Tenerife, el motor de la apicultura canaria frente al fraude del etiquetado: “Compran a tres euros, le ponen la bandera de las islas y la venden a 15”
La isla concentra el 50% de las explotaciones apícolas del archipiélago, gestionando más de 16.000 colmenas y un censo de profesionales que se ha triplicado desde los años 90, mientras la producción está fuertemente amenazada por la competencia de mieles foráneas envasadas bajo el ambiguo nombre de “Canarias”

Una apicultora manteniendo una colmena / Arturo Jiménez
Donde hay zumbidos y colmenas, también hay futuro. La apicultura en Tenerife es, según los expertos del sector, “un trabajo de fondo, poco visible, repartido por toda la isla y completamente ligado a las condiciones del entorno: si el campo cambia, las abejas lo notan”. Sin embargo, mientras el sector intenta recuperarse de las sequías, los incendios y la pérdida de hábitats, los apicultores denuncian también otra amenaza creciente: la comercialización de mieles foráneas bajo etiquetado local, debido al prestigio y la calidad de la producción canaria.
La miel canaria, la mejor valorada
Las abejas obtienen el oro líquido tras recolectar el néctar de las flores. Aquellas flores endémicas y exclusivas de nuestro ecosistema, como el tajinaste o la retama del Teide, dan lugar a mieles únicas en el mundo. Tenerife aprovecha su diversidad geográfica y sus microclimas para certificar un patrimonio único de 14 variedades de mieles amparadas por la Denominación de Origen Protegida (DOP), 13 monoflorales y una multifloral. No obstante, la producción está fuertemente amenazada por los ciclos de sequía severa y por la competencia de mieles extranjeras envasadas bajo el ambiguo nombre de “Canarias”, que carecen de las exigentes condiciones locales de la DOP.
El precio medio del denominado néctar dorado en el archipiélago es de 15 euros el kilo. En cambio, en la península, el precio medio ronda los tres euros el kilo. Esto sitúa al etiquetado canario en un valor más exclusivo. “Algunas marcas”, denuncia Florencio Gutiérrez, apicultor con más de 57 años de experiencia, “aprovechan nuestra imagen para vender producto que no siempre procede de aquí; la envasan en Tenerife y le ponen la pegatina”. El apicultor resume así una competencia desleal que, a su juicio, perjudica a quienes trabajan con trazabilidad y amparo de la DOP: “compran a tres euros, le ponen la bandera de las islas y la venden a 15”.
Tenerife: el refugio de las abejas
En este contexto, Tenerife tiene la etiqueta de ser el principal motor y refugio para las abejas en Canarias. Con su particular orografía, concentra de manera constante el 50 % de las explotaciones apícolas activas del archipiélago —entre 600 y 630, según el año—. Debido a que la gran mayoría son de carácter familiar o complementario, el sector reúne a unos 620 profesionales, organizados en 13 asociaciones que, en conjunto, gestionan más de 16.000 colmenas. Estas también han experimentado un notable crecimiento en las últimas décadas: han aumentado un 62 % en los últimos 25 años y representan, en la actualidad, el 48 % del censo total de Canarias.

