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Lomo de las Bodegas, refugio de Anaga

En la ‘capital’ de Punta de Anaga 1976 marca un punto de inflexión: acabó la esclavitud, cuando se trabajaba por la comida, la nueva carretera de Igueste provocó el éxodo a Santa Cruz. Y llegaron los primeros sueldos.

Lomo de las Bodegas, en Anaga

Arturo Jiménez

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Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

Lomo de las Bodegas no solo es la Anaga profunda sino la parte más nororiental de Tenerife, la Isla y su capital, Santa Cruz, linda con el océano Atlántico. Este enclave es la ‘capital’ de la Punta de Anaga, donde se localizan los asentamientos de Chamorga, La Cumbrilla y, en medio, Lomo de las Bodegas, un núcleo poblacional que en su época de oro llegó a reunir hasta treinta y seis familias, frente a los catorce vecinos censados -diez hombres y cuatro mujeres, según los datos de la Unidad de Población de Santa Cruz en 2025-.

Casi 32 kilómetros y una hora en coche marcan la diferencia de la Santa Cruz cosmopolita, hasta con tranvía, de la capital verde, donde el ‘súper’ son las gallinas de Antolín ‘El Cachimba’, el cabrero de toda la vida. Sin servicios y como único ‘lujo’, una guagua que pasa tres veces al día. De las treinta y una casas que conforman el Lomo de las Bodegas. «Aquí habemos fijos doce vecinos», cuenta desde el ‘parlamento’ de la casa de José Rodríguez González, el salón donde se suman a la conversación Santiago Gallardo, jubilado, y Orlando Gómez, de 50 años en el carné y veinte menos en la vida real.

Una de cada cinco viviendas de Lomo de las Bodegas se dedica a turismo vacacional en un caserío que tiene tres velocidades: de lunes a viernes, donde se paraliza el tiempo; los sábados y domingos, cuando se reúnen los vecinos de los fines de semana, y de octubre a marzo, cuando hay más extranjeros que residentes. Un dato para valorar lo que se tiene, o no. En la actualidad, un italiano que adquirió hace unos años una vivienda y la rehabilitó la está vendiendo por 230.000 euros; y es que en este lugar muchas veces vale más remodelar una casa que adquirirla.

Lomo de las Bodegas, un refugio suspendido a 530 metros de altitud donde el tiempo camina despacio. Un caserío de Santa Cruz entre montañas, senderos, casas con historia y el Atlántico al fondo, con la ermita de Santiago Apóstol como testigo.

José Ángel Rosa, vecino de El Suculum y los fines de semana del Lomo de las Bodegas, pone en situación al visitante para entender el lugar. «Para mí es el sitio donde me voy a refugiar, menos de lo que quisiera. Significa salir de todo el agobio, desconectar de todo».

Pero para entender este refugio hay que mirar atrás. «Llegaron a haber hasta 36 familias y, hablando mal y claro, hubo esclavitud hasta los años sesenta. Había demasiada gente en tan poco terreno y tenían que trabajar casi por la comida», relata José Ángel. Una realidad que cambió cuando la conexión con Santa Cruz abrió una nueva vida: «Los viejos que hoy tienen ochenta y pico años cuentan que trabajaron toda la vida y su primer sueldo lo vieron con veinte años».

La carretera de Igueste de San Andrés, terminada en 1976, y el crecimiento de la capital marcaron el gran punto de inflexión. «Esa fue la gran emigración de Anaga: colonizó El Suculum, Cueva Bermeja o Los Campitos. Empezaron en las obras de Santa Cruz, en la Casa del Mar, en trabajos que se hacían al hombro. Venían de dormir quince personas en una cueva o en una casa pequeña en la Punta y dormir sobre unos tableros y unos sacos de cemento en Santa Cruz, aunque otros lo vieran pobreza, para ellos era ser ricos. Era ir hacia adelante», sentencia.

Otra realidad

Hoy el Lomo de las Bodegas vive otra realidad. Un lugar sin servicios, donde la tranquilidad es precisamente su mayor valor. «Allí no existe nada, nada, nada», resume José Ángel sobre un enclave buscado ahora por quienes quieren caminar, naturaleza y silencio. «Es gente que va buscando un poco la tranquilidad», dice de ese otro visitante que ha descubierto en la Anaga más alejada el mismo refugio que él.

Entre los vecinos hijos del Lomo de las Bodegas, José Rodríguez. Su padre, de Chamorga; su madre, de Almáciga, y él residía en San Andrés, donde conoció a su esposa, quien fuera nieta de vecinos de Lomo de las Bodegas.

