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Taganana en Santa Cruz de Tenerife: camino hacia el silencio

Aunque están censadas 400 personas, la despoblación se ceba con este núcleo santacrucero que ve como sus habitantes prefieren la comodidad de la ciudad

Taganana, en Santa Cruz de Tenerife

Arturo Jiménez

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Leticia Dorta Lemus

Leticia Dorta Lemus

Santa Cruz de Tenerife

Al cruzar el túnel hacia Taganana se entra en otra dimensión. Los sentidos se abren, como cuando las flores reciben los primeros rayos del sol, y el valle da una majestuosa bienvenida a un territorio que no se cansa de reivindicarse. Es la actitud que muestra el presidente de la asociación de vecinos, Luján González Izquierdo. Orador incansable, el discurso del residente en Taganana encanta y embelesa. Es un libro abierto porque "de niño yo quería saberlo todo". Esa curiosidad galopante lo hace un auténtico intelectual de su raíz. Pero su voz, fuerte y decidida, no basta para combatir el silencio de un pueblo que, poco a poco, se está vaciando.

Aunque el censo de Taganana muestra unos 400 habitantes, Luján asegura que quedan muchos menos viviendo de manera permanente. Alude a que solo hay diez niños en la escuela, una prueba irrefutable de que el futuro está comprometido y un síntoma de decadencia para cualquier lugar. "La gente se marcha por trabajo, por comodidad; otros, por la distancia o por las curvas; otros porque piensan que vivir en un edificio, en la ciudad, da cierto estatus social", explica. No para de hablar y gesticular y su reloj de pulsera sigue el ritmo de su brazo izquierdo marcando un tintineo que acompasa sus palabras. Es claro, no entiende de medias tintas. Sus ojos, grandes, se abren aún más mostrando su azul al declarar que en la metrópolis están cerca las grandes superficies comerciales, mientras que en Taganana la cercanía se sitúa al lado del "mar, el monte y la tranquilidad. Aquí no tienes inmediatez y hoy lo queremos todo ya", sostiene.

Viviendas de protección oficial en Taganana

El líder vecinal cree que una de las soluciones para combatir la despoblación de su pueblo reside en la creación de viviendas de protección oficial. "No me refiero a una barriada ni a un gueto. Hay casas abandonadas, se podrían comprar, rehabilitar y destinar a viviendas protegidas", expone y declara que algunos jóvenes intentan adquirir alguna, pero les resulta imposible por los precios y el coste de la posterior reforma. "Además, tienen que solicitar muchos permisos. Así, la juventud dice 'me compro un piso en cualquier otro sitio y tengo donde vivir desde el primer día'. Hace poco salió que iban a construir viviendas protegidas en otra zona de Santa Cruz y yo me pregunto, ¿por qué no en Taganana?", lanza la pregunta al aire.

Recuerda que cuando era un niño, las familias eran muy numerosas. "Ahora le llaman familia numerosa a tener tres hijos. Me da muchísima risa", sonríe. Vuelve al colegio para retomar la cifra que sirve de termómetro para medir el futuro estado de salud poblacional de Taganana. "Cuando esos diez niños que están ahora en la escuela tengan 50 años, ¿quién se habrá quedado a vivir aquí? ¿Quién se va a quedar? Porque los demás ya no estaremos. De este lomo, el de Azanos, llegamos a salir unos 20 ó 30 niños para el colegio", declara. Se atreve a cifrar en 1.000 el número de personas que vivían en Taganana en su infancia. "Como se decía antes, en cada cama dormían siete", bromea.

González Izquierdo va y viene a trabajar todos los días hasta Santa Cruz. Le separan 25 kilómetros y una carretera de montaña transitable. "Voy y vengo sin problema. Hay gente que me dice que eso es mucho, pero tengo amigos en París que tardan dos horas de ida y dos de vuelta para ir al trabajo en la misma ciudad. Aquí tenemos ese concepto erróneo de 'isla continente'. La vía tiene curvas, sí. Pero por distancia no es tanto", se consuela.

Un horario malo

Conducir es primordial en un núcleo como Taganana. Es más, una de las principales demandas del presidente de la asociación de vecinos es el transporte. "El horario de guaguas es malo", sentencia. "Además, aquí viene mucho turismo. Hay momentos en que la gente del pueblo va a coger la guagua y no puede porque viene llena. Una persona mayor que va al médico, alguien que va a trabajar o a comprar, se puede quedar en la parada", comenta. Asegura que presentaron varias quejas por escrito, pero que la situación no cambia. En cuanto al médico, cuenta que viene "cada tres o cuatro veces por semana. Hay consulta y visitas a domicilio, pero si te pasa algo fuera de ese horario, hay que ir a Santa Cruz".

En Taganana solo queda una venta. Luján enumera otras cinco o seis que existieron cuando era niño. Desaparecieron. El mismo camino lleva la agricultura para el vecino. "No hay relevo generacional y aquí, además, la agricultura es heroica. Hay huertos agarrados a los riscos y terrenos casi intransitables", confiesa y argumenta que la actividad no es fácil allí: "En algunas zonas las pistas agrícolas llegaron, pero tarde. Ahora no hay 200 personas cultivando para justificar la construcción de una carretera, por ejemplo. Somos dos los que cultivamos. Llegan cuando ya no queda casi nadie", expresa con cierto enfado. Concluye que la vida en el campo se volvió más difícil. Algo totalmente paradójico por el avance de los tiempos y las innovaciones. "Cuando salí del cuartel, entendí que de la agricultura no podía vivir y que tenía que tener un trabajo fuera, pero siempre seguí vinculado al campo. Lo que cultivo es básicamente para autoconsumo. Vivir de la agricultura aquí, hoy, es muy complicado", califica y su tono se vuelve más reivindicativo.

"Presumimos mucho de la canariedad, del sentir canario, de la artesanía... pero creo que no se trabaja de verdad. Las administraciones no se preguntan '¿qué problema tiene Taganana?", pone de ejemplo. Entonces, reflexiona y hace ese ejercicio que demanda: la despoblación y la dificultad para emprender cualquier arreglo en una casa. "Tenemos más complicaciones que otros ciudadanos del municipio, pero no recibimos ayudas por eso. Al contrario", protesta. Sale a la escena de la conversación la figura del Parque Rural y de la Reserva de la Biosfera de Anaga. "Tiene cosas buenas, pero también es un yugo. Una espada de Damocles. Te coartan muchísimo: hay leyes y permisos para todo. Para tener una cabra te piden hasta la partida de bautizo", exagera para contextualizar la situación burocrática a la que están sometidos los vecinos del Macizo. Luján no entiende cómo tener animales (gallinas, cabras o vacas), una práctica heredada durante 500 años, de repente convierte a cualquiera "en un delincuente".

El discurso podría no haber llegado a su fin. Luján es una persona con la que, si el interlocutor le da cuerda, se puede estar hablando durante horas. Es un encanto y, a pesar de que el pesimismo es la tónica, puede compararse también a una defensa apasionada de lo que él considera "mi lugar en el mundo. Hay gente que se pasa toda la vida buscando su sitio. Yo nací en mi lugar en el mundo", dice con una absoluta y pasmosa seguridad.

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