Jonathan Molina, productor y vendedor de frutas y verduras: "La soberanía alimentaria de Tenerife depende cada vez de menos empresas"
El ingeniero agrícola considera que los consumidores valoran el producto de kilómetro cero, pero deberían preocuparse por el abandono de la agricultura porque les afectará al bolsillo

Molina en las dependencias de La Limera, en Tegueste / Arturo Jiménez
Jonathan Molina fue heredero de una de las producciones de zanahoria más grandes de Tenerife durante 30 años. Hace 15 decidió, junto a su hermano, reconvertir el negocio tradicional y familiar diversificando el producto y basándose en el kilómetro cero. Abrieron un punto de venta en Tegueste y son una excepción a la norma genérica del relevo generacional del sector primario en la Isla. Pesimista, Molina habla sobre el estado de la agricultura insular.
¿Cuál es la clave de su proyecto de La Limera en Tegueste?
Nuestra clave está en los productos de kilómetro cero. Vendemos más de dos toneladas o dos toneladas y media a la semana de nuestra producción. Movemos bastante volumen.
¿Ha calculado el ahorro de emisiones de dióxido de carbono que implica esta cifra?
No hemos hecho un cálculo cerrado porque es complejo y en estos análisis a veces se sobreestima o se simplifica demasiado. Una cebolla cultivada en la Península con mecanización y millones de kilos puede tener un coste energético bajo por kilo, aunque después está el transporte marítimo hasta Canarias. Si se compara con un contenedor procedente de Córdoba, con grandes volúmenes, no siempre es fácil afirmar que la diferencia sea enorme. En cultivos de invernadero donde no hay tanta mecanización, nosotros podemos ser casi igual de productivos. Pero la diferencia sí es evidente frente a un kiwi de Nueva Zelanda o un tomate de Polonia. Depende mucho del producto y de su origen.
¿El cliente valora el kilómetro cero?
Desde mi punto de vista, casi todo el mundo lo valora. Creo que lo valora más gente de lo que creemos, pero lo que ocurre es que la realidad nos lleva a veces a pasar por la otra estrategia: comprar en lugares donde hay una centralización grande de producto, a grandes superficies. La ventaja que tienen respecto al consumidor es clarísima porque concentran la oferta. O sea, vas a un sitio y lo compras todo. No supone un sobrecoste de tiempo. El producto local de una tienda como la nuestra supone moverte a buscar el otro producto que necesitas. Ahí es donde creo que tenemos una desventaja. En cuanto a la calidad, cuando empiezas a hacer variedades iguales a las que venden las grandes superficies, no tengo nada en qué competir con los supermercados. Tengo que poner un tomate mejor, tengo que poner una zanahoria mejor, tengo que poner la verdura mejor.

El propietario de uno de los puntos de venta de kilómetro cero en Tenerife, Jonathan Molina / Arturo Jiménez
¿Por qué ha subido tanto el precio de la verdura?
No es porque se consuma más, sino porque se cultiva mucho menos. En un mercado no regulado, cuando un producto se mantiene caro durante un tiempo, eso debería ser un incentivo para que se cultive más. Antes, si el pimiento daba dinero durante dos campañas, al año siguiente se llenaba la Isla de pimiento y el precio caía; el mercado se autorregulaba. Ahora hay cultivos que se venden caros y, aun así, no resulta rentable plantarlos. Eso es lo grave.
¿Qué significa actualmente la soberanía alimentaria en el contexto insular?
Desgraciadamente, puede acabar significando que la mayor parte del producto canario que resista frente a la competencia se compre en grandes superficies. Es muy complicado vender fuera. Si se aprieta todavía más en Mercatenerife con inspecciones y requisitos, agricultores de sesenta y tantos años que ya tienen para vivir pueden decidir jubilarse. No soy muy optimista con la producción local si no hay un cambio.
¿Debería preocuparse el consumidor por la desaparición del agricultor local?
