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Medio Natural

Isora García (agricultora, 38 años): "Hay que transmitir a los jóvenes que del campo se puede vivir"

Isora García, agricultora tinerfeña de 38 años, supone la tercera generación de una familia dedicada al sector primario en Arico. Al frente de Pitaber, ha tomado el relevo de una tradición familiar que supo reinventarse con nuevos cultivos como la pitaya, una apuesta que hoy simboliza innovación, arraigo al campo y futuro para la agricultura de la Isla.

Isora García, agricultora, en su finca de Arico

Isora García, agricultora, en su finca de Arico / María Pisaca

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Arico

Isora García (Arico, 1988) representa el compromiso con la tradición agrícola de su famila, la formación académica para retornar al mundo rural y la fuerza emergente de la mujer en un sector primario muy masculinizado.

Pitaber apostó por la pitaya cuando todavía era un cultivo prácticamente desconocido en Tenerife. ¿Cómo recuerda aquellos primeros pasos y qué les convenció de que podía funcionar en Arico?

Todo empezó con un proyecto que buscaba una finca donde desarrollar un cultivo experimental de pitaya. Se lo ofrecieron a varios agricultores y mi padre fue uno de los que accedió, porque tenía un invernadero vacío de 4.000 metros cuadrados. A partir de ahí se trajeron variedades de pitaya que se conocían en ese momento en distintas partes del mundo y se estuvieron estudiando durante cinco años en nuestra finca. Nuestra mano de obra se encargaba de llevar el cultivo y, al mismo tiempo, se hacían anotaciones sobre el comportamiento de la planta: crecimiento, floraciones, polinizaciones, fruta y poscosecha. Cuando terminó ese estudio, a mi padre le pareció una alternativa muy interesante para la agricultura de Canarias. Sobre todo porque es un cultivo que necesita poca agua y porque la pitaya tiene unas propiedades muy buenas. Él apostaba por una agricultura más sostenible. En 2010 nos lanzamos con el primer invernadero de producción intensiva y, a partir de ahí, empezamos a crecer hasta llegar a los 50.000 metros cuadrados de pitaya que tenemos ahora.

Su padre, Bernardo García, decidió innovar tras la pérdida de rentabilidad del tomate de exportación. ¿Qué supuso para la familia dejar atrás un cultivo tradicional y abrir camino con una fruta exótica?

Mi padre siempre fue un adelantado en ese aspecto. Vio desde mucho antes que el tomate en Canarias corría peligro e incluso empezó a transformar las fincas años antes. Cambiamos a plátanos todo lo que pudimos y también estuvimos cultivando mucha papaya, que se vendía a través de intermediarios. Apostar por la pitaya fue un salto, claro, porque todo negocio tiene sus riesgos. Pero si crees en él, apuestas por él y luchas por él, puedes sacarlo adelante. La familia creyó en el proyecto y lo seguimos haciendo. Mi padre falleció hace cuatro años y nosotros hemos seguido creciendo. Yo me incorporé a la empresa en 2011, cuando terminé mis estudios de Administración y Finanzas. Empecé un poco verde, porque acababa de terminar, pero el proyecto creció a la vez que mi inicio laboral. Al principio dependíamos de intermediarios y cooperativas para vender la fruta, pero vimos que los problemas de logística, al ser una fruta delicada, hacían que no tuviera el valor que merecía en el mercado. Por eso en 2015 creamos nuestra propia comercializadora. Empezamos a negociar directamente, primero fuera de Canarias, y luego con cadenas de supermercados canarias. Eso fue fundamental para que la pitaya se conociera y para que el proyecto pudiera sostenerse.

El Cabildo impulsó en 2005 una iniciativa pionera en Europa para introducir la pitaya en la Isla. Más de dos décadas después, ¿cree que aquella apuesta ha demostrado que el campo tinerfeño puede reinventarse?

