Chimaje, en Güímar, donde la calma besa el mar
En el litoral de Güímar se localiza este pueblo que comenzó como zona de baño de El Escobonal hasta establecer su residencia una docena de familias todo el año, salvo en verano, que cuadruplica su población.

Arturo Jiménez

«Estábamos haciendo una alfombra del Corpus Christi en la plaza de San Pedro y muchos güimareros se sorprendían y no sabían cuando leían Chimaje qué era eso y dónde estaba». El testimonio de Gara Hernández, madre de los tres niños del pueblo, da buena cuenta del desconocimiento de propios y extraños de este lugar que se localiza donde Güímar besa el mar y nace la calma, que solo la interrumpe la temporada estival.
Chimaje encabeza el ‘cinco en raya’ que se encuentra si el conductor accede a la comarca de Agache por el kilómetro 31 de la Autopista del Sur de Tenerife (TF-1) a la altura de El Tablado: primero, Chimaje; pegado, La Puente, solo separado por un par de contenedores del otro pueblo; luego, Santa Lucía, Punta Prieta y La Caleta, la otra entrada y salida, a la TF-1, a la altura del kilómetro 29.
Este núcleo es la prueba del algodón para ver cuántos que presumen de conocer el territorio insular han pisado este enclave que, como recuerda Milagros, se constituyó desde comienzos del siglo pasado casi como ‘la residencia de verano’ de vecinos de El Escobonal, que bajaban a la playa a disfrutar de la pesca y el baño, si bien es más segura y recomendable la piscina natural construida junto a la playa que se localiza desde la hoya que se adivina desde la parte alta, y donde se teme un mar traicionero para muchos por corrientes y por estar bravo, o picado, la mayoría del año.
Casi con nostalgia, Milagros recuerda el tiempo que pasó hasta el otro día, cuando vendió la casa que durante décadas fue su refugio frente al mar. «Yo la compré viejita, casi cayéndose, la arreglé toda y la convertí en un apartamento», rememora esta testigo de la transformación de Chimaje desde que era una niña. «Aquello era un barrio de pescadores» formado únicamente por cuevas donde varias familias compartían espacio, faenas y vida. «Cuando el mar estaba bueno, salían a pescar; luego, se reunían a remendar los aparejos o a jugar a las cartas. Éramos como una familia». Ahí hizo su vida junto a su esposo, chófer de guaguas dedicadas al transporte de turistas, y con sus tres hijas. La vecina, natural de El Escobonal, recuerda que durante décadas bajaban caminando hasta Chimaje cargados con comida y enseres porque «no había ni autopista –se inauguró en 1970–, ni agua, ni luz». El agua había que recogerla en un tanque situado en la parte alta y, cuando aún no existían baños, las cuevas servían también para cubrir las necesidades más básicas. «Y, sin embargo, éramos felices», resume.
Con el paso de los años llegaron la autopista, las primeras casas y, más recientemente, el merendero construido en la plaza, junto a la playa, por los propios vecinos con materiales aportados por el Ayuntamiento; tres mesas, unos bancos y un fogón listo para el uso y disfrute. «Eso cambió todo», lamenta. Chimaje dejó de ser aquel rincón casi desconocido para convertirse en un punto de encuentro cada fin de semana y durante todo el verano. «Cada vez viene más gente. Al final vendí la casa porque ya no se podía ni dormir», reconoce Milagros, convencida de que el pequeño barrio ha ganado población y perdido parte de la tranquilidad.
Con luz, agua e internet, pero no alcantarillado ni saneamiento, la playa, la piscina y un merendero con tres mesas y fogón son los servicios; el atractivo: la paz
Después de releer el topónimo para no equivocarse en el diálogo con los vecinos, los visitantes se adentran por la carretera y estacionan el vehículo en un pequeño descampado que se levanta como una atalaya, en la linde de Costas, donde están las casas cuevas, y por arriba construcciones de dos plantas. Frente por frente, la casa amarilla donde vive Paco, que se alonga a la ventana para interesarse por la visita, mientras su mujer tarda más en retroceder que en salir al balcón para husmear.
El vecino prefiere mantenerse al margen y limita las explicaciones a marcar distancias, en los dos sentidos. «Chimaje es desde la entrada por la Autopista hasta donde están esos dos contenedores; de ahí para allá es La Puente. No le puedo decir más porque llevo poco tiempo aquí», y despide la visita.
En la calle de subida, denominada de poco para acá La Orotava y antes Séptima-La Puerta, unos chiquillos corretean y entre juegos saludan, una oportunidad para ir a su encuentro. En la puerta del garaje entreabierto, Gara, la madre de los tres niños de Chimaje. Vivía con sus padres en La Esperanza hasta que decidió mudarse al litoral de Agache. Hizo suya la isa que dice que la Virgen de Candelaria tiende su manto desde la cumbre hasta la playa. Su generosidad de diálogo permite conocer cómo se vive todo el año en un pueblo sin servicios: para la guagua, hay que ir a cogerla a la autopista; la farmacia o el médico, en el Puertito de Güímar, El Escobonal o en Candelaria; el colegio de los niños, en Arafo, y para comprar... al Polígono de Güímar. Sin coche, casi ‘no se es persona’ en Chimaje.

