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Adrián Flores, ambientólogo y divulgador en redes sociales: "Hay que hablar de decrecimiento y de límites para conservar la biodiversidad de Tenerife"

Tiene claro que garantizar la conservación de la Isla pasa por evitar la fragmentación del territorio, cambiar el modelo de desarrollo turístico y aumentar el control y vigilancia en los espacios naturales

El ambientólogo Adrián Flores

El ambientólogo Adrián Flores / Arturo Jiménez

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Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Santa Cruz de Tenerife

Muy aficionado a los lagartos y a las aves, el ambientólogo está especializado en biodiversidad terrestre y conservación. Sigue siendo ese niño loco de los animales aunque entiende que las especies invasoras, como los gatos, perjudican a otras endémicas de Tenerife como es el caso de los reptiles. Su visión acerca del territorio es interdisciplinar y esto le hace afirmar que la buena gestión del mismo puede paliar otro tipo de amenazas.

Mucha gente quizá desconoce qué hace un ambientólogo cómo usted.

Las Ciencias Ambientales son como un mar de conocimiento con muy poca profundidad. Es decir, sabemos un poco de todo y eso nos permite estar preparados para trabajos interdisciplinares. En la carrera tocamos derecho, geografía, biología, química, gestión, evaluación ambiental... Es un abanico muy amplio. Luego, normalmente, tienes que terminar especializándote en algo. En mi caso, me especialicé en biodiversidad, pero tengo compañeros que trabajan en gestión y tratamiento de aguas, análisis, química analítica, evaluaciones ambientales, procesos industriales o seguimiento de emisiones. Ciencias Ambientales tiene un enfoque más amplio. No te centras desde el principio en una sola cosa, sino que adquieres una visión general medioambiental y luego decides hacia dónde tirar.

Ciencias Ambientales es una carrera que lleva poco tiempo implantada en la Universidad de La Laguna (ULL). En un territorio tan sensible como Tenerife, ¿debió llegar antes?

Soy de la promoción de 2014, la segunda que salió de la ULL porque los estudios se iniciaron en 2013. Es verdad que tardó algo en llegar, aunque aquí ya existía Biología y eso cubría parte de ese ámbito. También hay una particularidad en Ciencias Ambientales en La Laguna y es que aquí, por la riqueza ambiental que tenemos, está mucho más centrada en el tema biológico. Los alumnos de intercambio de la península se quedaban sorprendidos con la cantidad de horas prácticas que teníamos, sobre todo de campo. Yo creo que es una rama que cada vez va ganando más peso precisamente por ese enfoque interdisciplinar. Te permite manejarte mejor en distintos ámbitos y cada vez se escucha más el término ambientólogo. Cuando yo salí era más raro, pero ahora parece que empieza a sonar más. Los primeros años de estudio son algo más duros, pero vas viendo ese enfoque abierto, esa posibilidad de tocar un poco de todo. En los dos últimos años, y sobre todo en el último, con las optativas, me centré más en restauración ambiental, conservación, gestión de ecosistemas... Ahí me cambió el chip y decidí que quería tirar por ese camino. Eso fue lo que me empujó después a hacer el máster y a especializarme en biodiversidad terrestre y conservación.

¿Qué tipo de trabajo desarrolla al especializarse en biodiversidad terrestre y conservación?

Puedes trabajar desde el seguimiento de especies amenazadas hasta la redacción de planes de gestión o la gestión de espacios protegidos. También te da herramientas para planificación y conservación de especies. Por ejemplo, podrías formar parte de un equipo encargado de gestionar un espacio como el Parque Rural de Anaga. No lo harías solo, claro, pero sí podrías integrarte en un equipo técnico que trabaja en la gestión de ese tipo de espacios.

La fragmentación es una gran problemática para la biodiversidad. Tenemos espacios naturales como el Malpaís de Güímar, que está prácticamente acorralado.

¿Qué tiene de particular dedicarse a la conservación en un territorio como Tenerife?