Sí, totalmente. Además, creo que todavía nos queda introducir mucha tecnología que ya está en camino. Es verdad que hay personas en el campo que todavía no apuestan tanto por la tecnología, pero la generación joven que viene sí está incorporando herramientas muy interesantes, que agilizan el trabajo y mejoran la rentabilidad. La experiencia de la pitaya demuestra que el campo puede reinventarse, pero también que hace falta constancia, estudio y capacidad de adaptación.

La pitaya se adapta bien al clima subtropical de Tenerife y consume mucha menos agua que otros cultivos.

Son factores claves. Una de las razones por las que mi padre vio futuro en este cultivo fue precisamente que necesitaba poca agua. En Canarias tenemos que pensar en una agricultura sostenible y adaptada a nuestro territorio. No se trata solo de producir, sino de hacerlo de una manera que tenga sentido para nuestras condiciones climáticas y para los recursos que tenemos.

“Cuando vendemos fuera, lo que más nos enorgullece es que sea un producto de origen canario”

Pitaber produce actualmente unos 100.000 kilos al año y ha experimentado con variedades como reina, dragón, arena, king o fuego. ¿Qué ha aprendido durante este proceso de prueba, error y especialización?

He aprendido que en agricultura todo lleva tiempo. Los estudios de variedades, o la incorporación de nuevas variedades, requieren como mínimo cuatro o cinco años, porque la planta necesita desarrollar suficiente materia vegetal para poder valorar bien su crecimiento, su floración y su producción. Cada experimento exige paciencia. No puedes sacar conclusiones rápidas. Hay que observar, corregir, aprender de los errores y especializarse. Ese proceso es el que nos ha permitido ir mejorando.

Usted pertenece a la tercera generación de una familia dedicada al sector primario. En un momento de abandono del campo, ¿cómo ve el relevo generacional en la agricultura canaria?

Yo no creo que el problema sea solo que la agricultura sea un sector complicado, porque todos los sectores lo son y todos tienen riesgos. Creo que falta información para la juventud. Hay que transmitir que hay negocio en la agricultura y que de la agricultura se puede vivir. Participo en organizaciones de jóvenes agricultores en las que intentamos potenciar precisamente eso. También hay que hablar de la calidad de vida que te da trabajar en el campo. Yo me siento muy afortunada, la verdad.

“La experiencia de la pitaya demuestra que en este sector es posible reinventarse”

Tiene 38 años y está al frente de una empresa agrícola familiar. ¿Qué significa para usted ser mujer en una actividad rural tradicionalmente asociada a los hombres?

Creo que la mujer se va abriendo camino. En mi caso, la verdad es que siempre he recibido notas de halago por mi trabajo y veo que lo que hago se refleja cada día. No me gusta diferenciar tanto entre hombre y mujer, aunque es verdad que a veces tenemos que hacernos notar y defendernos más. Pero se va abriendo camino.

“Nuestro sol y nuestro sabor son factores inconfundibles en todo el mundo”

La pitaya se presenta como una “súper fruta” por sus propiedades nutricionales y cada vez tiene más demanda en el mercado nacional. ¿Qué retos tiene ahora Pitaber para seguir creciendo sin perder calidad ni identidad local?

Para mí es fundamental el equipo de trabajo que tenemos en la finca. Siempre presumo de él, porque gracias a ese equipo seguimos mejorando la calidad. También defendemos mucho nuestro producto canario. Nuestro sol y nuestro sabor son inconfundibles. Cuando vendemos fuera de Canarias, lo que más valoramos es precisamente que sea un producto de origen canario y el valor añadido que eso tiene. Hay que darle valor a lo nuestro y seguir creciendo sin perder esa identidad.

Cuando camina por la finca y ve florecer la pitaya de noche, ¿siente que esta apuesta familiar ya forma parte del futuro del campo tinerfeño?

Sí, totalmente. Aquella idea, que en su momento fue innovadora y arriesgada, está consolidada. Por supuesto, hay que seguir trabajando, porque en el campo nunca se puede dar nada por hecho, pero el proyecto forma parte ya del presente y del futuro de la agricultura en Tenerife.

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