Cabras, ganaderos y bañistas comparten el muelle del Puerto de la Cruz en una fiesta con memoria: el baño de las cabras
Los cabreros conducen sus rebaños desde las medianías hasta la orilla para cumplir con el ritual ancestral de purificar y favorecer la fecundidad del ganado

Andrés Gutiérrez

La mañana del 24 de junio comienza temprano en el muelle pesquero del Puerto de la Cruz. Aún queda rastro de la celebración de la víspera, las hogueras yacen chamuscadas y los chorros permanecen enramados de frutas y hojas de palmera, pero la atención se desplaza, ahora, hacia el mar. Varios cabreros, acompañados de sus perros pastores, conducen sus rebaños desde las medianías del Valle de La Orotava hasta la orilla, ante la mirada de cientos de personas que se congregan para asistir a un rito que forma parte del patrimonio cultural del municipio portuense. Es el día del baño de las cabras.
Con retraso, pero a ritmo canario
"¿Dónde están las cabras?", se preguntaban los curiosos. Y es que, con una hora y media de retraso y los comercios aún cerrados, las más de 300 cabras llegaban acompañadas al ritmo de un tajaraste y a canto de bucio, tambor y pitos herreños. Antes de su arribada, ya había quienes buscaban su lugar a lo largo y ancho del muelle, pues en su pequeña playa aprovecharían el buen tiempo para darse un chapuzón. Incluso, había quienes se remojaban antes del inicio del ritual. "Ni frío ni na’; estaba tremendo, maestro", dice uno de los bañistas.
Antonio, un vecino octogenario, lleva toda la vida viendo llegar las cabras al muelle y lo resume con la naturalidad de quien ha crecido con la tradición delante de casa: "Todos los años. Todos los años... y de toda la vida". Mientras espera la llegada de los rebaños, bromea sobre el retraso: "Ahora los cabreros están flojos, ¿no? No dan de comer, pues... huelga de cabras", comenta entre risas.
Más allá de la anécdota, Antonio recuerda una época en la que este rito formaba parte de la vida cotidiana del campo y no se limitaba a las cabras en San Juan. "El pato, la gallina clueca, el caballo... todo lo bañaban", rememora. Para él, aquella costumbre respondía a una creencia popular. "La hacían también para que se le quitara la calentura, una tradición que hoy sobrevive en el muelle como uno de los últimos vínculos visibles con aquel mundo rural", sostiene.
Una histórica tradición
Y es que el baño de las cabras hunde sus raíces en prácticas ganaderas muy antiguas, vinculadas a la cultura guanche de Tenerife, y durante décadas ha sido un gesto de purificación, salud y fecundidad para el ganado. El contacto con el agua del mar, según la interpretación etnográfica más extendida, servía para limpiar, desparasitar y proteger a los animales, al tiempo que condensaba una dimensión simbólica ligada al ciclo de la vida y a la fertilidad.

Más de 300 cabras en el muelle del Puerto de la Cruz / Andrés Gutiérrez
La costumbre, sin embargo, no ha llegado hasta hoy de forma ininterrumpida. Como tantas otras expresiones de la memoria popular, se perdió durante buena parte del siglo XX y no volvió a cobrar fuerza hasta comienzos de los años ochenta, cuando colectivos culturales y personas vinculadas a la identidad del Valle de La Orotava impulsaron su recuperación. Desde entonces, el baño ha vuelto a formar parte inseparable del calendario festivo de las fiestas de San Juan. "El día más bonito del año", afirma, a la vez que grita "¡viva San Juan!", Amílcar Farráis, presidente de la Asociación cultural amigos del baño de las cabras.
Los cabreros y sus cabras
Víctor Manuel Dóniz Farráis, es un de los cabreros. Él mismo explica que las cabras que han llevado este año son de su hermano, aunque en la organización participan varios ganaderos. Desde la montaña, en Los Realejos, han bajado para cumplir con una cita que, en sus palabras, forma parte de una memoria compartida. "Esto es una tradición, esto es un día muy bonito que llevamos haciendo toda la vida. Hoy bañamos las cabras en el mar para que salgan en celo", explica.

Varios cabreros y su familia bañando a las cabras / Andrés Gutiérrez
Por otro lado, Carlos López, otro cabrero, proveniente de la Vera, reconoce que la espera de esta fecha tiene un significado especial para quienes mantienen viva la tradición. "Cada año esperamos este día, significa mucho para nosotros", manifiesta mientras agarra una por el cogote.
"¿Por qué no agarras una tú y la mojas?", le preguntó un abuelo a su nieto sosteniendo por los cuernos a uno de esos animales. El nieto, asustado ante la presencia de un macho cabrío, se escondía entre las piernas de su familiar. Primero, metieron en el agua a una de las cabras y después, siguiendo a su líder, fueron entrando las demás. Algunas las agarraban de su cornamenta y las que se resistían, las cargaban a peso. Al final, todas a remojo, mientras niños y algún que otro adulto imitaba los característicos balidos de esta especie: "¡beee!".

El cabrero Carlos López bañando a dos de sus cabras / Andrés Gutiérrez
Y es que, entre berridos, risas, cencerros y chapuzones, el muelle se convierte en un lugar donde conviven memoria, fiesta y herencia cultural. En paralelo, para acompañar la jornada, el lateral del muelle se llenó de actividades familiares como exhibiciones del juego del palo, mucho folclore y pasatiempos tradicionales Canarios. Lo que para los visitantes puede parecer una imagen insólita, para el Puerto de la Cruz es una tradición cargada de significado. Es una manera de reivindicar la cultura pastoril y de recordar, por un día, la relación histórica entre las medianías, la costa y el mar.
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