Aquí hay una serie de problemas que se repiten mucho. Por un lado, están los usos tradicionales que se han desarrollado dentro de muchos espacios protegidos y que hay que tener en cuenta. Hay que valorar si esos usos pueden mantenerse, si deben regularse o retirarse y qué impacto tienen sobre el espacio. Por otro lado, está la fragmentación. Tenemos espacios naturales como el Malpaís de Güímar, que está prácticamente acorralado: el mar, por un lado, un polígono por otro, la autopista por arriba y la localidad de El Puertito por el otro. A veces no vemos de forma inmediata el impacto de esa fragmentación, pero existe un concepto que se utiliza en estos casos: la deuda de extinción. Viene a decir que el impacto que estás generando hoy, por ejemplo al fragmentar un hábitat, puede desembocar en la extinción de especies en el futuro. Cuando hemos acotado el Malpaís tal y como está ahora, creamos una barrera ecológica. Es un espacio muy importante para reptiles, pero esas poblaciones están cada vez más aisladas. Si salen, por un lado, tienen un núcleo de población; si salen por otro, una infraestructura; por arriba, la autopista; y hacia abajo, el mar. Estamos aislando esas poblaciones y reduciendo la conectividad entre espacios, lo que las hace mucho más vulnerables. Y esto aplicado a una especie concreta ya es importante, pero a nivel ecosistémico puede ser todavía más complejo. A lo mejor estás aislando a un dispersor de semillas de una especie que necesita ese dispersor para prosperar, o estás afectando a un polinizador. Son procesos que no siempre se ven a simple vista. También tenemos espacios con una presión turística muy elevada, como puede ser el Teide. Hay que manejar esa presión. Existe mucho miedo a hablar de decrecimiento o de límites, pero vivimos en un territorio frágil, limitado, con un valor ambiental enorme, y en los espacios protegidos debería primar la conservación.

Da la sensación de que miramos los espacios naturales como simples postales y no como ecosistemas vivos. ¿Comparte esa impresión?

Totalmente. Nos hemos alejado de nuestros espacios. Con el paso de las generaciones empezamos a ver lugares como el Teide simplemente como algo bonito, como una postal, pero muchas veces no sabemos qué especies hay allí, qué usos tenían esas plantas o cómo se relacionaban nuestros antepasados con ese territorio. Vivimos rodeados, sobre todo en los entornos urbanos con mayor densidad de población, de especies que no son nuestras. Estamos acostumbrados a ver plantas ornamentales, ficus, flamboyanos, especies de jardín... Pero luego vamos a Anaga, al monte o al malpaís y, más allá del cardón, muchas veces no sabemos reconocer lo que hay. Nos falta entender el valor de los procesos naturales. Y eso es complejo, porque incluso a nivel científico todavía hay muchas cosas que no conocemos del todo. Necesitamos una visión más holística. A veces pasa algo tan simple como encontrar un árbol caído en un sendero. He escuchado a gente decir: "Mira, hay un árbol caído y no lo han quitado". Si el árbol está en medio del sendero y supone un riesgo, lo entiendo. Pero si está a un lado, crea un montón de microhábitats, sirve para muchas especies, se descompone y devuelve materia orgánica al suelo. Genera biodiversidad. Ver el paisaje como una postal es fruto de esa desconexión.

La biodiversidad compite muchas veces con presión humana, carreteras, hoteles o infraestructuras. ¿Cuál diría que es la principal amenaza para la flora y la fauna en Tenerife?

Es muy difícil separar unas amenazas de otras. La clave está en la gestión, porque con una gestión adecuada se podrían abordar muchas de las demás. Las infraestructuras turísticas, los entornos urbanos y el desarrollismo suelen ser focos importantes de entrada de especies invasoras. También está el transporte de mercancías, que daría para otro tema por los controles que deberían existir. Muchas invasoras llegan por jardinería, por escapes o por movimientos asociados a la actividad humana. Aparte está el impacto directo de las infraestructuras y de la ocupación del territorio. A veces no somos conscientes del impacto que puede generar una persona simplemente estando en un sitio. Por ejemplo, en el Teide, la gente que se sale del sendero puede haber estado antes en un barranco del Sur con rabo de gato y llevar semillas pegadas. Luego las deja en otro espacio natural. Parecen cosas de película, pero pasan. Es una suma de factores. Yo pondría, por un lado, la presión turística; por otro, las especies invasoras y también el desarrollismo, no solo turístico, sino urbanístico. Seguir devorando territorio es una de las grandes amenazas. Todo eso se podría afrontar mejor con gestión.

¿Qué especie, hábitat o proceso natural de Tenerife le parece especialmente mal comprendido por la ciudadanía?