Un buzón de una vivienda de Chimaje. / Arturo Jiménez
Pero es feliz. En verano, unas 40 familias habitan la zona; el resto del año, una quincena. Su hijo mayor, Besay, acabó cuarto de la ESO y está a la espera de la confirmación de plaza en el IES El Sobradillo para estudiar Electromecánico, para seguir los pasos de su padre, solo que especializado en coches eléctricos. A ellos no les hace falta ni bajar a la piscina natural, pues disfrutan con la suya, plástica, en la misma calle.
En la primera esquina de la entrada a Chimaje, Ignacio Castro, quien se jubiló tras 44 años trabajando en Frigoríficos Armada, en la Dársena Pesquera. Como no daban vacaciones, en 1988 dejó Ofra para comprar un solar por 400.000 pesetas y levantar una casa de dos plantas que culminó en 2002. «Fui el primero en vivir aquí».
En la parte baja, en zona de Costas, pegado al mar, una docena de casas cuevas. Frente a la piscina construida en la orilla, una joven que vive en la casa de sus padres y disfruta de la paz necesaria para preparar sus oposiciones de administrativo en busca de una estabilidad económica, pues la paz ya sabe dónde esta y no renuncia a ella. Tan cerca y sin embargo tan lejos de la civilización.

Ignacio Castro. / Arturo Jiménez
Ignacio Castro, primer vecino de El Toscal, en Chimaje
Ignacio Castro ha visto crecer Chimaje en los últimos 40 años, desde que dejó atrás la capital para establecerse en la costa de Güímar. No daban vacaciones en su empresa e hizo de la necesidad virtud. Ser el primero en levantar su casa en la esquina de su calle le permitió nombrar la vía: El Toscal, en recuerdo del barrio que lo vio nacer en el Pasaje Primero de Ravina. A sus casi 80 años y padre de tres hijos, se pregunta «a dónde voy yo ya», sin añadir la coletilla... que esté mejor que aquí.

Gara Hernández. / Arturo Jiménez
Gara Hernández, vecina desde hace cuatro años
Hace cuatro años compró la casa en Chimaje y ganó la independencia de vivir en suelo propio, en una construcción que adquirió ya hecha. Su familia garantiza el futuro del pueblo, que tiene agua y luz, pero no alcantarillado, y no falta quien demanda aumentar los tres postes de iluminación que hay desde la entrada por la autopista para caminar por la noche, aunque reconoce la mejora que ha hecho el Ayuntamiento de Guímar de la piscina natural, recién pintada, o el mantenimiento de barandillas.
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