“Mi virgencita de Candelaria también es inmigrante”
De Güímar a El Toscal, entre paraguas, voluntarios y acentos de medio mundo la fe chicharrera esperó al papa bajo el sol del puerto

María Pisaca

Aunque el papa León XIV es agustino, los comerciantes chicharreros se apuntaron al lema de los benedictinos, ‘Ora et labora’ -reza y trabaja-, para abrir bares, restaurantes y tiendas desde primera hora de la mañana. Mientras tanto, los peregrinos, sin aglomeraciones y en pequeños grupos, pasaron, desde las ocho de la mañana, por delante de los escaparates rumbo al recinto portuario donde se iba a celebrar la Misa de despedida de Canarias, y de España, que oficiaba el pontífice Robert Prevost.
En los accesos habilitados al efecto un nutrido grupo de voluntarios dirigían a los asistentes en perfecto orden para evitar que un descontrolado alboroto manchara el último acto del papa en las Islas. Todo funcionó como el mecanismo sincronizado de un reloj de precisión, hasta el punto de que a las 11:3O -dos horas antes de que el papa llegar al altar- se anunció que, por razones de seguridad, se cerraba el acceso y que, como dice el dicho, “quien no se ha escondido, tiempo ha tenido”.
“Dame un buen sitio para ver si me da la manita”, pidió una octogenaria llamada Carmita a una de las jóvenes que le indicaron por donde debía dirigir sus pasos. “Doñita, yo no puedo hacer eso, su entrada ya tiene asiento asignado”, respondió la muchacha.
Algo parecido le pasó a Elizabeth, una peruana aficanda en Güímar que quería que “el papa bendiga a mi bebé”, una preciosa niña de ojos negros de nombre Luz. Recibió una parecida respuesta de un joven voluntario que se había tintado el pelo de blanco y amarillo, los colores de la bandera vaticana.
Entre reparto de abanicos -”esto si que es un milagro, con este calor”, aseguró la guatemalteca Abelarda- chupetes de fresa y recomendaciones de seguridad que distribuían agentes de policía, se coló algún que otro espontáneo más mundano y nada espiritual que repartió pasquines recordando que dentro de unos meses Tenerife acogerá un concierto-tributo a Michael Jackson, aunque para muchos sea el dios del pop.
Poco a poco el aforo se fue llenando y las personas que no tenían su entrada se aglomeraron en las inmediaciones del Cuartel de San Carlos para recibir a León XIV cuando pasara con el papamóvil. Desde esa ubicación podían escuchar las actuaciones y ver los videos que se emitían en las pantallas gigantes, aunque algunos protestaron por los cordones de seguridad desplegados. “¿Por qué no nos dejan pasar hasta más cerca para ver mejor? Solo es cuestión de cruzar a la acera de enfrente”, preguntó el realejero Celestino. “Por medidas de seguridad” le contestó un agente de policía.
Y lo mismo tuvo que hacer otro uniformado cuando un nutrido grupo de italianos quiso acceder al recinto de la Santa Misa -dos horas después de que se hubiera cerrado y apenas minutos antes de que llegara el papa- blandiendo las fotocopias de sus entradas: “abbiamo i biglietti”. “Lo siento, ya no se puede pasar”, replicó el policía.
El papa León XIV oficia la santa misa en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, el acto litúrgico con el que cierra su visita a España / María Pisaca / Andrés Gutiérrez
Salvo estos esporádicos episodios, la gente estuvo calmada y paciente, como predica la fe católica, resguardandose del calor de un fuerte sol, que también quiso estar presente para iluminar la misa papal, bajo paraguas o la sombra de palmeras y flamboyanes conscientes de que, aunque fuera en la distancia, eran coprotagonistas de un acontecimiento histórico para Tenerife.
Durante la espera, mientras Los Sabandeños cantaban la conocida estrofa de La Muralla “traiganme todas las manos, los negros sus manos negras, los blancos su blancas manos”, Isabelita, del barrio de El Toscal, prorrumpió: “claro que sí, porque mi virgencita de Candelaria también es inmigrante”. Su nieta Martina la miró con los ojos muy abiertos y su yaya se lo explicó: “es negrita y llegó por el mar”.
Unas palabras que, con el fondo de esta visita del papa a Canarias, sonaron a homilía de León XIV el mismo día en que entra en vigor un duro Pacto Migratorio Europeo.
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