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Las hogueras de San Juan reviven con fuerza en Tenerife tras un resurgir histórico

El barrio de María Jiménez, en Santa Cruz de Tenerife, recuperó con fuerza la tradición de la víspera de San Juan con una multitudinaria celebración en Los Charcos de Valleseco

Hogueras de San Juan en Santa Cruz de Tenerife

Andrés Gutiérrez

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Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

De Las Eras, en Fasnia, a Playa Jardín, en Puerto de la Cruz. De Puerto de Santiago, en Santiago del Teide, a Los Charcos de Valleseco o María Jiménez, en Santa Cruz... El fuego purificador revivió en la víspera de San Juan las tradicionales hogueras que alimentan una tradición que en el pasado llegó a languidecer y que desde el año pasado ha recuperado impulso y brío. Mientras la vanguardia caracteriza celebraciones como las de Puerto de la Cruz, otras reivindican la costumbre más arraigada, como ocurre en María Jiménez, sin olvidar Tacoronte, también con la bendición del área de Medio Natural y de la consejera insular Blanca Pérez.

Entre las celebraciones más madrugadoras de cuantas se desarrollaron durante la tarde y noche de ayer destacó la fiesta de Los Charcos de Valleseco, en la capital tinerfeña, que en su tercera edición desbordó todas las previsiones. El año pasado se registraron dos mil asistentes y en esta ocasión la cifra se duplicó gracias a que la concejala de Seguridad y también responsable del Distrito de Anaga, Gladis de León, aumentó el número de efectivos policiales y de ambulancias, lo que facilitó el acceso a unas cuatro mil personas. Y aun así, Los Charcos de Valleseco se quedaron pequeños.

¿Sorpresa? Ninguna. Bastaba con acercarse a la cola de la línea 910 en el Intercambiador de Guaguas, rumbo a Las Teresitas, para comprobar cómo desde las cinco de la tarde era un río de jóvenes con un único destino: Los Charcos. Eso sí, las guaguas circulaban prácticamente a demanda. Según se llenaba una, partía la siguiente. Poco antes de las nueve de la noche comenzaron a prenderse las primeras hogueras en el vecino barrio de María Jiménez, mientras casi había tanta gente esperando fuera de los accesos como en el propio recinto de Valleseco. La noche apenas comenzaba. Treinta minutos después de la medianoche estaba previsto el final de la fiesta, con agua, música y sin fuego en el litoral de Valleseco. Un éxito apoteósico por capacidad de convocatoria, con una verbena protagonizada por Iván Cacú y su Orquesta, Maquinaria Band, Son Canari y La Sabrosa.

Acorán, la gran cita del Suroeste

Imposible pasar por alto, en el caso de la capital tinerfeña, el auge que ha cobrado la festividad en el barrio de San Juan de Acorán, que cada víspera del 24 de junio se reivindica como capital festiva del Suroeste gracias a esta celebración y al compromiso del concejal del distrito, Javier Rivero. A medio camino entre la tradición y la modernidad, Acorán volvió a reunir a cientos de personas en torno a una gran hoguera y una verbena que se ha convertido en el principal punto de encuentro anual para los vecinos.

Los residentes han sido los verdaderos protagonistas de esta tradición. Históricamente han ejercido como impulsores de la fiesta hasta que, desde hace tres años, cuentan con el respaldo municipal. Tanto es así que algunos ya bautizan la celebración como el particular «San Juan de Acorán». En esta edición, la banda sonora corrió a cargo de la Orquesta Tropin y David Pérez. Del viento que condicionó la cita el año pasado apenas quedó recuerdo. Esta vez triunfó el ambiente verbenero.

Más convencional resultó la cita del barranco de María Jiménez, reservada para los puristas, donde el fuego sigue siendo la auténtica razón de ser de la noche.

El apostolado del fuego, de Déniz a César

Después del jaque a la tradición vivido en 2025, cuando los vecinos montaron en cólera por las restricciones que amenazaban con acabar con sus hogueras, el barrio celebró anoche con matrícula de honor el resurgir de una costumbre que forma parte de la identidad de Anaga y de la propia capital. Las trabas administrativas terminaron superándose con la complicidad de Blanca Pérez y de Gladis de León.