Las zonas bajas: tabaibales, cardonales, malpaíses, ambientes costeros. Creo que siempre les damos menos valor estético. Asimilamos mucho más como nuestro el pinar, la laurisilva o los grandes bosques, pero hemos menospreciado la biodiversidad del litoral. Como no vemos una gran masa vegetal, pensamos que ahí no hay nada. Y hay una biodiversidad riquísima, o la había y debería seguir habiéndola. Con el paso de los años hemos ido perdiendo especies como el camachuelo trompetero, que cada vez se ve menos, o especies como el alcaraván. También hay flora propia de estos ambientes, como la piña de mar. Son especies que no siempre conocemos o no tenemos asociadas a esos espacios. El problema es que históricamente hemos hecho muchas barbaridades en el litoral y perdimos esos valores. Por suerte, parece que cada vez se está poniendo más el foco en estos ambientes y tengo la esperanza de que algún día los valoremos igual que valoramos los pinares o la laurisilva. También mencionaría los pinares. En general, la población conoce más el pinar porque lo ve más, pero muchos pinares a los que estamos acostumbrados no son naturales o están muy degradados por usos históricos, sobrepastoreo o por una frecuencia de incendios que tampoco es natural. Estamos acostumbrados a ver pinares de solo pino y pinocha, cuando de forma natural deberían ser mucho más ricos, con muchas más especies arbustivas y más diversidad. Me quedaría con esos dos: las zonas bajas, por la esperanza de que se valoren como son, y los pinares, por la necesidad de entender que un pinar sano no es solo una masa de pinos limpios.

Si tuviera que pedir una sola medida urgente para proteger o mejorar la biodiversidad en Tenerife, ¿cuál sería?

No puedo ceñirme solo a una. Quizá reducir la fragmentación y el aislamiento que presentan muchos de los espacios naturales y, en general, la biodiversidad de Canarias. Esto se consigue mejorando la infraestructura verde en el entorno urbano con más y mejores espacios verdes, la potenciación del uso de especies autóctonas en la flora autóctona o el progreso del estado de los barrancos como corredores ecológicos naturales, entre otras medidas, haciendo que nuestra naturaleza esté mejor interconectada y pueda ser más resiliente ante los impactos esperados en un escenario de cambio climático que se avecina. Por otro lado, implementaría controles de acceso en muchos espacios naturales protegidos que ahora mismo soportan una presión muy elevada, como Anaga, por ejemplo. Pero no solo control de accesos sino también reforzar mucho el personal de vigilancia. En una Isla, y en un Archipiélago, con prácticamente la mitad de la superficie protegida, el personal de vigilancia debería ser bastante mayor del que tenemos. Y por último, es necesario un cambio de modelo económico. No podemos seguir basando nuestro desarrollo en el turismo.

En redes sociales es @reinogallotia. El nombre remite a los lagartos. ¿Por qué hace esa elección?

Me gustan mucho los lagartos y las aves. Sigo teniendo esa vena de niño de loco por los animales. El nombre lo elegí desde una mirada biológica. Reino remite a la clasificación de los seres vivos, y Gallotia es el género de los lagartos canarios. Para mí Canarias es, en cierto modo, el reino de Gallotia. Además, hay datos sobre los lagartos canarios que me vuelan la cabeza. Hay teorías que plantean que los lagartos estaban en Tenerife antes de que existiera como una única isla, cuando eran tres islotes separados: Anaga, Teno y Roque del Conde. Los lagartos habrían llegado cuando aún existían esos islotes, antes de que las erupciones terminaran unificándolos. En redes me centro mucho en fauna porque es lo que me sale de manera más natural. No planifico tanto el contenido. A veces paso un mes sin subir nada y, de repente, un fin de semana se me ocurren varias ideas, veo un dato o una especie y pienso: "Esto tengo que contarlo". Termino grabando varios vídeos y los voy subiendo con el tiempo.

Ahora mismo, ¿cuál es la principal amenaza para los lagartos en Tenerife?

Las especies invasoras, claramente. Es algo que está muy demostrado y que cada vez que se comenta genera polémica, pero creo que es necesario repetirlo. En Canarias tenemos varias especies de lagarto gigante: el de Gran Canaria, el de Tenerife, el de La Gomera y el de El Hierro. Todas están amenazadas. En Gran Canaria, una de las amenazas principales es la culebra real de California. En Tenerife, La Gomera y El Hierro, el problema son, sobre todo, los gatos asilvestrados, colonias felinas, especialmente cuando están cerca de los lugares donde sobreviven estos lagartos. Hay que entender que antes se distribuían por buena parte de la superficie de las Islas y ahora, en muchos casos, quedan refugiados en riscos o zonas muy concretas. En El Hierro, por ejemplo, llegaron a quedar en lugares muy restringidos. Esa regresión se debe en gran parte a la presión de depredadores introducidos. Siempre intento insistir en que esto no es una opinión. Es evidencia científica contrastada, con muchos estudios. Canarias, por suerte o por desgracia, es uno de los lugares donde más se estudia el impacto de los gatos sobre la biodiversidad y también sobre los lagartos. Se pueden tener opiniones, pero los datos son los datos.

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