Tijoco Alto en Adeje: desmentir al Sur
La falta de transporte público y el progresivo envejecimiento de la población son los principales retos para este barrio, que conserva la tranquilidad y los lazos vecinales

Arturo Jiménez

Los espejos no mienten. Pero si el Sur de Tenerife se mirara en el de Tijoco Alto, no se reconocería. Porque el núcleo de medianías es un auténtico paraíso. La modernidad se mezcla, de manera sigilosa, con la arquitectura tradicional canaria conservada y llena de vida. El pinar adorna con la belleza de la simplicidad. No hace falta más. Andrea González Mora, con 90 años, no necesita nada más que su jardín, sus vecinos y su barrio. Reside allí desde 1976, año en el que volvió de Venezuela, y en el que había muchas más personas que ahora: solo quedan algo más de un centenar. El envejecimiento de la población es la principal causa del descenso habitacional de este barrio. La gente no se marcha, sino que fallece. Sin embargo, hay esperanza porque hay niños y también gente joven en Tijoco Alto.
El contraste entre la costa y las medianías del Sur no tiene un adjetivo comparativo. La industria turística, esa que puede verse desde Tijoco Alto, inunda el paisaje si se mira hacia abajo. Hacia arriba, nace el barranco de Ye y el ocre pinta las paredes que muestran un verde soberano para hablar de un invierno bien pasado por agua. "Ha hecho mucho frío", dice Andrea, que lo prefiere al calor. Sin embargo, otra vecina, Luisa Díaz Álvarez, se queja de las bajas temperaturas de este inicio de año. Aunque sean de equipos contrarios en el partido de la climatología, sobrellevan esa diferencia con una deportividad impecable. Andrea la llama siempre Luisita, recordando a la niña que correteaba por los alrededores de su casa. Y Luisita, que tiene más de 60 años, sigue tratando de usted a Andrea, porque "siempre la he admirado. A ella y a su marido. Siempre quise tener un matrimonio como el suyo", declara. La complicidad vecinal se traslada a miradas, sonrisas, atención y recuerdos.
Para vivir en Tijoco Alto hay que tener coche. No existe transporte público. Una vez lo hubo, pero apenas duró unos meses según el recuerdo de Andrea, que peina un pelo tan blanco como la nieve que jamás se verá en el núcleo. Esta es la principal demanda del barrio. Díaz Álvarez tiene entendido que se está trabajando en la implementación de algún tipo de servicio a demanda. Su vecina lo tiene claro: "No tiene por qué ser una guagua grande, sino algo que pase por la mañana, a mediodía y por la tarde", establece. El centenar de vecinos no tiene las prestaciones básicas cerca, aunque la sinuosa carretera está en perfecto estado. Justo antes de llegar está La Concepción, otro barrio de medianías del Sur con el que comparten iglesia, construida en 1668. La plaza de Tijoco Alto acoge un remozado centro cultural que tiene varias estancias muy amplias en el que celebrar misas y otro tipo de eventos. Están muy contentas con el edificio que se inauguró en 2001 y que les da un servicio esencial. Ahora mismo, están instalando una barandilla para la rampa de acceso al edificio.
Es ideal para Andrea, que camina con un bastón. Se ayuda, pero va derechita como una vela. Como las rosas que tiene en su jardín. Esa es la antesala de su casa, la que construyó su marido. Se crió en La Concepción y de muy joven trabajó en los tomates. Habla del sacrificio que suponía levantarse y tener que ir a trabajar "hasta abajo caminando". Antes, se sembraba y, aunque queda algún rastro de viña en el camino hacia Tijoco Alto, nada que ver con lo de antes. "Trigo, cebada, papas y también había cabras y vacas", recuerda. Lo que no retiene en su memoria es la falta de comida de la posguerra en la que nació. "Nosotros no pasamos hambre. No había de todo como hay ahora, que puedes escoger lo que comer, pero no pasamos hambre", dice.
Díaz Álvarez tiene una sonrisa grande y su carácter amable y anfitrión engrandece aún más al lugar. Creció en Tijoco Alto y aunque se marchó una temporada, guarda grandes y felices recuerdos de su infancia. Fue varios años al colegio de Taucho, núcleo con el que guardan lazos familiares y al que para llegar ahora lo tienen algo más complicado, porque la borrasca Therese destrozó el enlace más rápido por el barranco de Ye. "Aquí se vivía de la agricultura y del ganado. Mi padre se dedicaba a eso, pero yo, por ejemplo, me dediqué al turismo, en hoteles, en supermercados", comenta quien ya pertenece a otra generación y conoció los inicios del turismo de masas del sur de Tenerife. "Creo que ahora ya está un poco desbordado", se refiere así a la situación actual de la vertiente sureña.
Ir al colegio
La más longeva de las vecinas recuerda cómo iba al colegio: "Subíamos caminando, que eran como unos tres kilómetros. Y teníamos un libro, con poquitas páginas; una libreta, si podía llamarse así, y un lápiz. Pero gracias a Dios, sé leer y escribir", confiesa. Sorprende la claridad mental con la que proyecta sus recuerdos. Habla también de los bailes de cuerdas que se celebraban casi todas las semanas y "venía gente de todos lados: de Taucho, de Vera de Erques...". Reconoce que ha sido feliz en Tijoco Alto y que lo único que le ensombreció los días fue la muerte de uno de sus hijos. Se emociona, pero es capaz de seguir adelante con su relato con la ayuda y mirada cómplice de Luisita.
Por fuera del centro cultural, que lleva el nombre del padre de Luisa, hay una escultura de un señor. "Yo no sé quién es ese. A mí me da miedo", comenta González Mora entre risas. Justo al lado hay una piedra: un enorme tonique, denso y pesado. "Se llama la piedra de los valientes", dicen las vecinas casi al unísono. Cuenta la leyenda -al más puro estilo del rey Arturo y la espada Excalibur- que solo los más fuertes podían levantarla. Ahora, está pegada a la estructura que compone el conjunto escultural. Es todo un símbolo de esfuerzo propio de un terreno lejano, pero agradecido.
Ambas vecinas coinciden en que vivir en Tijoco Alto significa tranquilidad. Nunca hay problemas y "aquí somos como una familia", dice Luisa. Andrea coincide con ella y está encantada con todas las visitas que recibe en la casa del jardín y las llamadas de gente con las que guarda un aprecio recíproco. "Ella es como una telefonista", compara su vecina de manera jocosa. El reflejo de este núcleo de medianías del sur de Tenerife no se corresponde con el del turismo de masas, ni con el de una vida estresante y rápida. Es la imagen más real de una tierra que todavía conserva reductos legítimos y propios de su origen.
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