Más de sesenta años han transcurrido desde que Santiago Déniz, histórico dirigente vecinal, jugueteara cada 23 de junio entre las fogaleras. Anoche contemplaba la escena desde la puerta de su casa, rodeado de sus nietas, reivindicando estas hogueras como una seña de identidad irrenunciable.

Otros, como César Castellano, han dado un paso al frente desde el pasado año para defender esta tradición. Bastaba ver días atrás a Yanira Navarro participando en unos preparativos que este año caminaron de la mano del Cabildo y del Ayuntamiento, administración esta última que asumió el control de la veintena de hogueras censadas en el municipio.

En María Jiménez se impuso este año lo que algunos denominan ya «el apostolado del fuego». Como quien asume que no puede luchar contra una costumbre profundamente arraigada, Blanca Pérez optó por caminar junto a los vecinos de la mano de Gladis de León. ¿Quieren hogueras? Perfecto, pero con condiciones.

Así, Airam, director técnico y responsable del plan de seguridad —avalado por su experiencia en las pasadas fiestas lustrales de El Hierro—, estableció nuevos requisitos. Entre ellos, reducir las dimensiones de las hogueras para incrementar su número. De las ocho fogaleras del año pasado se pasó a catorce, todas ellas de dos metros y medio de alto por otros tantos de ancho, sin contar el palo o el machango que las coronaba. Entre ellas destacaba la instalada junto al colegio por la murga infantil Sofocados, con elementos de su último disfraz, o la levantada a la altura del restaurante El Cazador, impulsada por Dulce Rodríguez, presidenta de la murga infantil y viuda del recordado Jesús Tosco «El Compinche».

Los vecinos aceptaron reducir las dimensiones, aunque la única pancarta colocada en el primer puente, junto al Spar, reflejaba todavía cierto resquemor: «Que no se pierdan las tradiciones. Mentirosos». Para suavizar el mensaje tampoco faltaron los elementos más tradicionales: una pequeña tómbola o una máquina de algodón de azúcar.

Yanira, madre de Natasha, Cindia y Jarek, recuerda que este año la organización ofreció tres horarios posibles para el encendido: ocho, ocho y media y nueve de la noche. Los vecinos eligieron el último. «No nos dejan este año que los niños se acerquen a las hogueras», lamentaba, aunque reconocía el esfuerzo organizativo. «Han colocado señales para evitar que se aparque junto al fuego y que vuelva a ocurrir lo del año pasado, cuando a un coche se le fundió uno de los espejos retrovisores».

También fruto de ese pacto entre vecinos, autoridades y fuerzas de seguridad, se insistió en la prohibición de quemar ruedas, sillones o materiales contaminantes. «Son hogueras de palos y madera; todo vegetal», repetían los residentes. Además, cada fogalera contó con un delegado o responsable vecinal, una figura clave para garantizar que todo transcurriera sin incidentes.

Ya en la antesala del encendido, como si de una puesta de largo se tratara, Los Macacos -orquesta-, vecinos y murgueros que hoy militan en Zeta-Zetas, desde Christian Mapesi, uno de los últimos en subirse a retocar la hoguera, a Javi Suárez Plata, mientras, como si de un ring se tratara, en el otro margen, más próximo al restaurante El Cazador, esperan que llegara 'la luz de san Juan', integrantes de Sofocados, antiguas Sofocadas, como Paula Tosco, y varios diablos locos, entre otros.

A la hora convenida, las nueve de la noche, Maikel Delgado, bengala roja en mano —como ya es tradición—, prendió la primera fogalera de la noche de San Juan en María Jiménez. Allí, el resurgir de la tradición ya es una realidad. Y hoy, en el día grande de las fiestas, será el turno de la procesión del santo, otra de las costumbres que Yanira inculcará a su nieto, Jeyden de 5 años, a quien le confía el legado de la tradición para las décadas venideras.

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