El Madroño en Los Realejos: camino al monte
En el núcleo de medianías resisten menos de 15 personas, aunque antes había menos casas que ahora

Vista panorámica desde El Madroño, en Los Realejos / Arturo Jiménez

El Madroño, en Los Realejos, es uno de los mejores balcones del norte de Tenerife. Camino al monte, justo debajo del área recreativa de Chanajiga, está la masa forestal que se quemó en el gran incendio de 2023. En un día despejado y con el mar en calma, transformado en espejo, se vislumbran todos los accidentes geológicos de esta vertiente. También todas las construcciones que invaden el territorio. Desde su casa, Juan Luis Alonso -a punto de cumplir 87 años- presume de vistas y de tranquilidad. Confirma que ahora hay más casas que antes, pero había más gente porque las familias eran más numerosas. Ahora mismo, en El Madroño viven menos de 15 personas. "Hoy soy feliz aquí. Te levantas por la mañana y ves todo esto, pero antes era difícil, porque no había luz y tampoco había agua", explica delante de la casa que construyó él mismo. A un lado vive uno de sus hijos y al otro, otro.
Alonso habla pausadamente y con mucha tranquilidad. Le corre por las venas el ritmo del campo y de la sabiduría. Elocuente, se echa mano a la boina de vez en cuando y recuerda que vivió primero en Hoya de Pablos, algo más abajo. "Éramos siete hermanos y mi padre se enfermó. Mi madre tenía que ganar dinero como podía. Tenía un burro y lo cargaba de sacos de troncos para llevarlos a la panadería de la calle El Sol. Intercambiaban la leña por el pan", comenta. La suerte de la familia fue la visión del padre que adquirió una gran de parcela de terreno de El Madroño, donde se encuentra una de las mejores tierras de cultivo de Los Realejos. Un hecho que refrenda el vecino y que también demuestra Pedro Dóniz Álvarez, otro oriundo del barrio. Está recogiendo papas en una finca con su familia.
Papas bonitas para autoconsumo
A lo lejos se dibujan los perfiles de siete personas que permanecen encorvadas durante mucho tiempo. Recogen la cosecha de autoconsumo de papas bonitas. Dóniz Álvarez, con unos grandes ojos azules, es dicharachero y lidera la tarea agrícola. Varias cubetas negras se reparten por la parcela. Dentro están las papas, no muy grandes y claritas. "Esto es tierra buena. Aquí siempre se han sembrado papas: bonita, rosada, peluca y otras variedades para comer", enumera. El vecino es el único hermano de ocho que decidió quedarse a vivir en El Madroño. "Porque me crie aquí. ¿A dónde voy a ir? Me gusta vivir aquí y a mis tres hijos, también. ¿Dónde van a ir ellos? ¿A pagar abajo, al pueblo?", dice con énfasis. Compró a sus hermanos la parte que les tocaba de la herencia y se quedó con todo.
Dóniz Álvarez, con 53 años, recuerda que su madre vendía queso. "Se echaba la cajita a la cabeza y bajaba hasta el pueblo. También había gente de El Madroño que vendía manzanas, ciruelas, peras... Esa era la vida de antes, no había otra", afirma. Las variedades de peras y manzanas de este núcleo de medianías de Los Realejos son amplias y reconocidas en todo el municipio. La pajarita, colorada, de pana, la yema huevo y reineta son algunos de los manzanos, mientras que los perales se reparten entre calabazata, pera gordona, sanjuanera y la pera de año. También hay castaños, nogales y algún membrillero. La riqueza agrícola del lugar destaca en la memoria de ambos vecinos que reconocen, una vez más, que tierras como las de El Madroño hay muy pocas en Tenerife. Juan Luis Alonso diferencia de manera especial entre las manzanas de aire y las de suelo. "Se vendían a precios diferentes porque las de aire estaban mejor. Hacíamos montones de manzanas y se guardaban. Cuando se vendían fuera de temporada estaban más caras. Se conservaban con paja para que no se golpearan", describe al descubrir una cueva anexa a su casa donde aún guarda la cosecha de papas.
A El Madroño se accede por dos lados. Por el barrio de Las Llanadas, con una carretera estrecha y con curvas, pero accesible. También se puede subir por La Traviesa, con un camino mucho más estrecho y bacheado en el que las pendientes, por momentos, asustan. Luis Alonso no se queja de la falta de servicios, ya que no tienen transporte, tampoco venta o médico, pero está relativamente cerca del caso de Los Realejos por lo que tener coche lo resuelve prácticamente todo. Llega el correo, que se persona buscando la casa de Juan en un momento de la mañana.
Al mirar hacia la cumbre se ven varias viviendas salteadas y bien arregladas. El vecino más longevo de El Madroño se queja de las trabas burocráticas y dificultades que existen en la zona para construir. "Estoy de acuerdo con que no se fabrique mal. Lo lógico sería abrir una calle y que se hiciera todo ordenado. Pero no ha habido regulación. Entonces, la gente acaba haciendo las casas a escondidas porque no te dan permiso", establece. Luis Alonso dice orgulloso que tiene un montón de nietos. "Hay dos que todavía viven aquí, pero los otros se marcharon y compraron pisos en otros sitios porque aquí no pueden hacerse una casa. Si pudieran, se quedarían aquí porque esto les gusta", expone así una de las grandes problemáticas demográficas de los núcleos que comparten características con El Madroño.
De otras nacionalidades
No obstante, hasta los altos de Los Realejos llegan vecinos de otras nacionalidades. Rusos y portugueses son las procedencias que tanto Dóniz como Luis tienen identificadas. Además, la vivienda vacacional también se instala. "A veces parece que a la gente de fuera se le permite más que a los de aquí. Uno quiere arreglar una casa o hacer algo para vivir y todo son problemas, luego viene alguien de fuera, compra una finca, mueve tierra, hace paredes de piedra, arregla y no pasa nada", dice Luis Alonso alzando la voz en un momento de cierta agitación.
En este núcleo de Los Realejos, según Juan Luis Alonso, la vida fue dura. Pero "trabajar era una fiesta. La gente bajaba cantando, las mujeres cargadas con cisco, otras con leña para vender. Sentías a la gente canturreando por esos barrancos igual que oyes ahora a los pájaros. El paisaje ahora es precioso, pero antes no estaba así porque se aprovechaba todo para salir adelante", recuerda. La vida se abre paso camino al monte, porque sirva o no de recurso para sobrevivir, el anclaje de El Madroño sigue vivo y fuerte.
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