Quince vecinos viven fijos en el Lomo de las Bodegas donde los extranjeros son mayoría en invierno

José recuerda cuando en 1964 se llegaba por la carretera del Bailadero hasta Punta Anaga y casi se emociona cuando recuerda cuando se abrió la carretera de Igueste de San Andrés que acercó el Lomo de las Bodegas a Santa Cruz. Por entonces, con 18 años, estrenó su coche, un Renault ‘cuatro latas’ matrícula TF4630. «Llegué a meter hasta ocho o diez personas para venir a las fiestas del pueblo».

Trabajo fuera de Anaga

Con la puesta en marcha de la nueva carretera todo cambió. Muchos vecinos del Lomo se marcharon a trabajar a San Andrés, Los Campitos, Las Chumberas, Finca España y, en el mejor de los casos, volvían los fines de semana. «De 1968 a 1977 bajó la población», cuenta como si hubiera un censo; el conocimiento diario. «Los primeros se fueron a trabajar a la Refinería o el muelle o la Fábrica Record y los más rezagados encontraron un puesto en las obras».

José habla con orgullo del sentido de pertenencia de vivir en Lomo de las Bodegas y con el dolor de corazón de quien ve que los políticos usan Anaga para la propaganda pero se olvidan de arreglar los senderos. «Mucha publicidad con la Reserva de la Biosfera y el Parque Rural pero el dinero que mandan no llega y lo que dicen que hacen lo gestionan con sordina y no cuentan con los residentes», lamenta.

Lomo de las Bodegas, en Anaga

Lomo de las Bodegas, en Anaga / Arturo Jiménez

Desde su cátedra y con la huella del trabajo en sus manos, José se lamenta de que las decisiones las tomen los técnicos y no lo que cuentan los vecinos. «El sendero de Roque Bermejo a El Draguillo estuvo cerca de diez años cortado; era un peligro pasar por el puente de El Draguillo cuando llovía». Y plantea precisamente una solución en ese sendero que permite una ruta circular entre Roque Bermejo y Almáciga.

Servicio de guaguas limitado

No pasa por alto la incomunicación a la que está sometido el Lomo de las Bodegas de no ser por las tres visitas que realiza la guagua de Titsa -a las 6:20, 16:30 y 19:30 horas-. «¿Y si te toca el médico al mediodía qué haces?», pone el dedo en la llaga. Intenta meter baza en la conversación Santiago: «Ir del Lomo de las Bodegas a Santa Cruz es una aventura», para incidir en la necesidad de arreglar los senderos como alternativa a la masificación cuando el turismo se hace fuerte.

José se reivindica. «Había unas vallas metálicas, ahora pusieron otras nuevas y han quitado apartaderos. ¿Qué haces si pinchas una cubierta?».

«La mayoría de los vecinos de aquí somos jubilados; aquí no pueden vivir familias», explica José en referencia a la dependencia del coche para llevar a los niños al colegio, acudir al trabajo o corresponder a una cita médica.

Intenta participar de nuevo en la conversación Santiago, quien trabajó en la construcción hasta su jubilación. Vivía en Santa Cruz -la cosmopolita- hasta que se estableció en una casa que tenían sus padres en el Lomo de las Bodegas hace unos quince años, mientras José dice que tras la pandemia se quedó fijo en el refugio donde José Ángel encontró la paz y donde tiene puestos sus ojos para poner destino a su retiro. «Aquí tenemos agua, luz y fibra», presume José, quien reconoce que lo tiene todo cuando lo visita su hija, que reside en El Sobradillo, con su nieta, Vega, de 8 años. Entonces ya lo tiene todo. Paz. Y para cerrar, un chupito de moro del propio José.

Lomo de las Bodegas, en Anaga

Santiago Gallardo, vecino de Lomo de las Bodegas, en Anaga / Arturo Jiménez

Santiago Gallardo, vecino

Santiago Gallardo encontró su retiro dorado en la paz y en la tranquilidad de el Lomo de las Bodegas, donde recuperó una casa de sus padre y cerró su etapa laboral en la construcción que lo llevó por toda la Isla para disfrutar el ansiado júbilo en este paraíso natural, donde disfruta del puñado de vecinos que viven todo el año. En la conversación, Orlando, un transportista de un centro comercial que aprovecha cada descanso para refugiarse en Anaga. Tiene claro donde se jubilará.

Lomo de las Bodegas, en Anaga

José Rodríguez González, vecino de Lomo de las Bodegas, en Anaga. / Arturo Jiménez

José Rodríguez González, vecino

José Rodríguez es el oráculo del Lomo de las Bodegas; testigo de la transformación del asentamiento de Anaga cuando las familias se contentaban con ganar el sustento con lo trabajado en el campo hasta que encontraron un futuro más próspero con la apertura de la carretera que los acercó a Santa Cruz. Se lamenta que el Parque Rural sea más una foto bonita para publicitar la Reserva de la Biosfera que un destino del dinero que asigna Europa para mejorar la calidad de vida de sus vecinos.

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