Una apicultora de Icod de los Vinos junto a sus colmenas / Arturo Jiménez
Esta labor ancestral, presente desde la época guanche, ha sido durante décadas una actividad complementaria para muchos agricultores. “Quienes trabajan la tierra utilizan las abejas como apoyo al proceso agrícola. Ahora, especialmente con la polinización de frutas tropicales —como el aguacate o la papaya, cuya producción se ha triplicado en los últimos años—, la apicultura ha adquirido una enorme importancia dentro del consumo agrario canario”, explica Gutiérrez, que lleva desde los ocho años vinculado al sector.
Tanta es la importancia apícola, ilustra el consejero de Sector Primario, Valentín González, que “el valor de la acción polinizadora de las abejas sobre nuestros cultivos y la flora silvestre se estima entre 10 y 20 veces superior al valor económico de la producción directa de la miel”. Gutiérrez, por su parte, habla de la situación actual y sitúa a los apicultores como uno de “los mayores conservadores de la naturaleza”. “Han sido años duros. Venimos de altas temporadas de sequía y el incendio de 2023 fue uno de los golpes más duros que recuerdo. Se quemó gran parte del hábitat de las abejas. Sin embargo, poco a poco, la cabaña se está recuperando”, detalla de nuevo el apicultor.
En 2016, la Casa de la Miel registró casi 49.000 kilos envasados —la cifra más alta de su histórico—, en 2020, en cambio, apenas se superaron los 9.700 kilos, el mínimo registrado hasta la fecha. Una diferencia de casi el 80 % que evidencia el impacto de las sequías y de la alteración de las floraciones sobre la apicultura insular. Ahora, en lo que va de 2026, la campaña apenas suma 351 kilos y avanza con retraso debido a una primavera marcada por las bajas temperaturas, muy lejos de los 30 mil kilos envasados en 2025, un año que supuso una leve recuperación.
El boom de la construcción, las sequías y las restricciones al Parque Nacional
El eje neurálgico actual y tradicional de apicultores, donde se concentra y vertebra la mayor parte de la producción, abarca la zona norte, entre el Valle de La Orotava y el municipio de Icod de los Vinos. Además de estas, destacan áreas con fuerte implantación en Guía de Isora y Santiago del Teide y en las medianías orientales (Güímar, Arico, Granadilla). “La mejor zona para el trabajo de las abejas es la costa del norte de Tenerife”, remarca Florencio, debido a la aridez de la zona sur. Dicho esto, prosigue el apicultor, “desgraciadamente, con el boom de la construcción, el espacio se nos ha ido limitando, en medianías sucede lo mismo y, ahora, cada vez tenemos más restricciones para subir al Parque Nacional” por el Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG) del Teide que limita su participación.

La retama del Teide, un arbusto endémico del que las abejas extraen una de las mieles con DOP / El Día
La relación de la apicultura con las faldas del volcán es histórica y responde a un aprovechamiento tradicional centrado en la floración de la retama. El nuevo PRUG, aprobado por Decreto 182/2025, somete al sector apícola a un marco más restrictivo: fija un tope anual de 2.000 colmenas, con una reducción progresiva desde las 2.600 autorizables, y establece una rotación territorial para dejar libre cada año una de las tres zonas del parque. Además, el propio documento prevé nuevos estudios para ajustar la gestión de este uso y medir sus efectos sobre la polinización y los recursos naturales.
La revisión se apoya en la evidencia científica incorporada al Teide, que ya apunta a impactos negativos de la competencia de Apis mellifera sobre el éxito reproductivo y la calidad nutricional de especies nativas, así como sobre las abejas silvestres y la flora autóctona. En ese contexto, el consejero de Sector Primario defiende una posición de equilibrio: “Nuestra labor debe centrarse en facilitar las herramientas de transición, mediación y apoyo técnico necesarias para que el aprovechamiento tradicional de la miel de retama del Teide siga siendo compatible con el cuidado del Parque Nacional”.
El apoyo institucional
El sector se sostiene sobre tres principales líneas de apoyo público: las ayudas POSEICAN, el Plan Nacional Apícola y las aportaciones del Cabildo. Las primeras, vinculadas al número de colmenas, han sido criticadas por fomentar el volumen sin atender directamente a la productividad o la sanidad de las explotaciones. “La ayuda tiene que venir por kilo de miel producida y certificada de Canarias. Entonces, si es así, estimulas la producción y a las generaciones venideras. Lo que sucede ahora es que si yo, por capital propio, invierto en cientos de colmenas ya puedo obtener beneficio, aunque no produzca”, manifiesta Gutiérrez.
El Plan Nacional, por su parte, se centra en la asistencia técnica, los tratamientos y la mejora de la comercialización. A nivel insular, el Cabildo ha reforzado su compromiso con el sector tras episodios como el incendio de 2023, destinando ayudas a la alimentación complementaria (167.000 euros), la producción de miel (50.000 euros) y el equipamiento de la Casa de la Miel (42.000 euros). “Apoyar a los apicultores implica apostar por el mantenimiento de una actividad ganadera de gran tradición en la isla”, sostiene Valentín González, que resalta que “la importancia del sector para el tejido productivo y medioambiental de Tenerife”.
En este escenario y “desde el punto de vista de la gestión pública”, concluye el consejero, "los principales retos giran en torno a la ubicación de los colmenares —debido a la orografía tinerfeña, la perdida de hábitats y las restricciones—, y al relevo generacional”. Aun así, recuerda, el sector “demuestra sus enormes ganas de trabajar, con un censo de producción que se ha triplicado desde los años 90”. Y es que, en Tenerife, cuidar de las abejas, pese a las dificultades, sigue siendo también cuidar del territorio y el futuro del campo.
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