Sí, y quizá más que el propio agricultor. El consumidor debe entender que el problema le va a afectar directamente al bolsillo. Si se deja de cultivar, la subida de precios la paga quien compra. El precio medio de productos como el pimiento ha subido muchísimo: donde antes podía estar en torno a 80 céntimos, ahora puede encontrarse a más de tres euros en frutería. Yo lo pongo al precio al que me llega. El productor lo sufre porque puede desaparecer, pero el consumidor lo verá en su compra anual. Una familia que consume bastante verdura puede acabar pagando 600 u 800 euros más al año sin hacer ese cálculo de manera consciente.
¿Cómo describiría el estado actual de la agricultura en Tenerife?
Tiene mucho potencial: clima, capacidad productiva, población, turismo, demanda... Pero también amenazas muy fuertes. Hay productos que aquí cuesta cada vez más cultivar porque se retiran materias activas fitosanitarias, algo que puede tener sentido ambientalmente, pero si fuera se sigue usando esa herramienta y ese producto puede entrar aquí, nos perjudicamos a nosotros mismos. No es estar a favor o en contra de una agenda o de unos objetivos, sino analizar sus consecuencias. Si las exigencias europeas terminan favoreciendo al producto que llega de Turquía, Marruecos u otros lugares con menos controles, hay que replantearse cómo se aplica esa política.
Entonces, ¿cree que la burocracia es uno de los grandes problemas del campo?
Sí. Para competir con las grandes empresas que venden a las superficies tienes que entrar en su mismo juego de subvenciones, controles e inspecciones. A un pequeño agricultor le dicen que tiene que poner una valla, justificar un tractor o cumplir determinadas certificaciones, y muchos, que además tienen entre cincuenta y setenta años, responden: “Pues planta tú”. Se habla mucho del agua, pero la burocracia y todo lo que hay que cumplir para producir son problemas principales. Además, nuestros competidores de fuera de Canarias o de Europa no siempre cumplen las mismas exigencias.
Vienen de una tradición agrícola familiar centrada exclusivamente en la zanahoria. ¿Cómo surge la evolución del modelo tradicional de sus padres hasta el que tienen implantado ahora?
La evolución surge hace como unos 15 años, cuando acabo la carrera de Ingeniería Agrícola junto con mi hermano. Nace la idea de cultivar de otra forma, porque la zanahoria requiere mucho monocultivo. Nuestra idea era hacerlo más sostenible y la única forma que había era metiendo muchos cultivos en rotación. Este fue uno de los cambios. Profesionalmente, no me motivaba tanto el cultivo de la zanahoria, porque es muy intensivo en fitosanitario. No había otra forma de hacerlo ni la hay.
¿Y por qué decidieron asumir el relevo generacional y abrir la tienda de La Limera?
Por profesión tenía varias salidas. Una era la investigación. Y otra era esto: emprender. Era un reto un poco mayor, pero es verdad que teníamos todo el camino abierto. La experiencia de nuestros padres, el mercado, éramos una empresa muy reconocida en la producción local y eso estaba ya. La tienda física era un reto porque era algo nuevo, pero va bien. Crecimos de manera muy lenta porque no nos basamos en redes sociales y ha sido muy, muy natural. Lo realmente complejo es unificar la planificación de nuestra siembra con la previsión de ventas. Todo se hace mucho más fácil cuanto más se vende. Nosotros ahora, por ponerte un ejemplo de hortaliza, puede que estemos vendiendo alrededor de unos 600 kilos de tomate a la semana, entre tienda y el reparto a hostelería. Es mucho más fácil para mí planificarme que si vendo 30 o 40 kilos a la semana. Puedo hacer cultivos grandes que si me quedo un poco corto, puedo comprar y si me sobra, vendo en Mercatenerife. Juego con eso. Lo difícil es ver qué cultivos hago todo el año, cuáles hago más de temporada, intento tener una continuidad en ciertos cultivos... En cebolla, por ponerte otros ejemplos, estamos en diez meses con la nuestra. En calabaza, estamos alrededor de unos siete meses, zanahoria intentamos tener casi todo el año y después de cultivos de invernadero, igual intentamos solapar una cosa con otra. La papa es otro de nuestros puntos fuertes porque nos hemos basado en trabajar con papa local y dedicamos gran parte de nuestras parcelas para abastecer la tienda todo el año.
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