociación de vecinos. Ahí es donde se encuentra el verdadero carácter de lugares que parecen estar muriendo. Esa familiaridad y esa disposición insufla oxígeno. Es una descarga más de un desfibrilador para reanimar la vida del barrio y evitar la parálisis demográfica. Es para recordar que aunque Almáciga sea el nombre de una playa, también es hogar de casi un centenar de personas que renuncian a la costa para no sentirse extraños en su propia casa.

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